Una mirada puede cambiarlo todo; la de él es un enigma indescifrable. Ella tiene apenas veinte años, una vida por delante y unos ojos azules llenos de inocencia. Él, diez años mayor, lleva marcada en el rostro la severidad de un pasado intransigente y en sus ojos oscuros una frialdad capaz de intimidar a cualquiera. Sus caminos no debían cruzarse, pero el destino no pide permiso. Entre el misterio de un secreto silenciado y la tensión innegable que surge cada vez que sus miradas se encuentran, ambos se verán arrastrados a un juego donde las barreras de la razón colapsan. Él intentará mantener la distancia para protegerla de sus propios demonios, pero la determinación de ella romperá cada una de sus defensas. ¿Es posible encontrar el amor en la mirada más fría? Una apasionante historia de tensión, secretos inconfesables y una atracción inevitable que te mantendrá en suspenso desde el principio.
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El regreso al pasado
El motor del taxi se apagó frente al edificio residencial de fachada moderna en una de las zonas más tranquilas de Madrid. Isabela pagó la tarifa, tomó su maletín de ejecutivo y subió en silencio por el ascensor hacia el quinto piso. La noche estaba fresca, pero por dentro sentía el cuerpo helado por la marejada de emociones que la decisión del viaje a su ciudad le había desatado.
Al abrir la puerta de su apartamento, el ambiente cálido y tenue de la sala la recibió con un confort casi reparador.
Sobre el sofá, con un libro entre las manos y la luz de un velador encendida, la esperaba Miranda.
Miranda no era solo la niñera y asistente, era su mejor amiga; durante los últimos cinco años se había convertido en su mayor punto de apoyo, la única persona que conocía cada una de las cicatrices que Isabela llevaba bajo la superficie de mujer exitosa.
—Buenas noches, Isabela —dijo Miranda en un susurro amable, poniéndose de pie con cuidado para no hacer ruido—. Te estaba esperando.
—Hola, Miranda —respondió Isabela, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor y quitándose los tacones con un respiro de alivio—. Siento llegar tan tarde, la junta de directiva con Eduardo se extendió más de lo previsto.
—No te preocupes. Todo estuvo muy tranquilo por aquí —sonrió Miranda, acercándose para tomar el abrigo de Isabela—. Ethan cenó muy bien, jugó un rato con sus bloques de construcción y se acostó a las nueve en punto. Ya está completamente dormido en su habitación.
Un destello de infinita ternura suavizó la mirada de Isabela, borrando por un instante el agotamiento y la angustia del trabajo.
—Gracias, Miranda. De verdad no sé qué haría sin ti.
—Sabes que amo a ese niño como si fuera de mi propia familia —respondió la mujer con sinceridad—. Ah, por cierto... ¿cómo te fue en la reunión? ¿Lograron resolver el asunto del cliente?
Isabela vaciló un segundo. Mantuvo la vista fija en su maletín, sintiendo cómo un nudo se le formaba en la garganta al escuchar de nuevo ese asunto que le estaba partiendo la cabeza.
—Tengo que viajar en un par de días —admitió con voz baja—. Viajaré de regreso al país para reunirme personalmente con el presidente del Grupo Rossi. Si consigo salvar ese contrato, me darán la vicepresidencia.
Miranda la miró con preocupación. Sabía perfectamente lo que esa ciudad y, sobre todo los recuerdos, significaban en la historia de Isabela.
—¿Estás segura de esto, Isabela? —preguntó Miranda con prudencia—. Sabes que el riesgo es alto...
—Es la oportunidad por la que he trabajado seis años, Miranda —la interrumpió Isabela con voz serena y determinada—. Además, no hay nada que temer. Para ese hombre, yo fui solo una sombra sin nombre de una sola noche. No se acordará de mí si lo llego a encontrar. Mañana prepararemos los equipajes; Ethan vendrá conmigo, no pienso dejarlo solo tanto tiempo.
Miranda asintió en silencio, respetando la firmeza de su jefa. Tras coordinar los detalles de la mañana siguiente, Miranda se despidió y abandonó el apartamento, dejando a Isabela sumergida en la calma nocturna del hogar.
Isabela se quedó de pie en el centro de la sala durante unos minutos. Luego, a pasos lentos y descalza, caminó por el pasillo hacia la última puerta a la derecha.
Empujó la puerta con extrema delicadeza para no hacer ruido.
La habitación de su hijo estaba envuelta en un fulgor mágico. En el techo, un proyector giratorio dibujaba un mapa tenue de galaxias, constelaciones y luces azules y violetas que simulaban las estrellas del universo, girando lentamente en la penumbra. El espacio olía a colonia infantil y a la calidez de un hogar protegido con uñas y dientes.
Isabela se acercó a la cama pequeña con forma de nave espacial y se hincó al costado sobre la alfombra suave.
Acomodado entre las cobijas, abrazando un pequeño peluche de oso, dormía plácidamente Ethan. Tenía cinco años.
Isabela extendió una mano temblorosa y le apartó con inmensa delicadeza un mechón de cabello negro que le caía sobre la frente. Observó las facciones del pequeño bajo la tenue luz estelar del proyector.
El corazón se le oprimió en el pecho con una mezcla de amor infinito y dolor antiguo.
Ethan no necesitaba pruebas de ADN ni explicaciones complejas para revelar su origen. Las expresiones del niño al dormir, la estructura firme de su pequeña mandíbula, la forma de sus cejas y esa severidad infantil tan particular eran la réplica exacta e innegable de su padre, el hombre de aquella noche.
Cada día de los últimos cinco años, al mirar a su hijo sonreír, jugar o simplemente descansar, Isabela se encontraba cara a cara con el fantasma del hombre que le cambió la vida para siempre.
El niño era el fruto insospechado de aquella velada en la suite presidencial; la prueba viva del dolor, la desesperación y el sacrificio que la habían cambiado para siempre. Isabela había descubierto su embarazo semanas después de huir de ciudad natal, sola, asustada y sin un solo centavo en los bolsillos que quisiera tocar de aquel dinero maldito. Pero al sentir la primera llamada de vida dentro de ella, decidió transformar la culpa en una fuerza inquebrantable. Ethan se convirtió en su luz, su única razón para levantarse antes del alba y construir desde cero una carrera brillante.
—Eres mi milagro, pequeño —susurró Isabela con la voz quebrada, depositando un suave beso en las mejillas tibias del niño.
Ethan hizo un pequeño movimiento en sueños, arrugando la naricita con un gesto tan idéntico al de su padre que a Isabela se le escapó una lágrima silenciosa.
El secreto que había guardado celosamente durante seis años, ocultándolo del mundo, reposaba allí, durmiendo bajo un cielo de luces artificiales. Volver a su ciudad significaba llevar a la pequeña réplica de aquel hombre misterioso al mismo territorio donde el imperio Rossi gobernaba.
Apretó los puños suavemente sobre el borde de la cama, contemplando el rostro de su hijo. La convicción de protegerlo de las intrigas, la frialdad y el mundo de poder de su padre era más fuerte que cualquier temor.
—Te protegeré siempre —murmuró Isabela con determinación implacable en los ojos azules—. Nadie te apartará de mi lado, ni siquiera tu padre.
Cerró los ojos un instante, respirando el aroma de su hijo para llenar sus pulmones de valentía, sabiendo que en cuarenta y ocho horas tendría que enfrentarse a los recuerdos que le consumían el alma, sin revelar jamás el secreto que llevaba grabado en el corazón.
esas dos solo les importa el dinero😡
malo que sabiendo la verdad todavía quisieras hacerle daño
espero isabela o Renzo sospechen eso
magnífico Renzo
pero sigan teniendo cuidado
no estan poderoso entonces 🙄
y ahora este matrimonio y con una niña Rica de las que se encaprichan