La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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INVASIÓN DE ALFAJORES Y ARTILLERÍA VERBAL
El reloj de pared de la oficina principal de Guzmán & Asociados Ingeniería marcaba las diez en punto de la mañana del sábado. Para Miranda, que consideraba los fines de semana como bloques de tiempo sagrados destinados exclusivamente a la revisión de presupuestos pendientes sin el ruido del teléfono corporativo, estar sentada tras su enorme escritorio de cristal con una taza de café negro era sinónimo de paz absoluta. O al menos lo era hasta que sus dos inseparables amigas decidieron irrumpir en su santuario con la sutileza de un comando de operaciones especiales.
—Te lo juro, Miranda, si vuelves a pasar un fin de semana completo metida entre vigas de acero y balances contables, voy a llamar a una patrulla de rescate psiquiátrico —sentenció Gisela, la abogada de lengua afilada, dejándose caer con total desparpajo en el sillón de cuero gris frente al escritorio mientras cruzaba las piernas con elegancia—. Estás a dos pasos de convertirte legalmente en un mueble de oficina.
A su lado, Adriana, la doctora del trío y voz de la sensatez, examinaba con una sonrisa divertida los expedientes apilados a un lado, sacudiendo la cabeza con aire maternal.
—Déjala en paz, Gisela. ¿No ves que está blindando su corazón contra cualquier señal de vida exterior? Aunque la abogada tiene razón en algo, amiga mía: tienes la cara de haber dormido tres horas y media soñando con hojas de cálculo y coeficientes de fricción —observó Adriana, acomodándose las gafas con montura fina—. Un poco de luz solar y una copa de vino no te harían mal al sistema circulatorio.
Miranda levantó la vista de la pantalla de su tableta digital, exhalando un suspiro pesado que denotaba una paciencia al borde de la extinción. Se ajustó las gafas de lectura y las miró con severidad simulada.
—¿A qué se debe esta visita no programada y, sobre todo, por qué tienen la osadía de irrumpir en mi despacho un sábado por la mañana cuando tengo el triple de trabajo acumulado? —preguntó Miranda con voz gélida, aunque la rigidez de su semblante amenazaba con venirse abajo ante las miradas burlonas de ambas.
—Vinimos a salvarte de ti misma, criatura de cemento —respondió Gisela con una sonrisa picara, inclinándose hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas—. Además, queríamos evaluar de primera mano los daños colaterales de tu reciente asociación con el arquitecto más peligroso, guapo y bailarín de todo el distrito comercial. Cuéntanos: ¿cuántas veces al día te arrepientes de no haber mandado su contrato a la trituradora de papel?
Antes de que Miranda pudiera replicar con un comentario cortante sobre la absoluta falta de profesionalismo de sus amigas, un golpe suave pero seco en la puerta de madera interrumpió la charla. Sin esperar autorización, la puerta se abrió con una parsimonia exasperante.
En el umbral, con una coleta alta impecable, una mochila de lona cargada de pines de anime y una cajita de cartón decorada con un lazo rojo en las manos, apareció Zoe. La niña miró a las tres mujeres con una seguridad pasmosa, escaneando el despacho con ojo crítico antes de detener sus claros ojos sobre la dueña de la oficina.
—Buenos días, señora de concreto. Vengo de parte del comité de control de calidad y abastecimiento dulce de la obra —anunció Zoe con una naturalidad aplastante, caminando con paso firme hacia el escritorio de Miranda y dejando la cajita justo al lado del teclado digital—. Papá dice que ayer te fuiste tan deprisa que olvidaste llevarte el cargamento de alfajores de emergencia, y como las estructuras rígidas necesitan mantenimiento constante de azúcar para no agrietarse, aquí los tienes.
Gisela y Adriana se quedaron petrificadas por una fracción de segundo, alternando la mirada entre la niña de diez años y el rostro de Miranda, que en ese preciso instante había adquirido una tonalidad carmesí tan intensa que competía con la alfombra.
Gisela fue la primera en reaccionar. Soltó una carcajada estrepitosa, llevándose una mano al pecho mientras se recostaba contra el respaldo del sillón.
—¡Por todos los santos del código penal! —exclamó la abogada entre risas desatadas—. ¿Una niña de primaria viene a traerte provisiones de azúcar por orden de un arquitecto metro noventa con alma de salsero? Miranda, juro que esto supera cualquier ficción romántica que haya leído en toda mi vida. ¡Te mandaron a domicilio a la espía del amor!
Adriana, por su parte, se mordió los labios para contener la risa, observando a Zoe con una mezcla de genuina ternura y fascinación absoluta.
—Hola, pequeña. Eres sumamente valiente al entrar a este cuartel militar con una caja de dulces —saludó la doctora con una sonrisa cálida, inclinándose un poco para verla mejor—. ¿Cómo te llamas?
—Zoe Fuentes —respondió la niña con total aplomo, estirando la mano para saludar formalmente a Adriana antes de volverse hacia Miranda, que seguía muda tras el escritorio—. Y sí, Sra. Gisela, ¿verdad? Papá me ha hablado de usted... dice que eres la única abogada en la ciudad que defiende el derecho a divertirse sin culpa, aunque a veces exageras con las opiniones.
Gisela abrió los ojos como platos, boquiabierta, antes de soltar otra carcajada aún más fuerte, aplaudiendo con entusiasmo.
—¡Me casaría con esta niña hoy mismo si tuviera la edad legal! —bromeó la abogada, señalando a Zoe con el dedo índice—. ¡Tiene una lengua más afilada que la mía y una audacia que deja a tu jefa temblando en su propia silla de director ejecutivo!
Miranda sentía que la tierra se abría bajo sus pies para tragarla con todo y escritorio. Se puso de pie de un salto, sintiendo que la sangre le zumbaba en los oídos, y miró a Zoe con una severidad que en circunstancias normales habría hecho huir despavorido a cualquier adulto.
—Zoe... ¿Cómo diablos entraste al edificio? La seguridad de la planta baja tiene instrucciones estrictas de no dejar pasar a menores sin autorización corporativa firmada —reprochó Miranda con voz trémula, intentando recuperar el control de la situación.
—Fácil, señora. El vigilante de la entrada principal es fanático de los mangas que llevo en la mochila; le presté el tomo tres a cambio de que me dejara subir al piso dieciocho en el ascensor exprés —explicó Zoe con total tranquilidad, abriendo la cajita de cartón para sacar un alfajor y dejarlo estratégicamente al lado de la taza de café de Miranda—. Además, le dije que venía a una inspección técnica urgente de azúcares con la ingeniera Guzmán. Nadie se atreve a negarle una inspección técnica a alguien con una libreta de notas en la mano.
Gisela se secaba las lágrimas de la risa con la manga de su chaqueta, mientras Adriana negaba con la cabeza, incapaz de disimular la sonrisa divertida que le ensanchaba los labios.
—Acepta tu derrota con dignidad, Miranda —le sugirió Gisela, dándose golpecitos en las rodillas con la euforia del momento—. Una niña de diez años te acaba de ganar por goleada en estrategia corporativa, relaciones públicas y contrabando de repostería fina. El arquitecto Fuentes no solo te está desarmando los planos; te está conquistando el edificio desde los cimientos.
Miranda exhaló un soplido largo y tembloroso, cerrando los ojos por un segundo para invocar toda la paciencia que le quedaba en el cuerpo. Miró a la pequeña, que la observaba con una chispa de triunfo indiscutible en los ojos claros, y comprendió de golpe que por mucho que intentara levantar muros de concreto armado alrededor de su vida, el universo había decidido enviar a un par de torbellinos imparables decididos a dinamitar cada una de sus certezas.