Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
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CAPITULO 13. EL LETARGO DE LAS DOS SEMANAS
Catorce días exactos transcurrieron en un suspiro de silencio absoluto dentro de la suite médica subterránea. El tiempo parecía haberse congelado entre los muros insonorizados de color gris ceniza, donde el aire purificado y el zumbido constante de los equipos tecnológicos marcaban una realidad ajena al ritmo de la ciudad exterior. Los peores momentos de peligro inminente habían quedado atrás; las constantes vitales registradas en las pantallas digitales mostraban una estabilidad constante, y las tomografías computarizadas de control confirmaban que la severa inflamación del cerebro finalmente había comenzado a ceder, devolviendo la normalidad a las funciones neurológicas de la paciente.
Dante permanecía sentado en su butaca de piel negra, manteniendo la misma postura recta, pausada e imponente, no la había dejado sola en ningún momento salvo para ducharse y cambiarse la ropa. Vestía un pantalón de sastre oscuro y una camisa fina de color gris marengo con los puños perfectamente abrochados. Su presencia, de una frialdad analítica y un magnetismo salvaje absoluto, dominaba el espacio cerrado. No se había marchado del centro clandestino ni un solo día, coordinando sus negocios portuarios a través de terminales encriptados en mitad de la noche, gobernado por un impulso posesivo, territorial y ultraprotector que se intensificaba a cada segundo.
La puerta de cristal de la suite se abrió con suavidad. El cirujano jefe entró a la estancia, deteniéndose a una distancia prudencial del líder criminal mientras revisaba las planillas del goteo intravenoso.
—La inflamación ha disminuido de forma notable, director Dante —anunció el médico con una voz clara, nítida y segura—. Los hematomas internos están completamente reabsorbidos y el organismo ha respondido de forma impecable a los tratamientos. Tal como acordamos, hemos procedido a retirarle la sedación profunda por completo. El fármaco ya ha sido eliminado de su torrente sanguíneo.
Dante se puso en pie con un movimiento pausado que delató toda su complexión robusta y sus hombros anchos, caminando hacia el borde del colchón. Se inclinó sutilmente sobre la silueta de Lucía.
—¿Por qué sigue con los ojos cerrados si ya no hay sedantes en su cuerpo? —preguntó Dante con un murmullo ronco y potente que llenó la habitación.
—El traumatismo craneal del atropello fue brutal, señor. Aunque su cerebro ya no está hinchado y le hayamos quitado la sedación, ella todavía no va a despertar —explicó el especialista con seriedad—. Su mente ha entrado en un estado de letargo profundo e inconsciente, una especie de mecanismo de defensa natural para terminar de reparar los daños del asfalto. Puede pasar semanas o incluso meses en este letargo antes de que consiga abrir los ojos. Debemos tener paciencia.
Dante estiró su mano grande, rozando con una delicadeza extrema y un calor abrasador la piel suave de la mejilla de ella. Sus ojos oscuros destellaron con una fijeza posesiva y exigente. No le importaba la duración de aquella espera; la tenía blindada bajo su ley y se tomaría el tiempo necesario para verla despertar en su santuario.
Mientras el letargo protegía a Lucía en el hospital clandestino, a pocos kilómetros de allí, el desespero destructivo hacía mella en el núcleo de la familia Atelier. Dos semanas completas de ceguera legal habían convertido la residencia en un auténtico desierto de amargura humana.
Marcos permanecía de pie en el hangar de diseño avanzado, rodeado de chasis vacíos y motores a medio ensamblar. El ritmo de los taladros y el movimiento de los mecánicos continuaban con normalidad, pero para el joven directivo, el mundo se había detenido por completo. Su estampa robusta lucía visiblemente demacrada: tenía ojeras profundas marcando sus pupilas oscuras y la mandíbula apretada con una rigidez de piedra que delataba su agotamiento psicológico. No dormía más de dos horas seguidas, devorado por el remordimiento y el pánico de madre que veía reflejado en los ojos de Monique cada mañana.
El detective García entró al taller a paso rápido, portando su maletín de cuero con un semblante serio y desanimado que encendió todas las alarmas del heredero.
—Dime que tienes algo, García. Una llamada, un rastro del coche viejo de Gabriel, lo que sea —le suplicó Marcos con un hilo de voz quebrado, pastoso y de lo más ronco, acortando la distancia física entre ambos.
El investigador negó con la cabeza, depositando una carpeta vacía sobre la mesa de metal frío.
—Las patrullas judiciales y mis hombres han peinado cada desguace clandestino del puerto y las salidas de las afueras, Marcos —confesó el detective García con una voz clara y nítida—. Registramos las cámaras de seguridad de los peajes y las gasolineras de la carretera secundaria de aquella madrugada. La mancha de sangre y el bolso de mano que tú encontraste siguen siendo el único cabo suelto físico que tenemos. Es como si la tierra se hubiera tragado a Lucía después del impacto. Las solicitudes de información en las urgencias de los centros de salud siguen dando negativo. No figura en ninguna camilla hospitalaria de la capital.
Brandon se acercó desde la oficina central, con los puños cerrados con tal fuerza que los nudillos le crujían en mitad del silencio del hangar. Su mirada de piedra reflejaba una seriedad aplastante. El poder de su apellido, el inmenso capital de la firma y el auxilio legal de su sobrino Alejandro se daban de bruces contra una muralla de sombras absoluta. Toda la familia continuaba rota de desespero en mitad de la quietud de la fábrica, desgastándose día a día en una búsqueda estéril que no arrojaba un solo resultado, sin sospechar que el letargo inconsciente de la joven apenas iniciaba su curso bajo el cuidado del sindicato más letal de la ciudad, tejiendo los hilos de una larga ausencia que amenazaba con destruir la última pizca de fe de sus seres queridos.