Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 13: Una pesadilla.
— Por fin estamos reunidos como la familia que somos —exclama la abuela levantando su copa de jugo, ya que no era fan de las bebidas alcohólicas.
Mamá hizo lo mismo pero con la copa de vino, los pequeños niños levantaron sus vasos.
— Han sido tiempos difíciles —agrega mi tío uniéndose a ellas.
La mayor sonríe y niega.
— Por hoy olvidemos los problemas y disfrutemos de esta noche.
Los presentes brindan y la cena se llena de charlas.
Albert y yo cenamos en silencio dejando que los mayores hablen entre ellos.
Después de que mi madre limpiara la mesa volví a la sala donde el gran árbol de navidad estaba bien adornado.
Los dos pequeños ansiosos por saber lo que les trajo santa se sentaron en el sofá mirando de vez en cuando el árbol, esperando encontrarse con algún duende mensajero de santa, colocando sus regalos ahí.
—Ya es tarde. Es hora de descansar. —ordena mi madre y ambos niños asienten cabizbajo mientras se dirigen a sus respectivas habitaciones.
—Yo también iré a descansar —aviso levantándome del sillón al ver a mi hermano mayor entrar junto a la abuela.
— Descansa hija —dice ella sonriendo.
Los mayores se quedaron todavía platicando en la sala el resto de la madrugada.
.
.
.
Cuando abro mi habitación siento el silencio sepulcral que habita dentro durante mi ausencia y no me puedo imaginar cómo sería si de verdad desapareciera.
La oscuridad me abraza al cerrar la puerta detrás, las luces de afuera apenas entran por las ventanas cerradas con cortinas.
Me quito los zapatos lentamente antes de colocarlos en su lugar, luego camino de igual manera hacia la cama.
Busco mi móvil a tientas y cuando lo encuentro, enciendo la linterna.
Me cubro con la cobija y apago la luz.
Y aunque el reloj marca a las dos de la mañana el sueño aún no llega, mis ojos vagan por todo el techo sin parecer cansarse.
El silencio parece haberse tragado todo a la redonda porque las voces de mi familia ya no se oyen, mis oídos buscan algun sonido y al final solo puedo escuchar unos murmullos a lo lejos.
— Tenías que morir.
Levanté la cabeza enfocandome en dirección de donde provenía esa voz.
Una silueta oscura recargada sobre la ventana.
Abrí la boca para hablar, pero no emití ningún sonido.
Traté de levantarme y mis piernas no respondieron.
Mi cuerpo pareció haberse paralizado.
Hice un esfuerzo para mover mis brazos y estos se quedaron en su lugar siendo solamente mis dedos los que respondían.
—¿Por qué es difícil matarte?
Parpadeé varias veces al escuchar la pregunta sin poder responder y aunque pudiera no sabría que decir.
La silueta se movió en la oscuridad y empezó a caminar lentamente hacia la cama.
Se detuvo al pie de la misma y sacó una espada la cual dejó que el metal de la punta cayera al piso.
Nuevamente rodeó la cama y se acercó a mi costado con el sonido del metal resonando contra el piso.
Y solo pude ver como al final levantaba el arma admirándola por unos segundos antes de colocarla sobre mi cuello como lo había hecho Anthony.
La tenue luz que entró por alguna parte de la habitación chocó contra el metal alumbrando por unos instantes su rostro: Anthony.
Era él otra vez.
Sin darme tiempo de pensar en el porqué estaba tan decidido en acabar con mi vida, el frío metal comenzó a cortar mi piel.
Abrí la boca intentando hacer algun sonido, pero nada; mis manos se cerraron en puños cuando sentí el dolor atravesar todo mi cuerpo.
Mi respiración se volvió frenética ante el intento de moverme para detenerlo.
—¿Qué clase de persona eres? ¿Por qué todos te protegen?
Mis labios se abrieron para poder tomar una gran bocanada de aire al sentir mis pulmones secos. La sangre se deslizó de mi cuello hasta el colchón manchándolo, el sabor a metal llenó mi boca.
Pronto empecé a atragantarme con el líquido carmesí, busqué con la mirada la puerta rogando que alguien entrara e impidiera mi muerte prematura.
Él solo sonrió ejerciendo más fuerza hasta que oí como mi cuello era atravesado completamente por la hoja de la espada y después de un "crack" sentí mi cabeza fuera de mi cuerpo.
Entonces la impotencia de no poder hacer nada creció con cada segundo.
Anthony sonrió como un verdadero psicópata luego de su cometido.
A pesar de estar en esa situación no parecí morir de inmediato sino que lo último de mi extremidad ardía como si estuviera quemándose, quizas esa era lo que llamaban inmortalidad, incapaz de morir incluso después de tener la cabeza lejos del cuerpo completo.
—Así es, muere, muere lentamente porque si yo no puedo tenerte nadie lo hará —murmuró con un tono suave mientras se inclinaba a mí, todavía con esa sonrisa en su rostro.
Sus dedos acariciaron con delicadeza mi mejilla ensangrentada.
Las lágrimas se deslizaron por mi rostro, no eran de dolor esta vez.
Eran de odio y furia contenida.
Mis puños apretados tan fuertes que logré sentir como mis uñas desgarraban la piel de mi palma.
—¿Por qué insistes en recordar a ese tonto? —
Otra pregunta que no podía responder y no sabía cómo.
Y de un momento a otro sus dedos apretaron mi cuello o bueno, lo que quedaba de él.
La sangre brotó de mis labios mientras tosía por el agarre fuerte.
Gruesas lágrimas nublaron mi vista y al fondo de la habitación escuché risas infantiles seguido de murmullos incomprensibles.
—¡Muere! —Gritó.
Y por fin los dedos de mis pies se movieron, hice mi mejor esfuerzo levantando mis brazos para apartarlo.
Me agarré el cuello sentándome en la cama, mis ojos desorientados observaron la luz que entraba por las cortinas iluminando el cuarto.
—¿Cristani?
Giré la cabeza adaptándome a lo que veía.
Los dos pequeños me miraron sin entender mi repentino comportamiento.
Toqué mi garganta y luego mi cuerpo, me enfoqué en las sábanas para finalmente soltar un gran suspiro de alivio.
Acaricié la palma de mis manos mientras me bajaba de la cama con cuidado.
—¿Qué hacen en mi habitación tan temprano? —Pregunté caminando hacia el escritorio donde ellos parecían estar buscando algo.
—Solo...queríamos darte una sorpresa —responde Albert retrocediendo con las manos a su espalda.
—Es necesario tocar antes de entrar —aclaré soltando un nuevo suspiro mientras tomaba asiento y pasaba una mano por mi rostro adormilado todavía.
—Toma —me extendió un plato de pequeñas galletas caseras, algunas horneadas a la medida y otras casi quemadas.
—¿No se quemaron? Saben que es peligroso hacer esto.
Me alarmé dejando el plato en la mesa para luego inspeccionar primero las manos de Albert y luego las de Rose.
—Te trajimos galletas y en vez de agradecer nos reprendes —musitó con molestia el menor apartando mi mano de la suya.
Reí ligeramente antes de agradecerles y regalarles golosinas.
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Para esto, una música para iniciar el día.
Una mañana fría queda perfecta 00:00 (Zero O’Clock) de BTS.
Y Save Me del mismo grupo.