SIN SPOILER
NovelToon tiene autorización de Paula Mariana Jurado Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
PRIMERAS PALABRAS
El verano llegó al reino acompañado por un calor sofocante.
Pero dentro del castillo real…
el ambiente volvió a sentirse frío.
Pesado.
Silencioso.
Los pasillos estaban llenos de murmullos apagados.
Las doncellas caminaban rápidamente evitando levantar demasiado la mirada.
Y los médicos reales entraban y salían constantemente de los aposentos de la reina.
Porque aquella madrugada…
Victoria había perdido al bebé.
Todo ocurrió de forma repentina.
Dolor.
S@ngr@dø.
Gritos desesperados.
Y después…
silencio.
Un silencio horrible.
La reina permanecía acostada sobre la enorme cama real con el rostro completamente pálido.
La habitación olía a hierbas medicinales y velas consumidas.
La partera acomodaba cuidadosamente las mantas alrededor de ella mientras varias sirvientas limpiaban discretamente el lugar.
Nadie se atrevía a hablar demasiado.
Víctor permanecía de pie cerca de la ventana.
Tenso.
Furioso.
Pero no triste.
Porque incluso ahora…
su mayor preocupación seguía siendo la corona.
La partera finalmente suspiró.
—Majestad… la reina sobrevivirá.
Víctor giró inmediatamente hacia ella.
—¿Y el bebé?
La mujer bajó lentamente la mirada.
—No pudimos salvarlo.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Victoria cerró los ojos con fuerza mientras lágrimas silenciosas caían por sus mejillas.
Y aun así…
algo dentro de ella seguía sintiéndose extraño.
Porque el dolor estaba ahí.
Pero también había otra sensación.
Algo más profundo.
Más viejo.
Como si esa pérdida hubiera despertado una herida que no lograba recordar.
La reina llevó lentamente una mano a su pecho.
Y por un segundo…
una imagen cruzó su mente.
Unos ojos distintos.
Verde y avellana.
Victoria abrió los ojos sobresaltada.
La imagen desapareció inmediatamente.
Tan rápido que dudó haberla visto realmente.
—Majestad… debe descansar —murmuró la partera suavemente.
La reina respiró temblorosamente.
—Yo… vi algo…
La mujer se tensó discretamente.
—¿Qué cosa?
Victoria frunció el ceño intentando recordar.
Pero nuevamente…
vacío.
Nada.
La reina terminó negando lentamente con la cabeza.
—No lo sé…
Víctor observó todo aquello en silencio.
Y una sombra de preocupación cruzó brevemente su expresión.
Pero desapareció rápido.
El rey caminó hacia la cama tomando suavemente la mano de Victoria.
—No pienses demasiado ahora.
La reina bajó lentamente la mirada.
Agotada.
Vacía.
Mientras tanto…
muy lejos del castillo…
la antigua torre estaba llena de luz cálida proveniente de la chimenea.
Elena reía suavemente sentada sobre una alfombra vieja mientras Luna gateaba torpemente frente a ella.
La niña ya tenía ocho meses.
Y había crecido muchísimo.
Su cabello oscuro comenzaba a caerle suavemente sobre la frente.
Sus ojos seguían siendo igual de hermosos.
Y ahora su personalidad comenzaba a mostrarse poco a poco.
Era curiosa.
Traviesa.
Y sorprendentemente inteligente.
Le encantaba tocar todo.
Especialmente los libros.
—¡Luna, no muerdas eso! —rio Elena al ver a la niña intentar llevarse una hoja a la boca.
La pequeña soltó una risita adorable.
Después levantó los brazos intentando alcanzar a la nodrisa.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena sonriendo.
Luna abrió la boca varias veces intentando formar sonidos.
La mujer la observó emocionada.
—¿Quieres decir algo?
La niña volvió a intentarlo.
Pequeños sonidos torpes salieron de sus labios.
—M… ma…
Elena quedó inmóvil.
Sus ojos se abrieron sorprendidos.
—¿Luna…?
La pequeña rio feliz al ver la reacción de la nodrisa.
Y volvió a intentarlo.
—Ma…
Elena sintió que el corazón se le apretaba.
Porque aunque la palabra todavía no estaba completa…
sabía perfectamente lo que significaba.
La niña estaba intentando decir sus primeras palabras.
Y probablemente…
la primera sería “mamá”.
Pero no había una madre allí para escucharla.
Solo la vieja torre.
Elena abrazó suavemente a Luna contra su pecho.
—Tu mamá debería estar aquí para verte…
La pequeña simplemente sonrió inocentemente.
Sin entender todavía cuánto le habían arrebatado desde el instante en que nació.