Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
NovelToon tiene autorización de Yajaira MG para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 2
El aroma del café recién hecho se extendía por el comedor de la hacienda Dávila, mezclándose con el olor del pan tostado, los huevos revueltos y las arepas que Alondra había mandado preparar aquella mañana.
La familia se encontraba reunida alrededor de la mesa, aunque, como ocurría casi todos los días, Lara era la primera en hablar de trabajo.
A sus veinticuatro años, se había convertido en una pieza fundamental para el funcionamiento de la hacienda. Después de terminar sus estudios de Veterinaria y especializarse en equinos, había decidido dedicar sus conocimientos al lugar donde había crecido. No se limitaba a atender a los animales cuando enfermaban; también supervisaba su alimentación, organizaba los entrenamientos, controlaba las revisiones veterinarias y participaba activamente en las decisiones relacionadas con la crianza.
Su padre todavía intervenía en los asuntos importantes, pero cada vez le dejaba más responsabilidades en las manos.
Ramiro estaba orgulloso de su hija, aunque jamás lo admitiría con demasiada facilidad. Había pasado toda su vida trabajando aquellas tierras y sabía que mantener una hacienda ganadera exigía mucho más que dinero. Se necesitaban paciencia, experiencia y carácter. Lara había demostrado poseer las tres cosas.
—Papá, esta mañana quiero revisar los registros de los caballos jóvenes —comentó ella mientras untaba mantequilla en una tostada—. Algunos han aumentado de peso y debemos ajustar sus raciones para que mantengan una condición corporal adecuada.
Ramiro levantó la mirada de su taza.
—¿Ya revisaste las anotaciones de Mateo?
—Anoche. Hay tres potros que necesitan una alimentación más controlada y dos yeguas que requieren un seguimiento especial porque están preñadas.
—¿Y el caballo que llegó la semana pasada?
—Está adaptándose bien. El veterinario anterior le daba demasiado concentrado y poca fibra. Ya ajusté su alimentación, pero quiero observarlo unos días más antes de aumentarle la carga de entrenamiento.
Su padre asintió, satisfecho.
—Hazlo como consideres conveniente. Tú conoces a los animales.
Alondra sonrió discretamente al escuchar aquellas palabras. No era la primera vez que Ramiro reconocía la capacidad de su hija, pero cada ocasión le producía la misma satisfacción.
—A este paso, terminarás entregándole la hacienda entera —comentó, dirigiéndose a su esposo.
—¿Y quién mejor que ella para hacerse cargo?
—No estoy diciendo que no pueda hacerlo, Ramiro. Solo digo que, si continúa así, terminará olvidándose de que también tiene una vida fuera de estos establos.
Lara soltó una pequeña risa.
—Mamá, tengo una vida fuera de los establos.
Selina, sentada frente a ella, levantó las cejas.
—¿Ah, sí? ¿Y cuándo fue la última vez que saliste a divertirte sin que alguien tuviera que recordarte que los caballos podían sobrevivir unas horas sin ti?
—El domingo pasado.
—El domingo pasado fuiste al pueblo a comprar medicamentos veterinarios.
—Y me tomé un café.
—¡Qué vida tan emocionante!
Lara le lanzó una servilleta, provocando la risa de su madre.
—Come y deja de hablar tonterías.
Selina sonrió con satisfacción. A sus veintidós años, era espontánea, curiosa y tenía una habilidad extraordinaria para molestar a su hermana mayor sin conseguir que esta dejara de quererla. Aunque ambas compartían el amor por la hacienda, sus personalidades eran muy diferentes. Lara era práctica, disciplinada y exigente; Selina prefería disfrutar del día antes de preocuparse por lo que podía salir mal.
Sin embargo, conocía perfectamente el compromiso de su hermana con los animales y admiraba la manera en que había conseguido ganarse el respeto de los trabajadores.
—Hablando de los caballos —retomó Selina mientras se servía más café—, ayer escuché a Mateo decir que debemos pedir las porciones de alimento antes de que se nos terminen.
Lara dejó la tostada en el plato.
—Tiene razón. ¿Cuánto queda en el almacén?
—No lo sé. Por eso te lo estoy diciendo a ti.
—Entonces, ¿cómo sabes que debemos pedir más?
—Porque escuché a Mateo decirlo, Lara. No porque haya entrado al almacén con una libreta a contar los sacos.
—Deberías intentarlo alguna vez. Es una actividad bastante sencilla.
—Prefiero conservar mi talento para otras cosas.
Ramiro negó con la cabeza, divertido.
—Ustedes dos no pueden pasar cinco minutos sin discutir.
—Yo no discuto, papá —respondió Selina—. Solo intento que mi hermana recuerde que yo prefiero hacer otras cosas.
—Y yo intento que mi hermana recuerde que los caballos no comen aire —replicó Lara.
Alondra soltó una carcajada.
—Está bien, basta. Lara, ¿qué necesitas pedir exactamente?
La joven agradeció que su madre interviniera.
—Principalmente heno de buena calidad, alfalfa para los animales que la necesitan y concentrado para los caballos de entrenamiento. También debemos revisar las existencias de avena y los suplementos minerales. No todos reciben la misma ración; depende de su edad, peso, actividad física y estado de salud.
—¿Y los que están en reposo? —preguntó Ramiro.
—Ellos necesitan una dieta diferente. No podemos darles la misma cantidad de concentrado que a los caballos que trabajan diariamente. Primero revisaré sus condiciones y después haré el pedido definitivo.
Su padre apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Quiero que también revises los gastos del mes. El proveedor ha aumentado los precios del concentrado y no pienso aceptar una factura sin comprobarla.
—Ya lo hice. Encontré una diferencia en el último pedido y estoy esperando que me expliquen el motivo. Si no me dan una respuesta satisfactoria, buscaré otra empresa.
Ramiro la observó con una mezcla de orgullo y sorpresa.
—¿Ya estás buscando otro proveedor?
—Desde ayer.
—A veces me pregunto si me necesitas para algo.
Lara sonrió.
—Por supuesto que sí, papá. Necesito que me enseñes todo lo que todavía no sé.
La respuesta pareció satisfacerlo.
Ramiro había comenzado a delegar buena parte de las operaciones cotidianas porque confiaba en su hija. Seguía participando en las decisiones importantes, especialmente en las inversiones, las ventas de caballos y los asuntos que comprometían el patrimonio familiar. Pero la administración diaria ya descansaba, en gran medida, sobre los hombros de Lara.
Y ella no pensaba defraudarlo.
Cuando terminaron de desayunar, Lara recogió su carpeta y revisó la lista de tareas que había preparado la noche anterior.
Selina la siguió hasta la entrada, llevando una manzana en la mano.
—¿Vas directamente a los establos?
—Sí. Después revisaré el almacén y hablaré con el encargado de los suministros.
—¿Puedo acompañarte?
Lara la miró con desconfianza.
—¿Desde cuándo te interesa revisar inventarios?
—Desde que descubrí que mi hermana mayor necesita compañía.
—Eso significa que quieres pedirme algo.
—Qué poca confianza me tienes.
—Te conozco desde que naciste.
Selina mordió la manzana y sonrió.
—Está bien. Quiero que me enseñes a revisar las condiciones de los caballos. Ayer vi una yegua que parecía incómoda y no supe si era algo normal o si le ocurría alguna cosa.
La expresión de Lara cambió inmediatamente.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque después dejó de comportarse así. Pero pensé que sería bueno aprender a reconocer esas señales.
Lara la observó unos segundos antes de asentir.
—Está bien. Ven conmigo. Te enseñaré qué debes observar, pero recuerda algo: no se trata solo de mirar si un caballo cojea. Hay que prestar atención a su comportamiento, su apetito, su respiración, su postura y cualquier cambio que pueda indicar dolor o enfermedad.
Selina sonrió.
—Sabía que aceptarías.
—No te emociones. Si me haces perder el tiempo, te pondré a contar sacos de heno.
—Eso sería crueldad entre hermanas.
Ambas salieron de la casa mientras el sol comenzaba a elevarse sobre los pastizales.
Desde la entrada de la hacienda se distinguían los cercados, los establos y, más allá, la línea de árboles que acompañaba el curso del arroyo.
Lara dirigió la mirada hacia aquella dirección.
El agua corría entre las dos propiedades y marcaba el límite natural que separaba la hacienda Dávila de la hacienda Orellana. A simple vista, parecía un lugar tranquilo, casi insignificante. Sin embargo, durante generaciones, aquel arroyo había sido motivo de discusiones, acusaciones y enfrentamientos entre ambas familias.
Los Dávila defendían sus derechos sobre el curso de agua con la misma determinación con que los Orellana defendían los suyos.
Ninguna de las familias estaba dispuesta a ceder.
....