el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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El escape del reino
En la torre este del castillo del Rey Elfo, dos figuras femeninas ascendían velozmente entre los salientes de piedra y las enredaderas rúnicas.
—¡Muévete, elfa! ¡Apresúrate! —urgió Ania en un susurro áspero, hincando las garras en las junturas del mármol.
—¡Cállate, gata insensata! —protestó Armia entre dientes, ajustándose el báculo a la espalda mientras intentaba no mirar hacia el abismo—. Te repetí mil veces que todo estaría bien. ¡Yo no soy una bestia salvaje que pueda trepar por los muros con tu soltura!
—¡No puedo estar tranquila! Estoy profundamente preocupada por mi esposo. Además... es el líder de nuestra escuadra. ¿Acaso a ti no te importa en absoluto?
—¡Por supuesto que me importa! —rebatí la maga, haciendo un esfuerzo por mantener el equilibrio—. Pero te recuerdo que entró como un invitado oficial de la Corona. Por muy fuertes que seamos tú y yo, no podemos cargar de frente contra la Guardia Real. ¡Debemos tener un mínimo de fe!
—Pues quédate con tu fe si quieres —sentenció la felina, alcanzando la cornisa superior—. Yo no pienso quedarme de brazos cruzados.
Sorteando los ventanales de la torre, ambas se deslizaron hacia la galería alta que coronaba la gran sala del trono. Al asomarse tras las columnas de la techumbre, el eco metálico de estocadas y ondas de choque retumbó en sus oídos.
—¡¿Ya viste, elfa?! ¡Es una batalla! —chilló Ania en voz baja—. ¡Rápido!
Las dos se agazaparon contra el suelo de piedra para no ser descubiertas por los guardias de la planta baja. Pero al dirigir la vista hacia el centro del salón, presenciaron lo impensable.
Adamas —el joven prodigio que había abatido en solitario a dos Dragones de Nivel Emperador y alcanzado el Rango Diamante— yacía en el suelo, golpeado, sangrando y humillado de una forma tan abrumadora que parecía un novato acorralado en su primera instrucción.
—Grrr... Esposo... —Ania erizó el pelaje de punta a punta, enseñando los colmillos.
—¡Maldita sea! Cállate... —maldijo Armia, apretando las manos contra el borde de mármol—. Aseguro que este idiota fue tan imprudente como de costumbre. ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Acaso no sabía quién es el Rey Elfo? Fue uno de los guerreros más letales de las Grandes Guerras... Por supuesto que Adamas no tenía la menor oportunidad. ¡Es un tonto!
—¡Tenemos que bajar a ayudarlo ahora mismo! —insistió la felina, preparando las garras.
—¡No! ¡No podemos hacer nada! —la sujetó la maga de la túnica con desesperación—. Si bajamos allá, nos arrestarán o nos matarán en un parpadeo. Solo bajaremos a morir con él.
—¿Tienes miedo? —Ania la miró de reojo con un desprecio feroz—. ¿Dónde quedó toda tu arrogancia y tu prepotencia élfica, eh? En el fondo... solo eres una vil cobarde.
—¡Escúchame bien, estúpida gata! —replicó Armia con la voz temblando de rabia—. Valoro mi vida y también la de ustedes, pero no pienso suicidarme por una imprudencia. Y...
La maga se detuvo en seco. Sus pupilas se dilataron al fijar la mirada en el estrado lateral del trono. Allí, apoyado en un báculo de madera negra y observando el duelo con absoluta indiferencia, se encontraba un alto mago de túnica ceremonial. Era el hechicero personal de la Casa Real... el hombre del que Armia había estado huyendo.
—Mierda... mierda... —palideció la maga, dando dos pasos hacia atrás—. Nos vamos. Ahora mismo.
—¿Qué? ¿A dónde vas? —la increpó Ania.
—Ese hombre que está allá abajo me conoce perfectamente —susurró Armia con pánico retenido—. Y yo lo conozco a él. Ni tú ni yo juntas seríamos rivales para él y el Rey. Adamas está perdido... No hay nada que podamos hacer aquí.
Ania la clavó una mirada llena de veneno puro.
—Eres una perra traidora y cobarde.
—Pudrete, estúpida bestia —masculló la maga, dando la vuelta hacia la ventana—. Ve a morirte con él si quieres. Yo me largo.
En el centro de la sala del trono, Adamas permanecía hincado de rodillas sobre el mármol manchado de rojo. Su respiración era un silbido agónico y la sangre le chorreaba sin pausa por la nariz y los labios.
—¿Y bien? ¿Eso es todo lo que tienes? —dijo Dumnen, limpiando el filo de su acero con un trapo de seda—. Me resulta sorprendente que seas el hijo de Alastor. Qué decepción tan absoluta.
—Yo... no... me... rendiré... —murmuré, intentando levantar la vista mientras mis brazos temblaban.
Dumnen suspiró, observándome desde la altura con una mezcla de frialdad y cansancio.
—Mira, niño... Antes de que expire tu último aliento, te revelaré la verdad. Tu padre fue un gran amigo mío. Lo respetaba y lo estimaba considerablemente en el campo de batalla. Ni siquiera cuando me ganó esta espada en combate me indigné, porque sabía que quedaba en manos de un guerrero digno. En el fondo, le guardo cierto afecto... Y ese mismo afecto te lo demostraré a ti: acabaré con tu vida de un solo corte limpio para evitarte más humillaciones.
El Rey Elfo caminó con elegancia hacia mí, alzando la espada. Pero justo antes de asestar el golpe definitivo, giró bruscamente sobre sus talones.
¡ZAS!
Dumnen esquivó con una fluidez pasmosa el cuerpo voluptuoso y musculoso de Ania, quien cayó de pie entre el rey y yo en una postura salvaje y protectora, enseñando sus garras bañadas en aceite Sauska.
—Ah... Ania... —alcancé a articular entre la penumbra de mi visión—. Vete... de aquí...
—Tranquilo, esposo —susurró la felina sin quitarle el ojo al rey—. Te sacaré de este foso.
Dumnen arqueó una ceja, sumamente divertido.
—Vaya, vaya... Una mujer de la raza bestia. Qué interesante... Tienes una mascota bastante fiel, muchacho.
—¡Muere, cerdo elfo! —rugió Ania.
La guerrera se lanzó al frente con toda la velocidad, la furia y la destreza de las Guardianas del Bosque. Sus dagas buscaron las coyunturas del rey en una ráfaga ininterrumpida de tajos. Sin embargo, Dumnen se limitaba a esquivar sus embestidas con desvíos milimétricos, desviando sus hojas con el reverso de su guantelete y desestabilizándola sin la menor dificultad.
—¡Grrr! ¡Ven y pelea de verdad, cabrón! —desafió la felina, respirando con agitación.
—Manchar mi acero con sangre inferior no me causa el menor orgullo —sentenció Dumnen, canalizando maná en su hoja—. Los mataré a ambos ahora mismo.
—¡Erutio Nebulae Malae! —resonó un grito desde lo alto.
Una neblina negra y densa emergió del techo, cubriendo la sala del trono en una penumbra absoluta que cegó a los guardias y al propio monarca. Armia había regresado.
—¡Rápido, estúpida! —vociferó la maga, aterrizando junto a ellos—. ¡Sácalo de aquí ya!
Sin dudarlo un segundo, Ania cargó a Adamas sobre su espalda y echó a correr a máxima velocidad hacia los ventanales de la galería.
—¡Divina Magiae Dispersio! —bramó una voz grave y rasposa desde el estrado.
Un chasquido de luz dorada recorrió el salón, disolviendo la niebla mágica en un parpadeo.
—Tú... —murmuró Armia, deteniéndose en seco al ver al hechicero avanzar hacia ella.
—Armia... mi bella prometida —sonrió Nurkman, el mago personal del rey, extendiendo la mano con fingida devoción—. Al fin has regresado a mí.
—¡Jamás! —gritó la maga, ajustando su báculo rúnico—. ¡Prefiero morir en este palacio antes que ceder ante un compromiso que jamás elegí!
Dumnen se acercó a paso lento, observando la escena con frialdad.
—Vaya, vaya... Así que tú eres la encantadora prometida fugitiva de Nurkman. Qué pequeño es el mundo. Jovencita, tira tu arco y tu bastón. Si tu prometido lo considera oportuno, puede que te perdone la vida.
Armia apretó los dientes y clavó sus ojos en el monarca.
—Con todo respeto, Su Majestad... ¡váyase al demonio!
—¡Illusio Umbrarum!
La figura de la elfa se desintegró en una ráfaga de humo ilusorio. Para cuando las guardias reaccionaron, la maga ya saltaba por el ventanal tras los pasos de Ania.
Nurkman contempló el humo con una sonrisa helada.
—Vaya... Ha mejorado considerablemente su técnica.
—¿Qué esperan? —ordenó Dumnen con voz tajante a sus caballeros—. ¡A por ellos!
—¡Sí, Su Majestad!
En el exterior del palacio, la lluvia comenzaba a caer sobre los tejados de Antiqua. Ania corría a través de las cornisas con los dientes apretados, sosteniendo el cuerpo malherido de Adamas sobre sus hombros.
A su lado, descendió Armia utilizando levitación de corto alcance.
—¡¿Qué haces aquí, maldita traidora?! —le espetó la felina sin frenar el paso.
—¡Salvando sus estúpidos pellejos, masa de músculos! —le gritó la maga—. ¡Ahora muévete más rápido!
—¡¿Y a dónde se supone que vamos?! ¡Toda la Guardia Real nos persigue!
—¡Solo una persona en toda esta ciudad nos debe un favor de vida o muerte! —respondió Armia, ajustándose la capucha—. ¡Es hora de cobrárselo! ¡Sabes perfectamente a dónde ir, gata! ¡Apresúrate!