Arde para mí 🔥
Obligada a casarse a los 18 años, Clara Sosa convirtió el dolor en su mayor fortaleza. Ahora, una traición la llevará a luchar por su libertad y enfrentará al brillante y reservado abogado Emanuel Fernández. Entre secretos, poder y una pasión imposible de ignorar, descubrirán que algunos fuegos están destinados a arder para siempre.
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Una trampa demasiado perfecta
Clara llegó a la empresa antes que todos.
No porque quisiera.
Porque prácticamente no había dormido.
El mensaje de la noche anterior seguía en su teléfono.
«Deja de investigar si quieres conservar tu puesto.»
Lo había leído tantas veces que ya podía repetirlo de memoria.
Y, en lugar de asustarla, había conseguido algo mucho peor.
La había puesto de mal humor.
—Qué manera tan poco elegante de amenazar a alguien —murmuró mientras entraba al edificio—. Ni siquiera pusieron un saludo.
La recepcionista la miró sorprendida.
—¿Señora Romero?
—Buenos días.
—¿Está todo bien?
Clara sonrió.
—Perfectamente.
La mujer pareció no creerle.
—¿Segura?
—No.
La recepcionista abrió los ojos.
Clara soltó una carcajada.
—Pero estoy trabajando en ello.
---
Apenas llegó a su despacho, Clara cerró la puerta.
Sobre el escritorio colocó tres carpetas.
Finanzas.
Proveedores.
Contratos.
Después sacó una cuarta.
Una carpeta vacía.
En la portada escribió:
Investigación interna.
La dejó sobre el escritorio, perfectamente visible.
Pero no contenía absolutamente nada.
Era un señuelo.
Clara se sentó y comenzó a trabajar.
Durante las siguientes dos horas hizo exactamente lo que quería que todos creyeran que estaba haciendo.
Revisó documentos.
Hizo llamadas.
Pidió informes.
Y, especialmente, habló en voz alta cada vez que alguien pasaba cerca de su despacho.
—Esto no puede ser...
Pausa.
—No, no puede ser.
Otra pausa.
—Entonces está relacionado con aquel contrato.
A veces incluso hacía sonidos de frustración.
Todo era una actuación.
Y parecía estar funcionando.
A las once y media, recibió una llamada de Victoria.
—¿Estás ocupada?
—Muchísimo.
—Entonces te llamo después.
—No, espera.
Clara miró hacia la puerta.
—Necesito hablar contigo.
—Voy para allá.
—Victoria.
—¿Qué?
—Trae comida.
Silencio.
—¿Otra vez no has desayunado?
—Eso no es importante.
—Clara.
—Está bien. Sí.
—Voy.
—Te quiero.
—Yo también.
—Y trae algo dulce.
—Ahora mismo entiendo por qué estás investigando una empresa en lugar de tener una vida normal.
Clara sonrió.
—La vida normal está sobrevalorada.
---
Media hora después, Victoria apareció con dos bolsas.
Clara abrió una de ellas.
—Te amo.
—Lo sé.
—¿Hay pastel?
—Sí.
—Definitivamente eres la mejor suegra del mundo.
Victoria se sentó frente a ella.
—¿Qué estás haciendo?
Clara señaló la carpeta vacía.
—Una trampa.
Victoria la miró.
—¿Eso está vacío?
—Completamente.
—Entonces no entiendo.
Clara bajó la voz.
—Quiero que alguien crea que ahí están las pruebas.
Victoria abrió mucho los ojos.
—Clara...
—Si tenemos razón y alguien está revisando mis cosas, va a intentar conseguirla.
—¿Y si nadie la toca?
Clara tomó un pedazo de pastel.
—Entonces habré comido pastel gratis.
Victoria soltó una carcajada.
—No sé si sentirme orgullosa o preocupada.
—Puedes hacer las dos.
---
A las cuatro de la tarde, Clara recibió una llamada.
—¿Sí?
Era la empleada del archivo.
—Señora Romero, necesito informarle algo.
—Dime.
—Alguien preguntó por la carpeta de investigación.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—El director financiero.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Preguntó si usted había dejado documentos relacionados con la investigación.
Clara cerró los ojos.
Había funcionado.
—Gracias.
—¿Quiere que haga algo?
—No.
Colgó.
Tomó el teléfono y llamó a Victoria.
—Tenemos movimiento.
—¿Qué pasó?
—Preguntaron por la carpeta.
—¿Quién?
—Él.
Victoria respiró profundamente.
—Entonces es culpable.
—No necesariamente.
—¿Cómo que no?
—Puede estar cubriendo a alguien.
Victoria guardó silencio.
—¿Qué piensas hacer?
Clara miró la carpeta.
—Dejar que se la lleve.
—¿Estás loca?
—Un poco.
—Clara.
—Victoria, si quiere esa carpeta, voy a darle exactamente lo que está buscando.
—Pero está vacía.
—No por mucho tiempo.
---
Clara preparó un único documento.
No contenía pruebas reales.
Solo una información falsa.
Una supuesta transferencia hacia una cuenta perteneciente a una empresa extranjera.
La cantidad era lo bastante grande para preocupar a cualquiera.
Y el nombre de la empresa era completamente inventado.
Clara colocó el documento dentro de la carpeta.
Después llamó a Victoria.
—Ya está.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Y si descubre la trampa?
—Entonces sabremos que está buscando información.
—Eso ya lo sabemos.
Clara sonrió.
—Ahora sabremos qué hará con ella.
---
A las siete de la noche, Clara salió de su despacho.
Dejó deliberadamente la carpeta sobre el escritorio.
Y se marchó.
Pero no se fue a casa.
Entró en una pequeña sala de reuniones desde donde podía observar el pasillo.
Victoria estaba con ella.
—Esto es una locura —susurró Victoria.
—Sí.
—¿Y si nos descubren?
—Corremos.
Victoria la miró.
—¿Corremos?
—Tú tienes zapatos cómodos.
—¡Clara!
Las dos tuvieron que contener la risa.
Pasaron veinte minutos.
Nada.
Treinta.
Nada.
Cuarenta.
Finalmente, alguien apareció.
El director financiero.
Miró hacia ambos lados.
Entró en el despacho de Clara.
Victoria abrió los ojos.
—Lo hizo.
Clara levantó un dedo.
—Espera.
A través de la pequeña abertura de la puerta pudieron verlo.
Se acercó al escritorio.
Tomó la carpeta.
La abrió.
Leyó el documento.
Su rostro cambió.
Sacó el teléfono.
—La encontraron —dijo en voz baja.
Clara dejó de sonreír.
Victoria la miró.
El hombre continuó:
—No sé cuánto sabe.
Pausa.
—Sí, tiene el documento.
Otra pausa.
—Tenemos que movernos.
Clara sintió un escalofrío.
No estaba trabajando solo.
Había alguien al otro lado de aquella llamada.
El director financiero cerró la carpeta y salió rápidamente.
Clara esperó unos segundos.
—Ahora.
Ambas salieron de la sala.
Pero cuando llegaron al pasillo, el hombre ya había desaparecido.
---
Clara corrió hacia su despacho.
La puerta estaba abierta.
La carpeta había desaparecido.
Pero el documento falso seguía allí.
Había dejado algo que el hombre no había visto.
Un pequeño dispositivo de grabación.
Clara lo tomó.
—Tenemos la conversación.
Victoria se acercó.
—¿Y qué hacemos ahora?
Clara sonrió.
—Ahora descubrimos con quién habló.
---
Al día siguiente, Clara llegó al despacho del señor Romero.
Él estaba revisando documentos.
—¿Qué sucede?
Clara colocó el dispositivo sobre su escritorio.
—Encontré al responsable.
El hombre levantó la mirada.
—¿Quién?
—Todavía no sé exactamente quién está detrás.
—¿Pero tienes pruebas?
—Tengo una grabación.
El señor Romero tomó el dispositivo.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió.
—¿Quién está detrás de esto?
—Eso es lo que voy a descubrir.
—¿Y qué quieres que haga?
Clara sonrió.
—Nada.
—¿Nada?
—Déjeme trabajar.
Él la observó.
—Estás segura de lo que haces.
—No.
El hombre frunció el ceño.
Clara sonrió.
—Pero estoy aprendiendo rápido.
Y salió.
---
En el pasillo encontró a Victoria.
—¿Y?
—Me dio permiso para continuar.
Victoria sonrió.
—¿Ves? Ya empieza a confiar en ti.
—No exageremos.
—Te dejó investigar una empresa.
—Porque cree que es insignificante.
Victoria dejó escapar una risa.
—Entonces aprovecha que todos creen que esto no importa.
Clara la miró.
—Eso pienso hacer.
Caminaron juntas hacia la salida.
—Por cierto —dijo Victoria.
—¿Qué?
—Tu suegro quiere que asistas mañana a una reunión del grupo.
Clara se detuvo.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Para qué?
Victoria sonrió.
—Quiere que presentes los resultados de tu investigación.
Clara abrió los ojos.
—¿Frente a todos?
—Frente a todos.
Clara respiró profundamente.
Después sonrió.
—Perfecto.
—¿No estás nerviosa?
—Muchísimo.
—No parece.
Clara acomodó su bolso sobre el hombro.
—Porque tengo una ventaja.
—¿Cuál?
—Ellos todavía creen que soy la chica de veintitrés años que recibió una empresa pequeña para entretenerse.
Victoria sonrió.
—Y no lo eres.
Clara negó con la cabeza.
—No.
Miró hacia el edificio.
—Soy la mujer que está a punto de descubrir quién está intentando destruirla.
Y, sin que ninguna de las dos lo supiera, al otro lado de la ciudad alguien estaba escuchando una grabación.
Una voz masculina.
La voz del director financiero.
Y una segunda voz que Clara todavía no conocía.
—Tenemos un problema.
—¿La chica?
—Sí.
—Entonces habrá que hacer que deje de investigar.
La llamada terminó.
Y aquella noche, Clara recibió un nuevo mensaje.
Esta vez solo decía:
«Mañana será tu último día en esa empresa.»
Clara lo leyó.
Después guardó el teléfono.
—Qué poca imaginación tienen.
Victoria la miró.
—¿Qué pasó?
Clara levantó la vista.
—Creo que mañana va a ser un día interesante.
Y sonrió.
no tardes en actualizar xfavor que esta interesante todo 🥰
gracias autora excelente novela me tiene enganchada