Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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El momento que todo se torció
Y entonces, la puerta se abrió de golpe.
El señor Torrealba entró. Olía a alcohol y a furia.
—¿Qué haces aquí, bastardo? —gruñó, aproximándose a Julian con los puños cerrados.
Gigi se colocó inmediatamente en el camino, extendiendo los brazos.
—¡No te acerques a mi hermano! Mi abuela quería verlo antes de morir. ¿Qué tiene eso de malo?
El hombre la observó con asco. Y sin previo aviso, le dio un revés.
Gigi salió volando y cayó al suelo, golpeándose el hombro.
—¡Maldita mocosa! ¡Yo te enseñaré quién es tu padre!
Julian vio rojo. Se adelantó y le metió una patada en el estómago a Torrealba, lanzándolo contra la pared.
—¡Fuera de aquí, vejestorio!
Torrealba se levantó, escupiendo saliva, con los ojos inyectados en sangre.
—¡Maldito mocoso bastardo! ¡Sucio!
Julian lo miró con una frialdad que heló la sangre de Sara a través de la pantalla.
—Sí. Pero no soy un perdedor patético como tú. —Sacó su celular, sacudiéndolo—. ¿Cuánto dinero quieres que te preste ahora? ¿Mi madre está otra vez entre la vida y la muerte? ¿O es una de mis hermanas la que necesita pagar su colegiatura?
Torrealba apretó los dientes.
—No —dijo Julian, chasqueando los dedos—. ¿Quieres que la familia vaya de viaje a un lugar bonito, porque todos han estado estresados?
Torrealba lo miró con un odio tan puro que parecía veneno.
—¿Para odiarme tanto no te tienta el corazón para pedirme dinero? —continuó Julian, con voz de hielo—. Pero sabes qué... ya no te voy a dar nada, infeliz. Sé lo que hiciste. Sé que le pagaste a ese mocoso del Elite para que insultara a mi novia. Y si no he hecho nada, ni mi padre ni yo, no creas que es porque no lo sabemos. Es porque eres una basura que ni siquiera merece nuestra atención.
Torrealba perdió la razón.
Tomó una silla de metal pesada del rincón. La levantó por encima de su cabeza. Estaba dispuesto a matar a ese mocoso. No le importaba ir a la cárcel. Solo quería verlo muerto.
Dejó caer la silla con todas sus fuerzas hacia la cabeza de Julian.
Pero un grito ahogado rompió el aire.
Cuando el personal médico ingresó a la habitación, alertado por el estruendo, el espectáculo era horroroso.
Gigi estaba en el suelo. Se había lanzado en el último segundo. La pata de metal de la silla le había abierto el cráneo. La sangre brotaba, oscura y espesa, manchando su cabello revuelto y el linóleo blanco.
Torrealba observaba la escena desde la esquina, pálido, temblando.
Julian estaba de rodillas, sujetando a su hermana pequeña contra su pecho, meciéndola, manchándose las manos y la camisa con su sangre.
—¿Gigi...? ¿Por qué, Gigi? ¿Por qué no dejaste que este maldito me pegara? —sollozaba Julian, con la voz rota, besando la frente de la niña inconsciente—. Ya estoy acostumbrado... me hubiera roto solo un hueso, quizás el brazo... pero tú no, Gigi. Tú no...
Los médicos entraron corriendo con una camilla. Se llevaron a Gigi de emergencia. La policía hizo lo propio con Torrealba, esposándolo mientras balbuceaba excusas.
Julian se quedó de rodillas en el centro de la habitación vacía.
—¿Por qué...? —gruesas lágrimas caían por su rostro, cayendo sobre la sangre en el suelo—. ¿Por qué me las pagarás, Torrealba? Me las vas a pagar, desgraciado. Preferiría morir cada día antes que dejarte vivir.
En el cuarto rosa, el sistema empezó a timbrar. No era el *ding* alegre de las misiones. Era una alarma roja, estridente, ensordecedora.
> *¡DING! ¡DING! ¡DING! ¡PELIGRO! ¡PELIGRO!*
—¿Qué? ¿Qué pasa? —gritó Sara, tapándose los oídos.
> *¡El desvío! ¡El camino del hijo del destino ha iniciado! ¡El odio en su corazón se ha activado al cien por ciento, heroína!*
—¡Maldición! ¿Por qué no lo vimos antes? ¿Por qué no lo previne? ¡Todo el trabajo se ha ido al tacho!
Sara no lo pensó. Cogió su casaca, bajó las escaleras de dos en dos y salió a la calle.
—¡Mamá, me voy al hospital! —gritó antes de cerrar la puerta.
Llamó a un taxi. Le dio la dirección del hospital público. El trayecto fue una eternidad.
Cuando llegó, el espectáculo seguía siendo el mismo. Agentes de policía en los pasillos, médicos corriendo. Y al final del corredor, frente a las puertas dobles del quirófano donde estaban operando de emergencia a Gigi, estaba Julian.
Estaba sentado en el suelo. Con la camisa manchada de sangre. Abatido. Lloroso. Y sobre todo, terriblemente solo.
Sara corrió.
Julian levantó la vista al escuchar sus pasos. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano ensangrentada y la miró.
—¿Sara...? ¿Qué haces aquí?
Lo único que hizo Sara fue dejarse caer de rodillas frente a él, rodearlo con los brazos y apretarlo contra su pecho.
—Estoy aquí, Julian. Estoy aquí.
Julian se quebró.
Se dejó caer como un niño pequeño, enterró el rostro en el cuello de Sara y lloró. Lloró con un dolor tan primitivo, tan desgarrador, que Sara sintió que el alma se le partía en dos.
—Es Gigi... es mi hermana, mi hermana pequeña... —sollozaba contra su piel, aferrándose a su casaca como si fuera lo único que lo mantenía atado a la tierra—. Se está debatiendo entre la vida y la muerte. Y aún así, si sobrevive, los médicos no aseguran que pueda llevar una vida normal... Todo por ese imbécil. Que no sabe medir su odio y hiere a todos los que quiero.
Sara le acariciaba el cabello, mecíendolo, sintiendo cómo el cuerpo de Julian temblaba violentamente.
—Pero esto lo va a pagar —susurró Julian. Y cuando levantó el rostro, Sara vio sus ojos esmeralda.
Ya no había dolor en ellos.
Ya no había miedo.
Solo había un vacío absoluto. Y una promesa de destrucción.
—Mándenme a la cárcel. Preferiría morir cada día antes que seguir vivo sabiendo que ese hombre respira.
La determinación en su voz era escalofriante.
Y en la mente de Sara, el sistema volvió a sonar. Una sola vez. Un tono fúnebre, grave, definitivo.
> *Ding.*
> *El camino del villano ha iniciado, heroína.*
Sara abrazó a Julian con más fuerza, cerrando los ojos, sintiendo el latido desbocado de su corazón.
*¿Cómo que ha iniciado?*, pensó Sara, con el pánico subiéndole por la garganta. *¿Cómo lo detengo ahora?*
> *No sé, heroína* —respondió el sistema, y por primera vez desde que lo conocía, sonaba aterrorizado—. *El villano está naciendo frente a tus ojos. Estamos jodidos.*