Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Lágrimas bajo la lluvia
Las repercusiones de la mentira no tardaron en derribar la frágil fachada de U-jin. Días después de regresar del viaje a la costa, la abuela de la abogada descubrió la amarga verdad. A través de comentarios despectivos que escuchó por azar de unos colegas del bufete que pasaron por la cafetería, la anciana se enteró de lo sucedido en aquella cena corporativa y de las hirientes palabras con las que U-jin había renegado de sus verdaderos sentimientos para proteger su posición.
La confrontación en el apartamento de U-jin fue desgarradora. Su abuela no le habló con rabia, sino con una decepción profunda que le caló hasta los huesos. Le recriminó haber sacrificado su dignidad y el amor sincero de Jeong por el miedo al qué dirán. Cuando la anciana se marchó dejándola sola, el peso de la culpa, la vergüenza y el remordimiento terminaron por aplastar a U-jin.
Comprendió que no podía seguir escondiéndose tras sus miedos mientras destruía a la única persona que la había protegido sin pedir nada a cambio.
Esa misma noche, una tormenta feroz se desató sobre la ciudad. El cielo se vino abajo en un aguacero denso que inundó las calles, pero a U-jin ya no le importó nada. Salió de su edificio sin sombrilla ni abrigo adecuado, impulsada únicamente por la necesidad imperiosa de reparar el daño causado.
Caminó a toda prisa bajo la lluvia helada hasta llegar al edificio de la repostera. Subió los escalones con el corazón martilleándole el pecho y, con las manos temblorosas y el agua escurriéndole por el rostro, tocó a la puerta.
Dentro, Jeong se encontraba en la sala, sumida en un silencio melancólico. Al escuchar los golpes urgentes, caminó hacia la entrada y abrió.
La imagen al otro lado la dejó atónita. U-jin estaba completamente empapada, con la ropa pegada al cuerpo, el cabello goteando y la mirada rota por el dolor. Jeong, con su nobleza e instinto protector intactos, no dudó ni un segundo: la tomó con firmeza del brazo y la hizo pasar de inmediato para resguardarla del frío de la noche.
—U-jin, estás empapada... ¿qué haces aquí con este clima? —preguntó Jeong con su voz grave, apresurándose a tomar una toalla.
—Jeong-ah... por favor, escúchame —suplicó U-jin con la voz quebrada, dando un paso hacia ella sin importarle mojar el piso—. Fui una cobarde. Lo que dije esa noche en la cena... lo que le dije a mis jefes... fue una mentira horrible motivada por el pánico a perder mi carrera, por el miedo a que nos destruyeran a ambas. Me odié en el mismo instante en que lo dije.
Las lágrimas de U-jin se mezclaron con el agua de la lluvia que corría por sus mejillas.
—Tú me protegiste, te tomaste esa copa por mí, me cuidaste con una pureza que nunca merecí... y yo te pagué con desprecio por puro pavor a la crítica. Fui una tonta, Jeong. Perdóname, por favor... perdóname.
Jeong la escuchó en absoluto silencio. La sombra de amargura en el rostro de la chef se fue disipando al contemplar la vulnerabilidad absoluta de la abogada. Con la madurez y la caballerosidad que siempre la caracterizaron, Jeong entendió el infierno interno que U-jin había atravesado. Dejó la toalla a un lado, dio un paso al frente y, con una mirada llena de comprensión y ternura, asintió despacio.
—Te perdono, U-jin —murmuró Jeong con tono suave y sincero—. Ya pasó.
Al escuchar esas palabras, la última barrera de U-jin se derrumbó por completo. Rompió a llorar desconsoladamente y se arrojó a los brazos de Jeong, rodeándole el cuello con fuerza. Hundió el rostro en su hombro, empapándole la camisa mientras sollozaba sin contenerse, repitiendo una y otra vez lo mucho que lo sentía. Jeong la envolvió entre sus brazos firmes, sosteniéndola con calidez y protegiéndola del frío y del remordimiento, mientras la lluvia continuaba golpeando con fuerza contra los cristales de la ventana.