Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 2: El quirófano de las réplicas
Clara sintió el peso del bisturí en su mano como si fuera una prolongación de sus huesos. No había sostenido uno en quince años, no desde que dejó la enfermería después del accidente. Pero sus dedos recordaban el filo, el equilibrio exacto entre vida y muerte que se escondía en una hoja de acero.
La mujer del traje de vuelo dio un paso adelante. La cicatriz en su ceja se contrajo al sonreír.
—Bajá eso —le dijo con una voz que sonaba igual a la de Clara, pero más ronca, como si hubiera gritado durante décadas—. No vinimos a matarnos. Todavía.
Valentina se quedó paralizada junto a la puerta del quirófano. El mate seguía goteando de su campera, formando un pequeño charco sobre las baldosas rotas. Trató de procesar lo que veía: dos mujeres idénticas a la desconocida que ella misma había sido hacía apenas minutos. O quizás horas. El tiempo ya no se medía igual.
—Explíquenme qué carajo está pasando —exigió Clara, sin soltar el bisturí.
La piloto —así la llamaría Valentina en su mente, por el traje de cuero y las botas de combate— suspiró como si aquella pregunta la hubiera escuchado mil veces. Apoyó las manos en la mesa de operaciones oxidada y cerró los ojos un segundo.
—Nosotras somos una misma alma dividida en tres tiempos —dijo—. O cuatro. O doce. Todavía no lo sé bien. Vos, Clara, sos la enfermera de los ochenta que no pudo salvar a ese chico. El que se desangró en tus brazos la noche del incendio del hospital.
El rostro de Clara palideció. Nadie sabía eso. Había borrado todos los registros, había huido a otra ciudad, se había cambiado el nombre. Pero aquella mujer lo sabía.
—Y vos —continuó la piloto, girando hacia Valentina— sos la nieta. La que siempre supo que algo andaba mal con las historias de su abuela. La que encontró el diario en el desván.
—Nunca encontré ningún diario —respondió Valentina con la voz quebrada.
—Todavía no —dijo la piloto. Y luego agregó, casi en un susurro—: Yo soy la que viene después. La versión que se quedó atrapada en la Segunda Guerra Mundial después de un salto fallido. Me llamo igual que ustedes, claro. Pero allá me dicen “la enfermera loca” porque hablo de cosas que todavía no pasaron.
Silencio. El quirófano abandonado crujió con el viento que entraba por una ventana rota. Valentina sintió que el piso se movía bajo sus pies, pero no era vértigo temporal. Era miedo.
—Si somos la misma —dijo lentamente—, ¿por qué nos reunimos acá?
La piloto —Clara Guerra, como decidiría llamarse más tarde— sacó un objeto de su chaqueta. Era un reloj de bolsillo sin manecillas, con la tapa grabada con una fecha: 15 de marzo de 1987. La misma fecha del incendio. La misma noche en que la enfermera Clara no pudo salvar a ese chico.
—Porque el tiempo se está rompiendo en serio —dijo la piloto—. Y cada vez que una de nosotras sufre un trauma grande, se abre una grieta. A mí me agarró en el bombardeo de Londres. A vos —miró a Clara enfermera— en el incendio. A vos —miró a Valentina— cuando tu abuela murió la semana pasada.
Valentina abrió la boca para negarlo, pero las palabras no salieron. Su abuela Lucía había muerto hacía seis días. Ella no había llorado todavía. Había guardado el dolor en un frasco invisible, como hacía siempre.
—El dolor es el combustible —dijo la piloto—. Y si no aprendemos a controlarlo, el tiempo nos va a hacer pedazos. Literalmente. Ya pasó con la versión anterior a nosotras.
—¿Versión anterior? —preguntaron Clara y Valentina al unísono.
La piloto señaló el quirófano. En la pared, detrás de una cortina de plástico amarillento, había un cuerpo envuelto en sábanas. No era un cadáver cualquiera. Tenía el mismo rostro que ellas.
—Esa era Marta —dijo la piloto con la voz rota—. Nuestra hermana de 1923. No soportó la primera grieta. El tiempo la disolvió. Ahora sólo nos quedamos nosotras tres, pero van a venir más. Siempre vienen más.
Clara enfermera dejó caer el bisturí. Sonó metálico contra el piso. Se llevó las manos a la cara y lloró sin hacer ruido, como había aprendido en los ochenta, cuando las enfermeras no podían mostrar debilidad. Valentina quiso abrazarla, pero no se movió. Algo dentro suyo sabía que ese no era el momento.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Valentina.
La piloto cerró el reloj de bolsillo con un chasquido.
—Viajar al día exacto en que todo empezó. Al 15 de marzo de 1987. Y salvar al chico que vos —señaló a Clara enfermera— dejaste morir.
—Yo no lo dejé morir —replicó Clara con furia súbita—. Hice todo lo que pude.
—Lo sé —dijo la piloto con dulzura inesperada—. Pero tu yo del pasado no lo sabe. Y mientras ella siga cargando con esa culpa, las grietas no van a cerrarse. Hay que convencerla. Y hay que salvarlo. Sin importar el costo.
Afuera, el sol de Madrid se estaba poniendo. Otra vez. El tiempo se movía extraño cerca de ellas. Valentina miró por la ventana rota y vio algo que la heló: una naranja incandescente en el horizonte, exactamente igual a la que había visto en el campo de trigo de 1987, siendo niña.
—Eso —señaló—. ¿Qué es eso?
La piloto no miró. Ya lo sabía.
—El primer incendio —dijo—. El que nos va a unir. O nos va a matar a todas.