Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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Un baile
La música llenaba el salón.
Suave.
Elegante.
Perfecta para la clase de evento que Atenea normalmente evitaba.
Y por primera vez en toda la noche, nadie intentaba hablar con ella.
Nadie intentaba impresionarla.
Nadie intentaba negociar un futuro matrimonio.
Simplemente estaba de pie junto a Adrián observando la pista de baile.
—¿Te gusta bailar?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Adrián la miró.
—No especialmente.
—Oh.
—¿Y a ti?
Atenea observó a las parejas girando por el salón.
—Nunca tuve oportunidad de averiguarlo.
—¿Qué quieres decir?
Ella soltó una pequeña risa.
—Papá jamás me deja hacer nada normal.
Adrián levantó una ceja.
—¿Nada?
—Nada.
Nunca fui a una fiesta de adolescentes.
Nunca salí con amigas sin escolta.
Nunca tuve una cita.
Nunca bailé en un evento.
Nada.
Por primera vez, Adrián pareció genuinamente sorprendido.
—¿Nunca bailaste?
—No.
—Eso es triste.
—Gracias por recordármelo.
La sombra de una sonrisa apareció en sus labios.
Pasaron unos segundos.
Luego Adrián extendió una mano.
—Entonces deberías probarlo.
Atenea se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Bailar.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—¿Conmigo?
—Atenea, aquí no hay muchas opciones.
Ella soltó una carcajada.
Y antes de pensarlo demasiado…
Aceptó.
Cuando llegaron a la pista sintió los nervios aparecer.
Ridículo.
Era solo un baile.
Pero para ella significaba más.
Porque era algo normal.
Algo simple.
Algo que nunca había podido hacer.
—Relájate.
—Lo intento.
—Parece que vas a una ejecución.
—Muy alentador.
Adrián volvió a sonreír.
Y Atenea descubrió que le gustaba verlo así.
La música continuó.
Y poco a poco los nervios desaparecieron.
No era perfecto.
Ni espectacular.
Pero era divertido.
Sorprendentemente divertido.
Por primera vez en mucho tiempo no pensaba en los guardaespaldas.
Ni en las propuestas de matrimonio.
Ni en las expectativas de los demás.
Solo estaba viviendo el momento.
Y eso se sentía maravilloso.
Desde una mesa cercana, Bianca observaba la escena.
—Oh no.
Elena levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
—Nada bueno.
—Bianca…
—Míralos.
Elena observó a Atenea riendo en la pista.
Algo que no ocurría muy seguido.
Y sonrió.
—Parece feliz.
Bianca apoyó la cabeza en una mano.
—Ese es exactamente el problema.
Alessandro también los estaba observando.
Y algo extraño ocurrió.
No sintió enojo.
Ni desconfianza.
Solo una sensación inesperada.
Porque no recordaba la última vez que había visto a Atenea sonreír así.
Tan libre.
Tan despreocupada.
Tan joven.
Y por primera vez entendió algo.
Quizás la estaba protegiendo tanto que se estaba perdiendo momentos como ese.
Momentos que jamás volverían.
Cuando la gala terminó y regresaron a la mansión, Atenea apoyó la cabeza contra la ventanilla del automóvil.
Una pequeña sonrisa seguía en su rostro.
—Te divertiste.
Atenea abrió un ojo.
Bianca estaba observándola.
—Tal vez.
—Te divertiste.
—Tal vez mucho.
—Ajá.
Atenea soltó una risa.
Y por primera vez en semanas…
Se sentía ligera.
Feliz.
Como si hubiera recuperado una pequeña parte de sí misma.
Sin embargo, mientras el vehículo avanzaba por la carretera, ninguno de ellos notó el automóvil negro estacionado a la distancia.
Observándolos.
Esperándolos.
Y en su interior, un hombre sostenía una vieja fotografía.
Una fotografía de la difunta esposa de Alessandro Moretti.
La madre de Atenea.
La misma mujer cuya muerte escondía secretos que nunca debieron permanecer enterrados.