Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 13
A la hora del almuerzo, Karina y Lucía salieron juntas de la oficina hacia el restaurante ejecutivo que solían visitar. Sin embargo, en esta oportunidad la caminata por la avenida principal se sintió completamente diferente.
Con cada paso sobre sus tacones, Lucía avanzaba con un porte distinguido y erguido. Su presencia no pasaba desapercibida. Hombres en traje que salían de los edificios corporativos, transeúntes y conductores que esperaban en el semáforo giraban la cabeza de manera inevitable a su paso, impactados por el magnetismo que proyectaba.
Al entrar al restaurante, el murmullo del lugar pareció bajar un tono. El camarero las recibió con una cortesía inusual y las guió hacia una mesa junto a las amplias ventanas. Karina observaba todo disimuladamente, sin salir de su asombro.
—De verdad es increíble, Lucía —murmuró Karina, acomodándose en la silla—. Todas las miradas están sobre ti. Pareces una actriz.
Lucía sonrió con naturalidad, tomando la carta sin inmutarse por la atención recibida.
—Solo estoy siendo yo misma —respondió con tono pausado y sereno.
Mientras conversaban sobre temas laborales, varias miradas masculinas continuaban fijas en su mesa desde distintas direcciones. Lucía las recibía con la absoluta tranquilidad de quien reconoce su propio valor, sin mostrarse distante ni excesivamente accesible.
En un momento de la comida, un hombre elegante, de traje oscuro y porte distinguido, se levantó de una mesa cercana. Avanzó hacia ellas con determinación y se detuvo a un costado con una sonrisa respetuosa.
—Disculpen la interrupción —dijo dirigiéndose a ambas, aunque manteniendo sus ojos fijos en Lucía—. No he podido evitar notar su presencia desde que entraron. Mi nombre es Julián.
Lucía inclinó ligeramente la cabeza, sosteniéndole la mirada con absoluta compostura.
—Mucho gusto, Julián. Soy Lucía.
—Lucía... Un nombre hermoso —expresó él con fluidez—. Sé que están almorzando, pero me gustaría invitarles este almuerzo y, si me lo permitieses, ofrecerte mi tarjeta para invitarte a cenar esta noche o cuando tu agenda te lo permita.
Karina miró a su amiga con los ojos abiertos de par en par, conteniendo el aliento. Lucía, en cambio, esbozó una sonrisa tibia y enigmática.
—Aprecio mucho tu gesto, Julián. Pero hoy estoy disfrutando del almuerzo con mi amiga.
Julián no pareció desanimarse; al contrario, la seguridad de Lucía pareció fascinarlo aún más. Sacó una tarjeta personal de su saco y la dejó suavemente sobre la mesa, cerca de la mano de ella.
—Entiendo perfectamente. La tarjeta queda aquí. Sería un verdadero placer volver a hablar contigo, Lucía. Que tengan una excelente tarde.
Tras una inclinación cordial, el hombre regresó a su mesa. Karina se inclinó de inmediato sobre el mantel, mirando la tarjeta y luego a Lucía.
—¡No lo puedo creer! ¡Un empresario impecable acaba de venir a invitarte a cenar en la cara de todo el restaurante! ¿Y tú ni siquiera te inmutas?
—¿Por qué tendría que inmutarme? —respondió Lucía, deslizando la tarjeta sobre la mesa con indiferencia—. Es agradable recibir atención, pero ahora soy yo quien decide a quién le concedo mi tiempo.
Lucía volvió a tomar su copa de agua, observando la ciudad a través del cristal. Sabía que esta fascinación que despertaba era apenas el primer destello del nuevo poder que habitaba en ella.