In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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El eco de los ojos marrones
._El olor a sal y a pino fresco siempre se quedaba impregnado en la ropa después de una tarde entera corriendo bajo el sol. Tenía doce años, una edad en la que el mundo todavía parecía lo suficientemente pequeño como para caber en la palma de mi mano. Aquel verano, las vacaciones significaban viajar a la casa de mis abuelos, una hermosa estructura de madera cerca de la costa, donde el sonido de las olas rompía la quietud de las noches.
Mis tíos, Min-Ho y Ji-Ah, vivían con ellos en ese entonces, junto a mis pequeños y ruidosos primos: Dae-Hyun, que apenas tenía seis años y corría detrás de las gaviotas, y el pequeño Ji-Hoon, de cuatro, que siempre terminaba con las mejillas sucias de arena. Cuando me invitaron a pasar unos días en un campamento junto a otras familias amigas, no lo dudé. El entusiasmo de una fogata nocturna y dormir bajo las estrellas era todo lo que una niña de mi edad podía desear.
Pero el destino tenía un plan diferente para ese campamento. Tenía un nombre, un rostro y una sonrisa que, en secreto, gobernaba mis pensamientos desde que yo tenía ocho años.
Al llegar al claro del bosque que colindaba con la playa, lo vi. Ahí estaba Min-Woo.
Tenía trece años en ese entonces. Su piel tenía ese tono bronceado perfecto por los días bajo el sol marino, su cabello negro caía un poco rebelde sobre su frente y sus ojos marrones poseían una profundidad que me desarmaba por completo. Tenía un rostro dulce, una mezcla de madurez temprana y picardía infantil que me volvía loca. Durante cinco años lo había observado desde la distancia, siendo la niña tímida que jamás se atrevía a pronunciar una palabra en su presencia. Min-Woo había ido al campamento acompañado por su hermano mayor y su cuñada, quienes lo consentían llevándolo de excursión.
Esa tarde, el viento sopló con fuerza, agitando las hojas de los árboles. Me quedé paralizada cerca de las carpas. Entonces, Min-Woo giró la cabeza. Sus ojos marrones encontraron los míos. El tiempo pareció detenerse, congelando el bullicio de los niños y el rumor del mar a lo lejos. Él no apartó la mirada; en su lugar, me dedicó una sonrisa perfecta, cálida y sincera, antes de levantar la mano para saludarme. Mi corazón dio un vuelco tan violento que temí que se saliera de mi pecho. Era él. Mi primer amor. El dueño de mis suspiros silenciosos.
BIIIIP. BIIIIP. BIIIIP.
Un sonido estridente y mecánico rasgó el lienzo de mis recuerdos, destruyendo la playa, los pinos y la sonrisa de Min-Woo.
Abrí los ojos de golpe. Me encontré contemplando el techo blanco de mi habitación, con el corazón latiendo a un ritmo acelerado y una extraña sensación de nostalgia atrapada en la garganta. Me incorporé lentamente en la cama y estiré la mano para apagar la alarma del teléfono. La pantalla brillaba con la fecha de hoy.
Habían pasado exactamente diez años desde aquel campamento. Diez largos años.
—¿Por qué...? —susurré para mí misma, frotándome los ojos—. ¿Por qué precisamente hoy tengo que soñar con él?
Hacía una década que no sabía nada de Min-Woo. Nuestras vidas se habían bifurcado tanto que su recuerdo se había convertido en una fotografía borrosa en el fondo de mi memoria. ¿Por qué mi subconsciente había decidido traerme su mirada de vuelta justo esta mañana?
Tratando de sacudirme la melancolía, me levanté de la cama. El suelo frío de la habitación me devolvió a la realidad. Tenía un día sumamente ocupado por delante: hoy regresaba al pueblo de mis abuelos para pasar unas vacaciones. Preparé un desayuno ligero, aunque apenas pude probar bocado; el sueño seguía flotando en mi mente como una niebla densa. Terminé de armar mi maleta, asegurándome de no olvidar mi cámara fotográfica, y marqué el número que me sabía de memoria.
No pasaron ni veinte minutos cuando escuché la bocina de un auto afuera. Al asomarme por la ventana, vi el vehículo de Seo-Jun.
Seo-Jun era mi mejor amigo. Nos conocíamos desde hacía siete años, cuando compartimos el mismo salón de clases en la escuela secundaria. Si tuviera que describir a Seo-Jun con una palabra, sería "devoto". Era el tipo de hombre que daba todo de sí sin esperar nada a cambio. Su físico, sin duda, llamaba la atención de cualquiera en la calle: medía 1.82 metros, tenía una complexión imponente y trabajada gracias al ejercicio, una piel clara que contrastaba con su cabello oscuro y unos ojos verdes profundos que transmitían una calma infinita. Era ridículamente guapo, pero su peor defecto era su propio corazón: era demasiado bueno, demasiado confiado. Debido a eso, había tenido varias novias a lo largo de los años, pero casi siempre terminaba con el corazón roto por engaños que él nunca vio venir.
¿Me atraía físicamente? Mentiría si dijera que no. Cualquiera con ojos encontraría atractivo a Seo-Jun. Sin embargo, el valor de nuestra amistad era incalculable para mí. La idea de intentar algo más y arriesgarme a perderlo para siempre me aterrorizaba, así que, con los años, construí una pared invisible en mi mente y decidí verlo única y estrictamente como un hermano.
—¿Lista para el gran viaje, In-Oh? —preguntó Seo-Jun con una sonrisa brillante mientras subía mi pesada maleta al maletero del auto.
—Más que lista. Gracias por llevarme, de verdad —respondí, subiendo al asiento del copiloto.
Durante el trayecto hacia la terminal de autobuses, el ambiente dentro del auto era cómodo, lleno de la familiaridad que solo los años pueden dar. Hablamos de nuestros respectivos trabajos, de los planes para estas vacaciones y de la rutina diaria. En un momento, la conversación se tornó un poco más personal.
—Por cierto... el otro día, una chica de la oficina de diseño mostró bastante interés en mí —comentó Seo-Jun, fingiendo desinterés mientras mantenía la vista en el camino, aunque sus orejas se tiñeron de un leve color carmesí.
Lo miré de reojo. Mi instinto de protección se encendió de inmediato.
—Escúchame bien, Seo-Jun —le dije en tono serio pero afectuoso—. Ten mucho cuidado. Analiza bien las cosas antes de saltar de cabeza. Eres demasiado transparente y confías muy rápido en la gente. No quiero ver que te rompan el corazón otra vez. No te lo mereces.
Seo-Jun soltó una suave risa, una de esas que hacían que sus ojos verdes se achicaran.
—Lo sé, lo sé. Tendré cuidado, mamá In-Oh.
Cuando llegamos a la terminal, el bullicio de la gente y los motores de los autobuses inundaron el lugar. Seo-Jun me acompañó hasta la plataforma de embarque e hizo todo el trabajo pesado, subiendo mis maletas directamente al compartimento del bus. Cuando terminó, se giró hacia mí. El ambiente entre nosotros cambió de repente; la ligereza de las bromas se evaporó.
Justo antes de que yo pusiera un pie en la escalera del bus, Seo-Jun estiró la mano y tomó la mía. Su agarre era firme, pero sorprendentemente cálido. Me obligó a girar y me miró con una intensidad que nunca antes le había visto. Sus ojos verdes parecían estar buscando algo en lo más profundo de los míos.
—In-Oh... —su voz sonó más baja de lo habitual, cargada de un peso emocional que me erizó la piel—. Cuando vuelvas de este viaje... me gustaría decirte algo muy importante.
Mi corazón dio un vuelco salvaje, un eco extraño del sueño que había tenido por la mañana. Las pulsaciones se me dispararon en el pecho. ¿Qué significaba esa mirada? ¿Qué significaba ese tono? Mil preguntas cruzaron mi mente en un milisegundo, pero la timidez y la sorpresa me ganaron. Solo alcancé a asentir con la cabeza, incapaz de articular una palabra coherente. Me impulsé hacia adelante y lo envolví en un abrazo rápido, buscando refugio en su aroma conocido, antes de soltarme, subir los escalones y sentarme en mi asiento junto a la ventana.
Desde el cristal, lo vi despedirse con la mano mientras el autobús comenzaba a avanzar.
El viaje estaba programado para durar ocho largas horas. Durante todo el trayecto, el paisaje cambiante a través de la ventana se volvió un borrón. Mi mente estaba atrapada en un torbellino. "¿Qué quiere decirme Seo-Jun?", "Al no responderle bien, ¿se habrá enojado?", "¿Hice algo malo en estos días y no me di cuenta?", "¿Qué demonios significa todo esto?". El misterio de sus palabras me carcomía por dentro, compitiendo extrañamente con los fragmentos del sueño de Min-Woo que aún se rehusaban a irse.
Cuando el autobús finalmente frenó y las puertas se abrieron, el aire fresco y húmedo de la costa me dio la bienvenida. Al bajar, sentí un alivio inmediato al ver una figura familiar esperándome en el andén. Era mi tía Ji-Ah.
El tiempo no pasa en vano. Mi tío Min-Ho había fallecido hacía ya tres años, dejando un vacío enorme en la familia, y mis pequeños primos, aquellos niños que corrían por la arena, se encontraban ahora en plena adolescencia, estirados y rebeldes. Mi tía me recibió con los brazos abiertos, rompiendo a llorar sutilmente de la emoción mientras me apretaba contra ella.
—Has crecido tanto, In-Oh —dijo, limpiándose las lágrimas—. Tu abuela te está esperando en casa. No ha dejado de cocinar en todo el día.
Caminar hacia la casa de mis abuelos fue como retroceder en el tiempo. Al cruzar el umbral, el aroma característico de la comida casera me inundó el alma. Mi abuela, con sus manos arrugadas pero llenas de energía, me recibió con un banquete de platillos tradicionales de nuestro país, coronando la mesa con un gran plato de sopa caliente, un guiso reconfortante que sabía a hogar, a infancia, a refugio. Pasamos horas conversando, compartiendo anécdotas y llenando los huecos que la distancia había creado.
Un par de días después, la rutina del pueblo me envolvió en una tranquila paz. Una tarde, decidí salir a caminar sola. Mi abuela, cansada por los quehaceres, prefirió quedarse a descansar, así que tomé mi cámara y salí a recorrer los alrededores.
Cerca de la playa, había un sendero que se internaba en un bosque de pinos altos. El suelo estaba alfombrado de agujas secas y el aroma a resina y mar era embriagador. Caminé despacio, disfrutando del crujido bajo mis zapatos. Cada pocos metros, me detenía para capturar la luz del sol filtrándose entre las ramas o la majestuosidad del paisaje. Con los dedos ligeramente entumecidos por la brisa fresca, saqué mi teléfono y comencé a enviarle las fotos a Seo-Jun.
In-Oh: Mira este lugar. El aire aquí es completamente diferente. Desearía que pudieras ver este paisaje.
A los pocos segundos, vi los tres puntos en la pantalla que indicaban que estaba escribiendo, pero antes de que llegara su respuesta, un sonido lejano llamó mi atención.
A unos metros de distancia, en un claro del bosque, vi a un grupo de jóvenes. Tenían aproximadamente mi edad, reían ruidosamente y compartían bebidas y comida sentados en unos troncos. En cualquier otra ocasión, quizás habría sentido curiosidad, pero en ese momento mi mente seguía demasiado absorta en mis propios pensamientos. Ajusté la correa de mi cámara, bajé la mirada y decidí pasar de largo, pegada al borde del sendero, intentando no incomodarlos ni mirarlos fijamente.
Estaba a punto de rebasar el claro cuando una voz masculina, clara y resonante, cortó el aire del bosque.
—¿In-Oh?
Me congelé en el sitio. Mi nombre había sonado con una familiaridad punzante, arrastrando una vibración que resonó en lo más profundo de mi memoria.
Lentamente, como si tuviera miedo de que todo fuera una alucinación provocada por el cansancio y los recuerdos, me di la vuelta.
El grupo de jóvenes se había quedado en silencio. Uno de ellos se había puesto de pie y caminaba hacia mí. A medida que la distancia entre nosotros se reducía, el aire pareció escaparse de mis pulmones.
Ahí estaba.
La piel morena por el sol, el cabello oscuro y espeso, y esos ojos cafés, profundos y magnéticos, que me habían observado en mis sueños esa misma semana. Cuando estuvo a solo dos pasos de mí, sus labios se curvaron en esa sonrisa perfecta, la misma que me había vuelto loca desde los ocho años, pero ahora desprovista de la timidez infantil.
Ya no era el niño de trece años del campamento. El tiempo lo había transformado en un hombre de veintitrés años, alto, de hombros anchos y una presencia que llenaba por completo el espacio a mi alrededor.
—In-Oh... realmente eres tú —dijo Min-Woo, y su voz, ahora profunda y madura, hizo que el mundo a mi alrededor se desvaneciera por completo.