Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor
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Capítulo 7: Jaque al Rey
El salón de baile de la embajada francesa era una jaula dorada de molduras rococó, arañas de cristal de Baccarat y un murmullo denso de tres idiomas donde se negociaban presupuestos de defensa entre copas de champán de dos mil dólares.
Sienna avanzaba con una copa de agua con gas en los dedos, rozando la seda roja de su falda contra las piernas de diplomáticos que se apartaban para dejarle paso con la mirada clavada en la línea descubierta de su espalda. Su auricular microscópico, camuflado en el interior del canal auditivo, apenas emitía un leve crujido térmico.
—Sienna, el objetivo está a las dos en punto —susurró una voz masculina directamente en su oído. No era la voz de la furgoneta. Era una frecuencia distinta, limpia, relajada y cargada de una familiaridad cómplice—. El agregado naval ruso acaba de entregarle una funda de puros de cuero negro al vicecónsul. Los datos están en el chip de la boquilla.
Sienna curvó los labios sin volverse:
—Te tomaste tu tiempo para pasar el control de seguridad, Montgomery. Empezaba a creer que te habías manchado la pajarita con salsa tártara en el cóctel previo.
—Por favor, 774. Un Montgomery jamás se mancha antes de cometer alta traición en territorio neutral —respondió la voz con una risa baja y seductora—. Date la vuelta despacio. Tu acompañante acaba de llegar para rescatarte del aburrimiento institucional.
Sienna giró sobre sus tacones de tiras doradas.
Cruzando el arco principal de mármol blanco, saludando al embajador con una inclinación aristocrática impecable y una sonrisa de anuncio publicitario, avanzaba Julian Montgomery.
Veinticuatro años. Ojos verdes como el jade, cabello castaño claro peinado hacia atrás con deliberado descuido y la elegancia innata de los herederos de las familias fundadoras de Virginia. Su padre era el presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Senado; su madre, una filántropa de la alta sociedad europea. Para Washington, Julian era un diplomático de carrera en ciernes con un futuro brillante en el Departamento de Estado.
Para la división negra de SOCID, Julian era el Operador Alfil: el único francotirador y estratega que había logrado igualar los puntajes de ciberdefensa de Sienna durante el curso de inducción. El único hombre en esa base clandestina que le había sostenido la mirada a Sienna sin condescendencia, el que le cubría la espalda en los simulacros de fuego real y el que, durante seis meses, se había ganado su confianza milímetro a milímetro compartiendo raciones de combate en trincheras heladas.
Julian vestía un esmoquin a medida de terciopelo azul noche de solapas estrechas que realzaba una complexión ancha, atlética y moldeada por el combate cerrado. Al ver a Sienna, sus ojos brillaron con una apreciación descarada y sin filtros.
Se detuvo a un palmo de ella, tomó su mano libre enguantada en aire y depositó un beso lento, tibio y ceremonial sobre sus nudillos.
—Estás deslumbrante, mi amor —dijo Julian en voz lo bastante alta para los agregados militares que los rodeaban, antes de bajar el tono a un susurro que solo ella y el micrófono de alta sensibilidad pudieron captar—: Y ese satén rojo debería estar clasificado como material bélico no convencional. Me costó tres respiraciones mantener el ritmo cardíaco bajo control cuando te vi en la escalinata.
Sienna soltó una risa auténtica, suave y desarmada, una risa que jamás le había regalado a nadie en Washington.
—Menos poesía y más cobertura, Montgomery. El vicecónsul tiene los datos y la música está a punto de cambiar.
Julian sonrió con esa audacia insolente que a Sienna le resultaba tan cómoda, deslizando su mano grande y tibia directamente sobre la piel desnuda de la cintura de ella, justo por encima de donde el escote trasero del vestido se curvaba hacia las caderas.
En la furgoneta de vigilancia del callejón.
El impacto fue demoledor.
En la pantalla de alta resolución que transmitía la señal de la cámara de seguridad del salón de baile, la imagen de Julian Montgomery besándole la mano a Sienna y deslizando sus dedos por su espalda descubierta se proyectó con la nitidez de un disparo a quemarropa.
A través del audio interceptado, la risa cómplice de Sienna resonó en los auriculares de los cuatro hombres.
Dante Cruz se puso de pie tan violentamente que su cabeza golpeó el techo metálico de la furgoneta, abollándolo con un estruendo sordo.
—¿Quién carajos es ese imbécil? —rugió Dante, con las venas del cuello infladas como cuerdas de barco y los ojos inyectados en una furia homicida tan visceral que Liam y Gael dieron un paso atrás—. ¿Quién le dio permiso para tocarla? ¡¿Por qué tiene las manos sobre su espalda?!
—¡Cálmate, Dante! —ladró Liam, poniéndose en medio y empujándolo contra el panel de mandos—. ¡Es Julian Montgomery! El hijo del senador Montgomery.
—¡Me importa una mierda si es el hijo del Papa! —bramó Dante, intentando apartar a Liam con una fuerza salvaje que hizo crujir los remaches del asiento—. ¡Ese bastardo le está manoseando la cintura y ella se está riendo! ¡Sienna jamás se ríe así! ¡Nunca!
—¡Es su tapadera, pedazo de animal! —intervino Bruno, agarrando a Dante por el brazo izquierdo mientras Gael bloqueaba el cerrojo de la puerta trasera—. La señora Keller dijo que entraba como civil. Necesitaba una pareja de alto perfil para moverse por la pista de baile sin levantar sospechas.
—¿Tapadera? —la voz de Dante temblaba por un veneno negro que le abrasaba las entrañas. Señaló la pantalla con un dedo tembloroso de rabia pura—: Mírale la cara a ese tipo, Liam. Ese cabrón no la está escoltando; la está mirando como si fuera suya. Y ella... ella confía en él.
Liam bajó la vista hacia el monitor. En el fondo de su pecho, una punzada amarga le dio la razón a su mejor amigo: en seis meses de ausencia, su hermana pequeña no solo había sobrevivido al infierno, sino que había construido un mundo donde ellos eran completos extraños... y donde otro hombre ocupaba el lugar que ellos habían dinamitado con su arrogancia.
—El vals está comenzando, señorita Keller —la voz de Julian Montgomery entró de nuevo por la frecuencia de audio, aterciopelada y cercana—. Concédame esta pieza antes de que tenga que partirle el brazo al vicecónsul para quitarle el chip.
—Si me pisas los tacones, Montgomery, la que te partirá el brazo seré yo —respondió Sienna con ese tono mordaz que Dante conocía demasiado bien.
—Un riesgo aceptable si me permite tenerla en mis brazos tres minutos más.
—¡Voy a entrar! —rugió Dante, sacando la pistola automática de su funda y tirando de la corredera con un chasquido metálico—. ¡Abren esa maldita puerta o la vuelo de un tiro!
Liam desenfundó su propia arma y le apuntó directo al pecho de Dante a diez centímetros de distancia, con la mirada rota pero implacable:
—Si das un paso fuera de esta furgoneta, Cruz, te disparo en la pierna. Esta es la misión de Sienna. Si te metes en ese salón y haces que la descubran, la matan a ella y a ti te cuelgan por traición. Así que te sientas, te tragas tus celos de mierda y escuchas cómo mi hermana hace el trabajo que tú dijiste que no podía hacer.
Dante se quedó petrificado, con la respiración entrecortada y el cañón del arma de su mejor amigo presionándole el esternón. Bajó la pistola despacio, pero sus nudillos crujieron al cerrarse con una fuerza capaz de pulverizar hueso.
Se dejó caer en el asiento de metal, clavando sus ojos desorbitados en la pantalla.
En el centro del salón de baile.
La orquesta de cuerda inició los primeros compases del Vals del Danubio Azul.
Julian guio a Sienna hacia el centro de la pista pulida con una soltura principesca. Una de sus manos descansaba con firmeza en la base de la espalda de ella; la otra sostenía sus dedos finos en alto con una sincronización impecable. Giraron en un torbellino de satén carmesí y terciopelo azul que atrajo las miradas de media embajada.
—El vicecónsul está bailando a tres parejas de distancia con la esposa del embajador belga —susurró Sienna, girando bajo el brazo de Julian con una fluidez que ocultaba el escaneo milimétrico de sus pupilas—. Lleva la petaca en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta.
—Tengo el clonador de frecuencia en el gemelo derecho —respondió Julian, acercándola apenas medio centímetro más contra su torso, inhalando el perfume a azahar y jazmín de su cuello—. En el próximo giro en falso, fingiré que tropiezo con su hombro. Tú haces la extracción.
—Trata de no parecer un amateur, Julian.
—Contigo como pareja, 774, hasta los francotiradores del tejado se olvidarían de disparar.
En el clímax del tercer compás, Julian ejecutó un giro amplio que los desplazó hacia el flanco exterior de la pista. Con la precisión calculada de un operador de combate, fingió perder el paso sobre las baldosas enceradas, rozando el hombro del diplomático con una inclinación de disculpa aristocrática:
—Pardonnez-moi, Monsieur le Vice-consul...
En esa milésima de segundo en que los cuerpos se cruzaron, la mano de Sienna se deslizó bajo la solapa de la chaqueta del hombre como una sombra líquida. La cuchilla cerámica minúscula cortó el forro interior sin el menor roce; sus dedos extrajeron la funda de puros de cuero, deslizaron el transmisor cuántico en su interior y devolvieron la pieza al bolsillo del hombre antes de que el diplomático terminara de parpadear.
El transmisor emitió un pulso magnético inaudible.
En el auricular de Sienna, un tono agudo confirmó la operación:
DESCARGA DEL SERVIDOR DIPLOMÁTICO: 100% COMPLETADA.
LISTA DE AGENTES DE LA OTAN ENCRIPTADA Y TRANSMITIDA AL DIRECTOR.
Julian completó el giro, atrayendo a Sienna contra su pecho con una sonrisa deslumbrante de victoria compartida.
—Objetivo asegurado, compañera —susurró él, mirándola a los ojos con una ternura tan limpia y brillante que a Sienna se le escapó una sonrisa cálida.
—Bien jugado, Alfil —respondió ella, apoyando una mano sobre el hombro de Julian mientras la música llegaba a su nota final.
En ese instante, la mirada de Sienna se desvió casualmente hacia la galería acristalada del segundo piso que daba a la calle trasera.
A través de las celosías de madera, iluminada por los faros lejanos de la avenida, distinguió la silueta alta, ancha y tensa de un hombre apoyado contra la barandilla de emergencia en las sombras del exterior.
Dante.
Había salido de la furgoneta a pesar de las órdenes, encaramándose a la escalera de incendios para verla a través del cristal. Llevaba la chaqueta táctica abierta, el pecho agitado por una respiración violenta y los ojos clavados en ellos con una desesperación tan oscura, tan cargada de dolor, rabia y necesidad que quemaba a través de la distancia.
Julian notó la tensión en la postura de Sienna. Siguió la dirección de sus ojos, reconociendo al teniente de las fuerzas especiales en las sombras de la galería.
—¿El amigo de tu hermano? —preguntó Julian con tranquilidad, sin soltar la cintura de Sienna.
—El idiota de mi pasado —corrigió ella, con una voz que recuperó al instante su filo glacial.
Julian sonrió con esa audacia insolente de los hombres que no temen a los fantasmas. En lugar de apartarse, deslizó su mano hacia la nuca de Sienna, apartándole un mechón castaño con una lentitud deliberada, asegurándose de que el hombre en las sombras tuviera una vista perfecta del gesto.
—Entonces permíteme dejarle claro que llegó seis meses tarde para reclamar este baile, princesa.
Julian se inclinó despacio y depositó un beso suave, cálido y prolongado en la comisura de los labios de Sienna.
A través del cristal de la galería, Dante Cruz golpeó la barandilla de hierro con el puño cerrado con tanta fuerza que el metal vibró en la noche helada de Washington, mientras la operadora intocable le sostenía la mirada desde la pista de baile sin parpadear... coronando su venganza con el silencio más ensordecedor del mundo.