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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:450
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

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Capítulo 21. La siguen

—¿Qué haces aquí, Priscila? El aire todavía está bastante frío.

Aquel reproche se oyó de repente. Priscila, que desde hacía rato estaba de pie petrificada en la terraza, mirando el garaje ahora vacío, se sobresaltó de golpe cuando una mano le dio una suave palmadita en el hombro.

—Ah, tía Sara...

Priscila volteó enseguida. Se apresuró a cambiar la expresión endurecida de su rostro por su dulce e inocente sonrisa de siempre, como si nada hubiera pasado.

—¿Viste a Adrián salir al trabajo? —indagó Sara, con una mirada tierna hacia la mujer que tanto anhelaba tener por nuera.

—Sí, tía —respondió Priscila en voz baja—. Solo quería ver la partida de Adrián desde lejos. Esta mañana en el comedor, Adrián ni siquiera me miró.

Priscila agachó la cabeza bien hondo, cubriéndose el rostro con su larga cabellera, poniendo a propósito una expresión afligida, como si fuera la parte más herida.

—A veces me pongo triste, tía. No sé hasta cuándo tendré que esperar en esta incertidumbre. Todavía me tratan como a una extraña. Solo quiero poder atender a Adrián como su esposa legítima, no ser una mujer escondida.

Al oír aquel lamento, el instinto maternal de Sara se activó de inmediato. Atrajo a Priscila hacia su abrazo y le acarició el hombro a la joven con mucho cariño.

—No hables así. No pienses cosas raras, mi niña. Ya te lo he dicho un montón de veces: tarde o temprano, Adrián se va a divorciar de esa parásita muerta de hambre. El documento de divorcio ya está listo, solo falta esperar el momento adecuado.

Priscila levantó el rostro, con los ojos deliberadamente afligidos.

—Pero Renata es cada vez más atrevida, tía. Amenaza a la servidumbre, la enfrenta a usted, ¡y Adrián solo se queda callado!

—¡Eso es porque Adrián anda con la cabeza hecha un lío por los asuntos de la oficina! —se apresuró a excusarlo Sara, tratando de defender a su hijo—. Tú solo tienes que ser lista para ganarte el corazón de Adrián como antes. Hazlo sentir cómodo. ¿Acaso una mujer tan hermosa como tú va a perder contra alguien como Renata?

Priscila asintió despacio, secándose sus lágrimas de cocodrilo.

—Sí, tía. Me voy a esforzar más.

Mientras hundía de nuevo el rostro en el hombro de Sara, detrás de su dulce sonrisa, Priscila casi se sacaba sangre del labio, mordiéndoselo con fuerza para aguantar el fastidio.

Vieja habladora. Si solo dependo de ti, hasta que me salgan canas Renata no va a salir de esta casa, pensó Priscila con sorna.

Ya un montón de veces Sara había prometido que separaría a Adrián y a Renata. ¿Y en realidad? Renata seguía viviendo en esa casa con arrogancia. Y lo que más enloquecía a Priscila: Adrián empezaba a cambiar.

Priscila no estaba ciega. Lo veía con sus propios ojos. El hombre aún no había admitido sus sentimientos, pero la mirada de Adrián al contemplar a Renata últimamente era muy distinta. Había celos, había curiosidad y había un deseo que trataba de disimular. Eso era justo lo que tenía a Priscila muerta de la angustia.

—Vamos, entremos —invitó Sara, deshaciendo el abrazo—. ¿O quieres ir al centro comercial? Deja que la tía te acompañe a despejarte.

Priscila negó rápido con la cabeza.

—No hace falta, tía. Justo tengo una cita para ver a una vieja amiga.

—Está bien, entonces. —Sara asintió con una sonrisa. Metió la mano en el bolsillo y le tendió una exclusiva tarjeta negra—. Si quieres ir de compras, usa esta tarjeta negra adicional de Adrián. El límite no es tan alto como el de la que tiene Renata. Pero alcanza para que te des tus gustos. Después ya me encargo yo de hablar y buscar una excusa con Adrián. Compra lo que sea que te haga feliz.

—Muchas gracias, tía. Es usted la mejor.

Priscila abrazó un momento a Sara antes de caminar con elegancia hacia su auto, estacionado en el patio. En cuanto la puerta del auto se cerró bien y la separó de la vista de Sara, la dulce sonrisa del rostro de Priscila se esfumó sin dejar rastro.

—Renata, ¿crees que puedes ganarme? —dijo mientras se miraba el reflejo en el espejo retrovisor—. Nunca voy a permitir que le vuelvas a robar la atención a Adrián. Él es mío. Esta fortuna es mía.

* * *

El celular en el regazo de Renata vibró. El nombre que apareció en la pantalla hizo que la comisura de sus labios rojos se elevara en una sonrisa fina.

—Dime.

—La están siguiendo, señorita.

Renata no se mostró sorprendida en absoluto. Al contrario, apoyó la espalda contra el asiento del auto con toda calma.

—¿Ah, sí?

—Un hombre en una moto deportiva negra, con chaqueta de cuero y casco integral. La ha estado siguiendo desde que salió de la reja de la casa principal. Mantiene una distancia estable, a unos treinta metros detrás de su vehículo. Es bastante aficionado.

Renata echó un vistazo al espejo retrovisor central de adelante. Entrecerró los ojos tras los lentes oscuros. En efecto. Entre el tráfico denso, una moto negra la seguía pegada detrás de su taxi sin el menor intento de adelantarla.

La sonrisa de lado volvió a aflorar en el rostro de Renata.

—Qué rápidos tus reflejos, Adrián —murmuró en voz baja.

—¿Necesita que intervenga y ordene a mis hombres que se encarguen de él en el cruce de más adelante, señorita? Podemos hacer que parezca un simple accidente de un solo vehículo.

—No hagas tonterías, Tristán. No es necesario. Déjalo que siga. Es más, esto va a facilitar mi plan.

Tristán calló unos segundos, como si estuviera analizando la orden de su jefa.

—¿Qué quiere decir, señorita? Dejar sueltos a los espías es una imprudencia.

Renata puso los ojos en blanco con pereza. Este subordinado suyo a veces era demasiado rígido.

—Tristán, ¿me quieres ayudar a divertirme un rato hoy?

—Por supuesto. Mi vida es suya. Cualquier orden suya la cumpliré. ¿Quiere que le queme la moto?

Renata rio por lo bajo.

—No es eso. Es una tarea mucho más sencilla, y a la vez mucho más fastidiosa. Vas a fingir que eres mi amante.

—Disculpe, señorita. Quizás la señal está mala. ¿Podría repetir su orden?

—No oíste mal, Tristán. —Renata sonrió con intención mientras se quitaba los lentes oscuros.

—El aficionado que nos sigue allá atrás seguro tiene la misión de reportarle a Adrián. Pues bien, quiero que ese espía vea algo muy interesante, lo fotografíe y lo reporte, para que Adrián no pueda dormir tranquilo esta noche.

Tristán soltó un pequeño suspiro. Se oyó un leve refunfuño del otro lado de la línea.

—Señorita, me asignaron para vigilarla. No para actuar como un galán de telenovela y provocar los celos de un marido.

—Vamos, Tristán. Considéralo una misión de encubierto de alto nivel. Te haces pasar por mi amante joven —lo tentó Renata.

—Ha cambiado drásticamente, señorita. ¿Adónde se fue la señorita Renata tímida y sumisa?

—¿No es eso lo que ellos querían? Ellos me obligaron a cambiar. Querían que la Renata tonta y sumisa muriera. Así que ya la maté. Ahora, que se enfrenten al monstruo que ellos mismos crearon.

—Entiendo, señorita. Seguiré su juego.

—Muy bien.

—¿Dónde debo encontrarme con usted para esta cita?

Renata mencionó el nombre de una cafetería y lounge, el más lujoso del centro de la ciudad, un lugar muy expuesto pero exclusivo.

—Ven allá en quince minutos. Pide de una vez una mesa en la zona exterior, que se vea fácil desde la calle. Y una cosa más, Tristán...

—¿Sí, señorita?

—Ponte el mejor traje que tengas. Péinate bien. Cuanto más apuesto, más caro y más deslumbrante te veas hoy, más se hará pedazos el ego y el amor propio de Adrián cuando vea las fotos.

Por primera vez desde que Renata conocía a aquel hombre frío, se oyó una risita grave y baja de Tristán.

—Bien, señorita. Me aseguraré de que su marido maldiga mi cara frente al espejo. Desempeñaré mi papel de amante más apuesto lo mejor posible.

La llamada terminó. Renata volvió a guardar el celular en su bolso. Volteó hacia atrás, mirando de nuevo hacia el espejo retrovisor. La moto negra aún la seguía fielmente desde lejos.

Renata cruzó los brazos sobre el pecho y apoyó el cuerpo, con una sensación de enorme satisfacción.

—Sígueme, perrito, saca muchas fotos. Porque dentro de poco, tu arrogante amo va a recibir una sorpresa que jamás imaginó. Que sienta lo que duele que te engañen.

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