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EL MAPA DE MI PIEL

EL MAPA DE MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor eterno / Yaoi / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.

Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.

Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.

Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.

Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22: LEYÉNDOLE

La mañana después del norte amaneció con una luz distinta. No era la luz blanca y dura de siempre. Era una luz lavada, recién hecha, que se metía por todas las rendijas de mi cuartito de madera y hacía que hasta el polvo se viera bonito.

Gael estaba afuera desde temprano, revisando la lancha. Lo escuchaba arrastrar la cubeta, tirar agua, maldecir bajito porque una tabla se había aflojado. Yo estaba adentro, con mi Kindle en la mano, que ya casi no prende, y con mi primer libro abierto en la página uno, sintiendo una vergüenza que no me había dado en meses.

Ese libro lo escribí en CDMX, en mi depa de cinco por cinco, con cortinas siempre cerradas. Es un libro triste. De un chavo que se esconde en baños de fiestas porque le da pena su piel. Cuando lo publiqué, Mariana me dijo que era valiente. Yo sentí que era solo honesto, pero ahora, leyéndolo aquí, con el mar a diez pasos y con Gael sin playera afuera, me parecía de otro vato. Un vato que ya no soy, pero que todavía vive en algún cajón de mi pecho.

Gael entró con el pelo mojado, dejando huellas en el piso de cemento.

Se sentó frente a mí, en el suelo, sin pedir permiso. Traía un mango que había bajado del árbol de Lety. Lo partió con las manos y me dio la mitad.

Quiero leer lo que escribías antes, dijo.

Me reí por nervios.

Es bien triste, le contesté. Y bien fresa. Vas a decir qué es esta mamada.

Entonces explícamelo cuando no entienda, contestó. Pero quiero saber cómo pensabas antes de Holbox.

No supe decirle que no. Nadie me había pedido eso nunca. En CDMX me pedían fotos de mi piel, me pedían hilos de Twitter, me pedían que hablara del vitíligo como si fuera conferencia. Nunca me habían pedido que les leyera lo que me daba pena escribir.

Me acomodé en el suelo. Puse el Kindle a un lado porque la batería se estaba muriendo y empecé a leer de mi libreta, donde había copiado a mano algunos párrafos que me gustaban.

Al principio mi voz salió bajita, como cuando lees en clase y no quieres que te escuchen. Gael se inclinó hacia adelante para escuchar mejor. Tenía el mango en una mano y con la otra se tocaba sin darse cuenta la cicatriz del hombro, esa línea rosada que ahora ya no tapa nunca.

Leí: Me miré al espejo y no vi mi cara. Vi un mapa que nadie quería recorrer.

Gael sonrió. Esa frase le gustó porque él mismo me había dicho mapa la primera vez.

¿Ves? Así pensaba, le dije. Que nadie quería recorrer.

Leí otro pedazo: Me puse la playera más grande que encontré, la que me llegaba casi a las rodillas, para que nadie viera mis manchas en la fiesta.

Gael frunció el ceño. Se acordó de la historia que le conté del baño de la Condesa.

¿Te quedaste dos horas encerrado de verdad? preguntó.

Dos horas y media, contesté. Viendo videos de perros.

Se rió, pero no fue una risa burlona. Fue una risa de no puedo creer que te hicieras eso.

Seguí leyendo. Cada párrafo era como quitarme otra playera. Mi voz se fue soltando. Ya no leía bajito. Leía mirándolo a los ojos, y cuando me daba pena una frase, me agarraba del dedo gordo del pie que tenía cerca, porque estábamos descalzos los dos.

Hubo una parte que me costó mucho. La parte donde escribí sobre mi abuelo Esteban. La escribí una semana después de que murió, y todavía no puedo leerla sin que se me haga nudo en la garganta.

Decía: Mi abuelo decía que mi piel era como la luna. Que tenía cráteres, que tenía partes blancas y partes oscuras, pero que igual alumbraba. Que la gente igual voltea a ver la luna aunque no sea perfecta.

Cuando terminé esa parte, me quedé callado. El ventilador hacía su ruido cansado. Afuera se escuchaba a un vecino martillando su techo después del norte.

Gael no dijo nada al principio. Dejó el mango a un lado. Se me quedó viendo con esa mirada suya que no necesita mucho para decir.

Tu abuelo tenía razón, dijo al fin. Alumbras un chingo, mapa. Aunque no quieras.

Me tapé la cara con las manos porque sentí que iba a llorar y no quería llorar mientras le leía mi libro triste. Pero Gael me quitó las manos de la cara con suavidad.

No te tapes, me dijo. Si me lees tu tristeza, déjame verla completa.

Entonces lloré. Poquito. No un llanto feo, solo unas lágrimas que me bajaron por los cachetes y que me supieron a sal por el calor. Gael no me abrazó enseguida. Me dejó llorar, sentado frente a mí, acompañándome sin tocarme, que es una forma de abrazar también.

Cuando se me pasó, le seguí leyendo el final del libro. El final donde el protagonista no se cura, no se vuelve guapo sin manchas, no encuentra novio perfecto. Solo aprende a salir del baño de la fiesta y a quedarse cinco minutos más afuera, aunque le dé pena.

Al cerrar la libreta, Gael se acostó boca arriba en el suelo, con los brazos abiertos, mirando el techo de palma.

Me gustó, dijo. No entendí palabras como resiliencia y melancolía. Pero entendí todo lo demás.

Le pregunté cuáles palabras no había entendido y me dijo que varias. Que yo uso muchas palabras de terapia que él no usa. Que en su mundo no se dice resiliencia, se dice seguir jalando aunque esté feo.

Me dio risa y me acosté a su lado, también boca arriba, con nuestras cabezas casi pegadas.

Le expliqué cada palabra que no entendió, pero a mi manera, no como diccionario. Le dije que resiliencia era seguir remando aunque haya norte. Que melancolía era extrañar algo que no sabes bien qué es, como cuando extrañas CDMX pero no quieres volver. Que anhelo era querer que alguien se quede con todo el estómago apretado.

Como cuando quiero que no te vayas a firmar el contrato, dijo él.

Exacto como eso, le contesté.

Se quedó un rato en silencio, jugando con una hilacha de mi short.

¿Sabes qué me gustó más? preguntó después.

¿Qué?

Que ya no escribes así de triste. Que ahora escribes con calor.

Me quedé pensando en eso. Tenía razón. Mi libro viejo era frío, de depa cerrado. Lo que escribía ahora en Holbox era con calor, con sudor, con mango a medias.

Gael se incorporó y tomó mi libreta. En una página en blanco, escribió con su letra lenta, grande, un poco chueca: hoy entendí palabras fresas. Y abajo, yo escribí con mi letra chiquita: hoy Gael escuchó mi libro y dijo que alumbro.

Nos quedamos toda la tarde en el suelo, con la libreta abierta entre los dos, con el sol entrando ya más suave, con el olor a madera mojada que dejó el norte, sin hablar del contrato ni de Mariana ni de CDMX.

Por primera vez, mi primer libro no me dio vergüenza. Porque alguien lo había escuchado sin playera, sin reírse, y había dicho que era bonito aunque fuera triste. Y porque ese alguien ahora sabía cómo era yo antes de que me dijera mapa por primera vez.

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Beisy Antunez
Me gustó el reconocimiento y el valor que debemos tener con nosotros mismos 😚
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