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AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Posesivo / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Desvío de emergencia

El rodaje hacia la puerta 14 de la Terminal 4 de Heathrow fue un ejercicio de disciplina claustrofóbica.

En la cabina del Boeing 777, la lectura de la lista de comprobación de apagado de motores se ejecutó con una precisión tan gélida que parecía dictada por una computadora. Ni un comentario fuera de manual, ni una mirada que se desviara un solo grado de los instrumentos.

—Bombas de combustible: desconectadas. Luces de anticolisión: apagadas. Freno de estacionamiento: fijado —cantó Emma, deslizando el dedo por la pantalla de estado antes de soltarse los arneses de cuatro puntos con un chasquido metálico.

Logan se quitó los auriculares de diadema, pasándose una mano por el cabello castaño revuelto. La americana de comandante colgaba a su espalda, revelando la tensión que aún le agarrotaba los omóplatos bajo la camisa blanca. Se giró hacia ella en el asiento izquierdo, buscando alguna fisura en la coraza de esa mujer, un parpadeo de cansancio o el más leve indicio de que haber compartido cabina con él le hubiera alterado el pulso.

No encontró nada.

Emma tenía la espalda erguida, el nudo de la corbata intacto y la misma expresión neutra y analítica con la que debió coordinar evacuaciones bajo fuego de mortero en el desierto.

—Buen vuelo, primer oficial Ross —soltó Logan, arrastrando las palabras con una ironía áspera mientras firmaba la hoja técnica con un garabato rápido—. Aunque su tendencia a tomar los mandos sin orden expresa del comandante podría costarle una suspensión en cualquier otra aerolínea.

Emma recogió sus credenciales de la consola con la soltura de quien guarda un arma reglamentaria:

—En cualquier otra aerolínea, capitán Rhodes, un comandante agradecería que su copiloto le evitara una demanda colectiva por pasajeros lesionados en turbulencia severa. Pero entiendo que en la escuela de mi... de Richard Vance, la gratitud hacia una mujer se considera una falla estructural del ego. Que descanse.

Se puso la americana con un movimiento fluido, ajustó las tres barras doradas de sus hombreras y cruzó la puerta blindada hacia el puente de desembarque sin esperar respuesta.

Logan apretó la pluma estilográfica contra el papel hasta casi perforar la hoja de carbón.

En el control de pasaportes de la terminal de tripulaciones, el ambiente hervía con el cruce de vuelos intercontinentales. Pilotos de cabellos canosos comentaban meteorología en voz baja, mientras los carros de maletas metálicas tintineaban sobre el suelo de granito pulido.

Logan esperaba junto a la salida acristalada con su abrigo de paño negro sobre el brazo y la gorra de plato en la mano.

La frustración le corría por las venas como ácido de batería. Durante siete horas sobre el Atlántico, Emma Ross no solo no había flaqueado, sino que había demostrado una solvencia técnica demoledora. El hombre que se vanagloriaba de no haber sido cuestionado jamás por una tripulación se sentía ahora reducido a un espectador en su propio feudo.

En ese instante, el aroma dulce a flores blancas anunció la llegada de Tiffany.

La jefa de cabina de clase ejecutiva avanzaba arrastrando su maleta de ruedas con una cadencia calculada, despojada ya del chaleco corporativo y con la gabardina abierta sobre un vestido ceñido. Se detuvo a escasos centímetros de Logan, inclinando la cabeza con una sonrisa sugerente mientras apoyaba una mano con manicura impecable sobre su antebrazo:

—Capitán Rhodes... unos cuantos de la tripulación vamos a cenar a un bistró en Mayfair antes de que empiece el descanso obligatorio. Me encantaría que viniera con nosotros. O podríamos ir a tomar una copa solos si prefiere algo más... privado. El vuelo estuvo tenso.

Logan vio por el rabillo del ojo que Emma salía del control aduanero con su maletín de fibra de carbono, caminando hacia el mostrador de recepción de itinerarios con la barbilla en alto y la mirada fija al frente.

El impulso infantil de devolver el golpe, de reafirmar su territorio y demostrar que seguía teniendo el control del juego, nubló su juicio en una fracción de segundo.

Logan rodeó la cintura de Tiffany con un brazo firme, atrayéndola hacia su costado con una sonrisa perezosa y una voz lo suficientemente alta para que rebotara en todo el pasillo de cristal:

—Me parece un plan perfecto, Tiffany. Una cena en Mayfair y una buena botella de vino es justo lo que necesito para sacudirme la mala vibra de este vuelo. La cabina estuvo insoportablemente aburrida hoy. Vamos a mi coche.

Tiffany sonrió con triunfo, dejando escapar una risita encantada y lanzándole una mirada cargada de veneno a Emma al pasar junto a ella colgada del brazo del capitán más cotizado de la flota.

Emma no frenó el paso.

No apretó la mandíbula. No hubo dolor en sus ojos castaños, ni sorpresa, ni el menor atisbo de celos. Solo una confirmación fría y metódica de lo que ya sabía: Logan Rhodes seguía siendo el mismo producto inmaduro que su padre había moldeado a su imagen y semejanza. Un hombre que usaba a las personas como trofeos de consuelo cuando su orgullo salía maltrecho.

Se detuvo frente al ventanal de la terminal, donde la lluvia fina de Londres empañaba los reflectores de pista.

Extrajo su teléfono satelital encriptado del bolsillo interior de la chaqueta y marcó una línea privada en Boston.

—Operaciones y finanzas, habla Camila Vance —contestó la voz suave de su hermana menor tras el segundo tono.

—Camila, soy yo —dijo Emma en un tono bajo, seco y de absoluto mando militar—. Entra al servidor central de asignaciones de la flota internacional ahora mismo.

—¡Emma! ¿Cómo te fue con Logan? Nathan me escribió desde el centro de control diciendo que la telemetría reportó una caída súbita de sustentación sobre Terranova. ¿Están bien?

—El avión está en una pieza y los pasajeros intactos —respondió Emma sin rodeos—. Pero Logan es un idiota predecible que necesita una cura de humildad de choque antes de que aprenda a respetar los galones que tengo puestos. Sácame de su rotación de regreso a Estados Unidos de inmediato.

Al otro lado de la línea se escuchó el tecleo rápido de Camila sobre la terminal, seguido de un silencio tenso que se prolongó varios segundos:

—Emma... tengo un problema grave si te saco del 777 de Logan.

—¿Qué problema?

—La programación para las próximas veinticuatro horas está cerrada por la niebla en el Atlántico. La única vacante disponible de primer oficial para Nueva York en las próximas doce horas es en el vuelo VG-108 de esta noche. Pero no vas a querer subirte a ese avión. Te lo juro por Dios que no quieres.

Emma entrecerró los ojos, afinando el instinto:

—¿Quién es el comandante asignado?

Camila soltó un suspiro cargado de angustia:

—El capitán Trevor Garrison. El hombre más detestado y tóxico de toda la aerolínea. Tiene cinco quejas formales en el departamento legal por acoso verbal, comentarios machistas denigrantes y abuso de autoridad en cabina. Los copilotos jóvenes fingen gastroenteritis para no volar con él. Papá no lo ha despedido porque su tío es uno de los mayores accionistas del consejo y amenazó con retirar fondos si lo tocan. Es un animal salvaje, Emma. Cree que cualquier mujer con alas es una intrusa que debe ser expulsada a gritos.

Una sonrisa lenta, helada y letal, la misma que ponía cuando planificaba una incursión nocturna en las montañas afganas, curvó los labios de Emma.

Ajustó las correas de su maletín de vuelo, clavando la mirada en los aviones que carreteaban bajo la bruma londinense:

—Ponme en el vuelo de Garrison, Camila.

—¡Emma, te va a hacer la vida imposible durante ocho horas en un espacio de dos metros cuadrados! —suplicó su hermana al teléfono—. ¡Ese tipo busca deliberadamente quebrar a la gente!

—Ese tipo todavía no sabe lo que ocurre cuando intentas intimidar a una general del ejército en su propio puente de mando —susurró Emma, con una voz que destilaba pólvora y acero—. Confirma la asignación, Camila. Es hora de empezar la limpieza en los hangares de papá.

Tres horas después, en la sala de descanso de tripulaciones asignada al vuelo VG-108, el ambiente era tan denso que parecía presurizado a nivel del mar.

El capitán Trevor Garrison estaba despatarrado en un sillón de piel sintética con las piernas cruzadas sobre la mesa de centro. Tenía unos cuarenta y cinco años, complexión robusta, el cabello rubio ceniza rapado a los lados y la camisa del uniforme manchada de ceniza de cigarrillo electrónico sobre el bolsillo superior. Hojeaba una revista náutica mientras dos pilotos de guardia en una mesa contigua fingían concentrarse en sus manuales para no cruzar palabra con él.

La puerta se abrió con un deslizamiento limpio.

Emma entró con el maletín en la mano, la gorra de plato bajo el brazo y la carpeta de prevuelo sujeta con firmeza.

Garrison no levantó la vista de la revista de inmediato; esperó tres segundos calculados para marcar territorio. Cuando finalmente alzó los ojos pequeños y sanguinolentos, recorrió la figura de Emma con una mueca de repugnancia abierta, deteniéndose en las tres barras doradas de sus hombros:

—¿Tú eres el reemplazo de Miller? —soltó con una voz rasposa, cargada de desdén—. ¿Qué le pasó a ese marica? ¿Le dio miedo volar con viento de costado y mandó a su hermana a cubrirle el turno?

Los dos pilotos de la mesa lateral se tensaron en silencio, bajando la cabeza como si esperaran la onda expansiva de una granada.

Emma no pestañeó. Avanzó con paso firme hasta quedar de pie frente a la mesa de centro, mirando a Garrison de arriba hacia abajo con una frialdad que no admitía la menor duda sobre quién dominaba la habitación:

—Primer oficial Emma Ross, capitán. Asignada formalmente al vuelo ciento ocho con destino a Nueva York-JFK. Y le sugiero que baje las botas de la mesa antes de que le enseñe cómo se aplica el código de disciplina de vuelo en un espacio común.

Garrison soltó una carcajada ronca, dejando caer la revista con desprecio mientras se incorporaba despacio, sacando pecho para hacer valer su corpulencia:

—Vaya, qué carácter tiene la muñequita. Mira, Ross, no sé qué favores le hiciste a la gerencia en Boston para que te dieran esas tres barras, pero en mi avión las reglas son sencillas: tú te sientas a la derecha, no tocas un solo interruptor sin que yo te lo ordene, me pasas el café caliente cuando te lo pida y mantienes esa boca cerrada durante las ocho horas de cruce. Si no te gusta, date la media vuelta y regresa a servir bandejas a la clase turista, que es para lo único que sirven las de tu clase.

El aire en la sala se volvió irrespirable. Uno de los pilotos de la mesa lateral se puso de pie discretamente, preparándose para intervenir antes de que la situación pasara a mayores.

Emma dio medio paso adelante. No alzó la voz; al contrario, su tono descendió a un susurro gélido, acompasado y letal que le congeló la sonrisa a Garrison en la cara:

—El vuelo despega a las veintitrés horas, capitán Garrison. Si durante ese trayecto intenta tocar mis controles, interferir con mi operación técnica o abrir esa boca para algo que no sea una lectura estricta de lista de comprobación... le prometo que voy a desarticularle el hombro antes de que la torre nos autorice el nivel de crucero.

Emma se inclinó apenas un milímetro, clavando sus pupilas en los ojos desorbitados del hombre:

—Revise el plan de combustible. No me gusta esperar en rampa.

Dicho esto, Emma tomó su carpeta y salió hacia la pasarela de embarque con el paso marcial de un oficial entrando en combate.

En la sala, Garrison se quedó de pie, con la mandíbula apretada y una vena latiéndole con violencia en la sien, mientras los otros dos pilotos intercambiaban miradas de puro asombro: por primera vez en diez años, alguien acababa de ponerle un alto al tirano de la flota sin despeinarse el uniforme.

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Cliente anónimo
Siento la adrenalina al limite
Cliente anónimo
Muy buena novela la recomiendo 👏✈️
Cliente anónimo
Por machista cobarde
Cliente anónimo
Miners albpoder
Cliente anónimo
Enseñemoles Emma quien manda
Cliente anónimo
Vamos Emma tomemos el control de todo😎
Cliente anónimo
Hoy me aventuro en vuelo de primera ✈️ que emocion a collar 😎
Cliente anónimo
Interesante 😎
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