Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Lo Que Todavía Se Siente”
📖 CAPÍTULO 13
“Lo Que Todavía Se Siente”
El problema de los recuerdos…
era que nunca llegaban solos.
A veces traían culpa.
A veces rabia.
Y otras veces…
traían esperanza.
Eso era lo peligroso.
Nicolás llevaba varios días intentando vivir distinto.
No perfecto.
Distinto.
Dormía más temprano.
Tomaba menos.
Pasaba tiempo con su mamá.
Contestaba llamadas.
Escuchaba.
Cosas pequeñas.
Pero para él…
eran gigantes.
Aun así…
el cuerpo seguía recordándole la verdad.
El pecho dolía cuando caminaba mucho.
Se cansaba más rápido.
Y algunas noches…
el corazón parecía perder el ritmo solo para asustarlo.
Como si quisiera decirle:
“No se emocione tanto…”
Pero Nicolás ya había decidido algo.
Si el tiempo se iba a acabar…
al menos no iba a desperdiciarlo escondiéndose.
Esa tarde estaba sentado afuera de una cafetería.
La misma donde vio a Valeria.
Mirando gente pasar.
Esperando.
Y aunque intentaba verse tranquilo…
las manos lo traicionaban.
Estaba nervioso.
Más que antes.
Porque ahora…
sí tenía algo que perder.
Miró el reloj.
Cinco minutos tarde.
—Capaz no viene… —murmuró.
Pero justo cuando iba a guardar el celular…
la vio.
Valeria.
Cabello recogido.
Camisa clara.
Paso tranquilo.
Y esa mirada…
que seguía desarmándolo.
Nicolás se puso de pie casi de inmediato.
Ella sonrió apenas.
Pequeño.
Pero real.
—Hola.
—Hola…
Esta vez…
el silencio no fue incómodo.
Solo cuidadoso.
Se sentaron.
—¿Cómo ha estado? —preguntó ella.
Nicolás soltó una pequeña risa.
—Aprendiendo a vivir.
Valeria levantó una ceja.
—Eso sonó profundo.
—Estoy grave.
Ella soltó una risa suave.
Y Nicolás sintió algo raro en el pecho.
No dolor.
Vida.
El mesero llegó.
Pidieron café.
Y por unos minutos…
todo se sintió normal.
Como antes.
Pero no exactamente.
Porque ahora había más verdad.
—Lo noto distinto —dijo Valeria.
Nicolás la miró.
—¿Para bien o para mal?
Ella pensó unos segundos.
—Para real.
Golpe suave.
Pero directo.
Nicolás bajó la mirada con una sonrisa leve.
—Antes también era real.
—No…
Pausa.
—Antes usted estaba huyendo.
Silencio.
Y otra vez…
ella tenía razón.
—Sí… —admitió él—. Bastante.
Valeria lo observó unos segundos.
—¿Qué pasó con usted, Nicolás?
La pregunta quedó flotando.
Pesada.
Porque ya no era curiosidad.
Era preocupación.
Y eso…
lo complicaba todo.
Nicolás respiró profundo.
Podía sentir el momento acercándose.
La verdad.
Pero todavía no encontraba la forma.
—No sé… —respondió—. Supongo que me cansé de ser idiota.
Ella sonrió apenas.
—Ya era hora.
Ambos rieron un poco.
Y por un instante…
todo volvió a sentirse fácil.
Demasiado fácil.
Eso era lo peligroso.
Después del café caminaron juntos.
Sin rumbo.
Como antes.
La tarde estaba fresca.
La ciudad tranquila.
Y Nicolás no quería que terminara.
Valeria hablaba de cosas simples.
Del trabajo.
De la vida.
De cómo había aprendido a estar sola.
Y él…
la escuchaba de verdad.
No por costumbre.
No esperando su turno para hablar.
Escuchándola.
—¿Y usted? —preguntó ella—. ¿Qué quiere hacer ahora?
Nicolás pensó en la lista.
Pero no dijo nada de eso.
—Quiero sentir que todavía estoy a tiempo.
Valeria lo miró.
—¿A tiempo para qué?
Pausa.
Nicolás sostuvo la mirada unos segundos.
—Para vivir bien.
El silencio entre ellos cambió.
Más íntimo.
Más cercano.
Valeria bajó la mirada un segundo.
Y Nicolás sintió algo que no sentía hace años:
Paz.
Pero el cuerpo…
otra vez.
El pecho se tensó de repente.
Fuerte.
Nicolás disimuló.
Respiró lento.
No ahora.
Por favor, no ahora.
—¿Está bien? —preguntó Valeria de inmediato.
Demasiado rápido.
Ella lo había notado.
—Sí… fresco.
Mentira mala.
Valeria frunció el ceño.
—No se ve bien.
—Estoy cansado.
—Nicolás…
La forma en que dijo su nombre…
lo hizo detenerse.
Ella lo miraba diferente.
No como antes.
Ahora había miedo.
Pequeño.
Pero real.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Silencio.
El corazón le golpeaba el pecho.
Desordenado.
Pesado.
Y ya no sabía si era la enfermedad…
o ella.
—Nada… —intentó decir.
Pero Valeria negó.
—No me mienta.
Golpe.
Porque ella siempre supo cuándo mentía.
Nicolás bajó la mirada.
El aire le costaba un poco.
Y entonces entendió algo:
Ya no podía acercarse a ella…
sin decirle la verdad.
Porque eso también sería huir.
Levantó la mirada lentamente.
Los ojos de Valeria estaban llenos de preguntas.
Y él…
ya no tenía fuerzas para seguir escondiéndose.
—Vale…
La voz le salió baja.
Honesta.
—Hay algo que usted no sabe.
El viento pasó entre los dos.
La ciudad seguía moviéndose alrededor.
Pero para Nicolás…
todo acababa de detenerse otra vez.
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