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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:123
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

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Capítulo 24. Priscila está embarazada

Renata se desconcertó aún más, pero aun así aceptó aquella mano grande.

—Eh, Tristán, ¿qué vamos a hacer?

En cuanto Renata se puso de pie, Tristán cerró la puerta del auto. Miró a Renata directo a los ojos.

—Vamos a ir juntos a ese hospital. La acompañaré a entrar hasta el consultorio del médico —dijo Tristán, tajante, sin dejar espacio para réplicas.

—Tristán, puedo sola.

—No, señorita Renata. —Tristán negó con firmeza—. No quiero repetir el mismo error por segunda vez. No pienso dejarla caminar sola otra vez en un lugar público.

El tono del hombre de cuerpo firme sonaba cargado de un profundo remordimiento. Sus ojos irradiaban un dolor contenido.

—Si tan solo aquel día hubiera llegado cinco minutos antes, quizás aquel accidente jamás habría ocurrido. Usted no sentiría un dolor como este.

El rostro de Renata, que hasta entonces estaba sereno, se ensombreció de golpe al oír aquella confesión. El recuerdo del fuerte impacto, el sabor metálico de la sangre y la frialdad del asfalto volvió a cruzar su mente.

—Ya, Tristán. —Renata tragó saliva, con la voz un poco temblorosa—. No hables más de ese suceso.

Volteó el rostro hacia la carretera solitaria, reacia a dejar que Tristán viera la fragilidad en sus ojos.

—Estoy tratando con todas mis fuerzas de olvidar todo el dolor de ese día. Por favor, no me hagas recordarlo otra vez ahora.

Al ver los hombros de Renata un poco tensos, Tristán se dio cuenta de inmediato de que se había pasado de la raya. El hombre asintió despacio, maldiciéndose a sí mismo.

—Está bien, señorita. Perdóneme. Le prometo que no volveré a hablar de eso. A cambio, permítame llevarla y protegerla hasta que termine todo en el hospital hoy. Se lo ruego.

Renata miró al hombre unos instantes.

—De acuerdo.

Ninguno de los dos se percató de que el drama de hoy estaba lejos de terminar. Justo cuando el auto de Tristán dobló para entrar en el vestíbulo del hospital, otro auto acababa de detenerse no muy lejos de ahí.

Adrián acababa de llegar tras conducir su auto como un loco, partiendo las calles de la ciudad.

Sí, cuando estaba de camino a buscar a Renata, Priscila lo había llamado llorando. Y quién lo diría, terminó encontrándose aquí con su esposa.

Adrián vio con toda claridad cómo aquel hombre del traje gris de la foto bajaba del auto, abría la puerta y ayudaba a Renata a salir con muchísimo cuidado, como si fuera un objeto de porcelana sumamente valioso.

La mano de Adrián apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su rabia hervía hasta la coronilla al ver aquella interacción tan dulce ocurrir justo delante de sus propios ojos.

—¿Quién diablos es ese hombre? —siseó Adrián con los ojos enrojecidos, golpeando suavemente el volante—. ¿Cómo se atreve a llevarse a mi esposa sin mi permiso?

Adrián apenas iba a bajar para ir tras Renata cuando una voz chillona rompió su concentración.

—¡Adrián!

Volteó por reflejo.

Priscila corría desde el vestíbulo del hospital con el rostro radiante. En cuanto llegó frente a Adrián, la mujer se lanzó contra su cuerpo y le abrazó el cuello con fuerza, sin darle oportunidad de esquivarla.

—¡Amor, al fin viniste! ¡Sabía que vendrías a alcanzarme con el médico! —exclamó Priscila, melosa.

Pero Adrián no correspondió aquel abrazo en absoluto. Sus ojos seguían recorriendo salvajemente el estacionamiento. Su esposa y aquel infeliz ya habían desaparecido quién sabe adónde.

—Maldición... —siseó Adrián en voz baja. Apretó con fuerza el puño.

Al sentir el cuerpo rígido del hombre entre sus brazos, Priscila levantó despacio el rostro. Frunció el ceño, extrañada.

—¿Amor? ¿Qué te pasa? —preguntó, recelosa—. ¿A quién estás buscando?

Adrián respiró hondo y le apartó las manos del cuello a Priscila por su cuenta.

—A nadie. No es nadie.

—¿Entonces por qué te ves tan alterado? ¿No te alegra encontrarme aquí? —gimoteó Priscila.

—¿Ya terminó tu revisión? —la cortó Adrián con frialdad.

Priscila asintió rápido. La sonrisa de su rostro volvió a florecer de oreja a oreja.

—¡Sí, amor! Tengo una noticia increíble. De verdad no aguanto las ganas de contártela.

Le tomó las dos manos a Adrián con fuerza. Sus ojos brillaban llenos de esperanza. Pero el ego y la rabia de Adrián seguían clavados en Renata. Retiró las manos hacia atrás.

—Después lo hablamos, Priscila. Tengo prisa. ¡Tengo que alcanzar a alguien ahora mismo!

El rostro de Priscila se ensombreció de inmediato. Se sintió ignorada. Sin pensarlo, le jaló con fuerza la manga del saco a Adrián para que el hombre volviera a mirarla.

—¡Amor, espera! —gritó Priscila, impaciente—. ¡Estoy embarazada!

El corazón de Adrián le dio un vuelco.

El paso de Adrián se detuvo al instante. Su cuerpo se congeló como si le hubieran arrojado agua helada. Sus ojos se abrieron de par en par, incrédulos, mirando a la mujer frente a él.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Adrián para cerciorarse.

—Estoy embarazada, amor. —Priscila sonrió con aire triunfal y luego metió la mano en su bolso y sacó un sobre blanco—. El ginecólogo acaba de confirmarlo. Ya voy por la octava semana.

Con las manos temblando violentamente, Adrián le arrebató aquella hoja de resultados de laboratorio. Su mirada recorrió cada línea de lo que había escrito allí.

¡Positivo!

La respiración de Adrián se cortó de golpe. ¿Cómo era posible que pasara esto? Todo este tiempo siempre había mantenido una distancia prudente con Priscila. Cierto que alguna vez habían cruzado la raya, pero solo una vez.

Hacía dos meses. Durante un viaje de negocios en Europa. Aquella noche estaba ebrio y Priscila lo insistió tanto que cedió a un deseo pasajero. Exactamente igual que la noche en que perdió la cabeza y cometió aquella estupidez con Renata.

—Amor... —la voz suave de Priscila lo trajo de vuelta a la realidad. La mujer le acarició el pecho a Adrián—. Estás contento, ¿verdad? Vamos a tener un bebé.

Las lágrimas empezaron a acumularse en los ojos de Priscila.

—Por fin podremos ser una familia de verdad. Solo tienes que divorciarte de Renata cuanto antes y después casarte conmigo. ¡Nuestro hijo necesita un estatus claro, amor! —lo presionó.

Adrián enmudeció. Su mente estaba hecha un caos absoluto.

Por un lado, estaba atado por una promesa y una deuda de gratitud con el difunto abuelo de Renata, de cuidar de su esposa pasara lo que pasara. Por el otro, ahora había un feto inocente que exigía su responsabilidad, fruto de su propia estupidez.

La mandíbula de Adrián se tensó. La cabeza le latía como si fuera a estallarle. El mundo parecía derrumbarse y estrujarlo por todos lados. Renata, que había cambiado drásticamente por su hombre misterioso, y ahora el embarazo de Priscila.

Sin darse cuenta, los dedos de Adrián estrujaron aquel resultado médico hasta hacerlo un desastre en su mano.

—Yo...

Por primera vez en su vida perfecta, Adrián de verdad perdió el rumbo.

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