Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14
El martes por la mañana, el piso doce de la empresa amaneció envuelto en una rutina que para el resto del mundo parecía idéntica a la de siempre, pero que para Víctor y Cecilia se había convertido en un juego silencioso y ardiente. Cecilia estaba sentada frente a su escritorio de recepción, vistiendo una blusa de satén color champaña que se ceñía con delicadeza a su silueta y una falda tubo negra que remarcaba la curva de sus caderas. Siguiendo al pie de la letra las estrictas reglas que Víctor le había impuesto, mantenía su postura dócil, tecleando informes con una concentración fingida mientras esperaba que la puerta del despacho principal se abriera.
A las nueve en punto, las puertas del ascensor se abrieron con un sonido seco, pero no fue Víctor quien emergió de ellas.
Un hombre de unos treinta y cinco años, de cabello castaño claro perfectamente peinado, traje de diseñador hecho a la medida y una sonrisa cargada de una confianza casi arrogante, avanzó por el pasillo. Era Michael, uno de los socios capitalistas más importantes de la firma y un viejo conocido de Víctor. Michael pasaba la mayor parte del tiempo viajando por las sucursales del extranjero, pero su regreso a la sede central siempre venía acompañado de un aura de superioridad que a nadie le pasaba desapercibida.
Al acercarse al mostrador, Michael se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron a Cecilia de arriba abajo con un descaro absoluto, deteniéndose en la línea de su cuello y en la forma en que el satén de su blusa caía sutilmente sobre su pecho. Una sonrisa depredadora apareció en su rostro.
—Vaya... veo que las cosas han mejorado drásticamente por aquí desde mi última visita —soltó Michael, apoyando un codo en el mostrador de mármol, inclinándose hacia ella con un tono de voz arrastrado y seductor—. Buenos días, preciosa. No creo que nos hayan presentado. Soy Michael, socio principal. ¿Y tú eres...?
—Buenos días, señor. Soy Cecilia Morales, la asistente ejecutiva del señor Moreira —respondió ella, forzando su habitual tono suave, dócil y sumamente profesional.
Cecilia ni siquiera le sostuvo la mirada; mantuvo los ojos fijos en la pantalla de su computadora, respondiendo con una frialdad robótica que pretendía ser una barrera infranqueable. Sin embargo, su belleza natural y esa sumisión fingida solo consiguieron avivar el interés del socio.
—¿Asistente ejecutiva? Qué desperdicio de talento —coqueteó Michael, bajando la voz de manera deliberada mientras estiraba la mano para rozar sutilmente la esquina de la carpeta que Cecilia tenía cerca—. Víctor siempre ha sido un hombre afortunado, pero tenerte a ti encerrada en esta recepción controlando sus llamadas es casi un crimen. Si alguna vez te cansas de su rigidez, mi oficina en el piso superior siempre tiene las puertas abiertas para alguien con tu... presencia.
Cecilia sintió una oleada de incomodidad, pero recordó la regla número dos de Víctor: *tu cuerpo y tus miradas me pertenecen solo a mí*. No iba a darle el gusto a este tipo de romper su armadura profesional.
—Agradezco su comentario, señor, pero estoy sumamente conforme con mi puesto y mis responsabilidades actuales con el señor Moreira —declaró ella, con una discreción letal que no dejaba espacio a réplicas.
Justo en ese instante, la puerta de vidrio del despacho principal se abrió de golpe.
Víctor salió vistiendo un traje gris oscuro que resaltaba su imponente presencia física de treinta años. Tenía la mandíbula apretada y una rigidez en los hombros que delataba que había estado observando la escena a través del cristal polarizado de su oficina. Al ver a su socio inclinado sobre el escritorio de Cecilia, invadiendo el territorio que él ya había reclamado como suyo debajo de las sábanas, una furia posesiva y dominante le recorrió las venas.
—Michael. No sabía que tu vuelo llegaba tan temprano —soltó Víctor. Su voz profunda, gélida y cortante resonó en toda la recepción, haciendo que el aire se volviera denso en un segundo.
Michael se enderezó lentamente, borrando a medias su sonrisa arrogante pero manteniendo su tono despreocupado.
—Víctor, amigo. Estaba conociendo a tu nueva adquisición. Tienes un excelente gusto, debo admitirlo —comentó Michael, dándole una palmada en el hombro a Víctor como si nada pasara.
Víctor no le devolvió la sonrisa. Clavó sus ojos oscuros en los de su socio con una fijeza que infundía un respeto casi peligroso. Su porte de jefe implacable se elevó a su máxima potencia, desatando una escena de dramatización profesional con el único objetivo de marcar una línea y recordarle a todos quién mandaba allí.
—La señorita Morales no es una adquisición, Michael. Es mi asistente ejecutiva personal, y su tiempo en esta empresa es extremadamente valioso para mis asuntos —sentenció Víctor, con una voz de mando que helaba la sangre—. No tolero que se interrumpa el ritmo de la recepción con distracciones innecesarias, ni siquiera si vienen de uno de mis socios. Si tienes los informes de la auditoría externa que te pedí, entrégaselos ahora mismo. Si no, te sugiero que vayas a la sala de juntas a esperar el inicio de la sesión.
El tono autoritario de Víctor fue tan drástico y tajante que Michael dio un paso atrás, visiblemente descolocado por la intensidad de la reacción. El ambiente en la oficina se cargó de una electricidad estática que se podía cortar con un cuchillo. Cecilia, por su parte, contuvo el aliento en su silla; ver a Víctor transformado en ese hombre posesivo, marcando su territorio con una superioridad natural frente a otro hombre, encendió de inmediato cada uno de sus fetiches ocultos. Le fascinaba ver el control absoluto que él ejercía.
—De acuerdo, Víctor, veo que estás de mal humor. Nos vemos en la sala de juntas —respondió Michael, intentando salvar el orgullo antes de dar la vuelta y caminar hacia el pasillo con paso rápido.
Cuando las puertas del pasillo se cerraron tras el socio, el silencio volvió a adueñarse de la recepción, pero esta vez era un silencio espeso, ardiente, cargado de una tensión sexual insoportable. Víctor se quedó de pie frente al escritorio de Cecilia. Su respiración aún era acelerada por la rabia contenida. Se aflojó sutilmente el nudo de la corbata y la miró desde arriba con una mirada oscura que le taladró el alma.
—A mi oficina, Cecilia. Trae los informes —ordenó con una voz ronca que no admitía retrasos.
Cecilia se levantó despacio, alisando su falda negra con las palmas de sus manos en un movimiento pausado que acentuaba sus curvas. Tomó los papeles y entró al despacho. En cuanto el clic definitivo del pestillo de la puerta trasera resonó en la habitación, Víctor la tomó del brazo con una firmeza implacable, arrastrándola hacia el espacio oculto detrás del gran escritorio de caoba.
La pegó contra la madera con brusquedad, acorralándola con su imponente contextura física. Sus rostros quedaron a milímetros.
—Te dije que tus miradas y tu cuerpo me pertenecen solo a mí, Cecilia —le susurró Víctor contra los labios, con una posesividad dominante que hizo que a ella se le acelerara el pulso a mil por hora—. Vi cómo ese imbécil te estaba mirando. Vi cómo intentaba tocar lo que es mío.
—Yo no le hice caso, Víctor... cumplí sus reglas —rogó ella en un hilo de voz dócil, entregándose por completo a la fuerza de su agarre, extasiada por los celos crudos de su jefe—. Mantuve la distancia. Solo tengo ojos para usted.
Víctor soltó un gruñido bajo, posesivo, y mandó el profesionalismo al demonio. La tomó de la nuca con fuerza, enredando los dedos en su cabello rubio, y atrapó sus labios en un beso salvaje, profundo y hambriento que selló de una vez por todas quién era el único dueño de su voluntad en esa oficina.