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DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Autosuperación / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.

Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.

Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.

Pero Abelardo no era aquel hombre.

Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.

Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.

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El careo en la plaza y la voz de la dignidad

El sol de mediodía caía a plomo sobre la plaza principal del pueblo, sofocando las calles de piedra y el concurrido mercado de vivanderas. La vida de Abelardo marchaba sobre rieles firmes: las deudas bancarias de la capital habían quedado saldadas en su totalidad, la empresa de transportes de Don Hernán prosperaba bajo su administración impecable y el sedán plateado estacionado frente al portal era la prueba viviente de su renacimiento. Sin embargo, donde la dignidad de un hombre honesto vuelve a florecer, la envidia no tarda en clavar sus garras.

En la esquina del mercado reinaba Doña Petrona junto a su séquito de vecinas desocupadas. Fieles al espíritu de la cumbia La chismosa de Los Campesinos de Bambamarca, vivían pendientes de la vida ajena, murmurando a espaldas de todos y destruyendo reputaciones sin el menor remordimiento. A Petrona le carcomía el alma ver a Abelardo caminar con la frente en alto. Incapaz de aceptar que un joven hundido en la ruina se levantara con trabajo puro, comenzó a destilar su veneno en voz alta, asegurando que su dinero era "sucio" y que seguro andaba metido en negocios turbios con la flota de camiones.

Abelardo caminaba hacia la botica del portal cuando las voces cuchicheadas y las risas socarronas lo alcanzaron. Vio al grupo de mujeres amontonadas en la esquina, mirándolo de reojo, señalándolo con el dedo y soltando veneno sin disimulo. Durante meses, Abelardo había reprimido el dolor de la traición de Deborah, la decepción de la quiebra y la humillación del remate judicial. Había sido paciente y silencioso, pero ver que un grupo de malintencionadas pretendía ensuciar el sudor de su frente y el orgullo de sus padres fue la gota que derramó el vaso. El valor acumulado en su pecho estalló.

Detuvo su marcha en seco, dio media vuelta y caminó directamente hacia el grupo. Las mujeres, al verlo encararlas con paso firme y mirada de fuego, se quedaron heladas y callaron de golpe.

—¿Qué pasa a la gente que mucho se mete en nuestra vida? —lanzó Abelardo con la voz potente, haciendo eco en los portales—. ¿Qué pasa a la gente que mucho critica a las espaldas?

Doña Petrona intentó disimular acomodándose el chal, pero la firmeza del joven la dejó sin aliento. Abelardo dio un paso al frente, mirándola fijamente a los ojos, cansado de tanta hipocresía y mala fe:

—¡Carajo! ¿Por qué te metes en mi vida si no te debo? —confrontó con indignación contenida—. ¿Qué es lo que pasa? ¿Es que eres ociosa y eres chismosa? ¡Cambia tu vida, porque yo no sé lo que pasa!

Las vivanderas y los transeúntes del mercado se detuvieron a mirar la escena. Nadie en el pueblo se había atrevido a ponerle un freno a la lengua viperina de Petrona. Abelardo, con el pecho agitado pero la frente bien en alto, no les dio espacio para responder y remató con la fuerza de la verdad:

—Se matan hablando de lo que no saben, pero les digo una cosa: ¡los pelos te jalarás, la lengua te morderás, pero por chismosa nada tú sacarás! ¡Vieja vas a acabar viviendo de la lengua ajena!

Un silencio sepulcral se apoderó de la plaza. Petrona, roja de vergüenza y sin argumentos frente a un hombre que no le debía un solo centavo a nadie, solo atinó a bajar la cabeza y alejarse a paso rápido hacia el interior del mercado, seguida por su séquito derrotado.

El eco de los aplausos tímidos de un par de comerciantes honestos resonó entre los puestos del mercado. Aquellos hombres y mujeres que madrugaban a diario para ganarse el pan sabían lo que costaba construir una reputación limpia y aplaudieron en silencio el coraje de Abelardo. Él no solo se estaba defendiendo a sí mismo; estaba alzando la voz por cada trabajador que alguna vez fue víctima de la envidia de quienes prefieren señalar las vidas ajenas antes que componer la propia.

Abelardo acomodó su saco con elegancia natural, respiró profundo y sintió cómo una liberación inmensa le aligeraba los hombros. El peso de la difamación y el fantasma de los rumores que alguna vez lo persiguieron en la capital habían quedado rotos en mil pedazos sobre el empedrado del pueblo. Dio media vuelta, subió a su automóvil plateado y encendió el motor con absoluta tranquilidad. Miró por el retrovisor una última vez, viendo la plaza en paz. Había defendido su honor con la fuerza de la verdad y el sudor de su frente; ya no era el hombre que callaba ante la injusticia, sino un hombre libre que caminaba sin miedo, sabiendo que contra la dignidad de quien trabaja honradamente, el chisme y la envidia jamás podrán triunfar.

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