Ella renace con la posibilidad de salvarse a ella y a su familia.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Posada
La parada en la posada resultó mucho más agradable de lo que Arely esperaba.
Después de tantos días de nieve, hielo y capas pesadas, el aire más templado se sentía maravilloso.
Mientras los guardias descansaban y los caballos eran alimentados, Arely aprovechó para retirarse a una habitación privada junto con su doncella.
Lo primero que hizo fue quitarse la pesada capa de invierno.
Luego los guantes.
Después las prendas más gruesas que había necesitado en el territorio Fitzpatrick.
Su doncella sonrió.
—Por fin parece primavera otra vez, lady Arely.
—Y espero que siga así.
La joven abrió el equipaje y eligió un vestido mucho más ligero.
Elegante.
Cómodo para viajar.
Sin excesos, pero favorecedor.
Después soltó su largo cabello oscuro, que había llevado recogido gran parte del trayecto debido al frío.
Cuando finalmente se observó en el espejo, se sintió mucho mejor.
Más cómoda.
Más ella misma.
Y muchísimo menos como una exploradora perdida en una tormenta de nieve.
—Mucho mejor —murmuró.
Su doncella asintió satisfecha.
—Definitivamente.
Tras terminar de comer y descansar un poco, Arely regresó al carruaje.
La puerta se abrió.
Subió.
Y apenas levantó la vista encontró los ojos celestes de Mylo Fitzpatrick sobre ella.
El duque se quedó inmóvil unos segundos.
Observándola.
Arely conocía ya esa expresión.
Era sorpresa.
Genuina sorpresa.
Y por alguna razón, eso la hizo sentirse ligeramente satisfecha.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Mylo la observó unos segundos más.
—Se arregló bastante.
Arely parpadeó.
—¿Perdón?
—Para acompañarme en el carruaje.
Ella casi se atragantó.
—¿Qué?
El duque apoyó cómodamente un brazo sobre el asiento.
—Debo admitir que no esperaba semejante dedicación.
Arely sintió inmediatamente deseos de lanzarle uno de los documentos.
—No me arreglé para acompañarlo.
—¿No?
—No.
—Qué curioso.
Ella respiró profundamente.
Paciencia.
Necesitaba paciencia.
—Me cambié porque el clima cambió.
Mylo observó el vestido.
Luego el cabello suelto.
Luego volvió a mirarla.
Y claramente no le creyó.
Ni un poco.
La pequeña sonrisa que apareció en sus labios lo decía todo.
—Por supuesto.
—Es la verdad.
—Naturalmente.
—Duque.
—Lady Hoffman.
Aquella sonrisa seguía allí.
Y Arely comenzaba a irritarse.
Porque sabía exactamente qué estaba pensando.
Así que decidió responder de una vez.
—Si quiere saberlo...
Mylo levantó una ceja.
—¿Sí?
—Me arreglé para conocer al conde Bruyne.
Silencio.
La sonrisa desapareció.
No completamente.
Pero sí lo suficiente para que Arely lo notara.
Mylo permaneció callado unos segundos.
Y aquello por sí solo ya era extraño.
Porque normalmente siempre tenía alguna respuesta preparada.
Finalmente habló.
—¿Al conde Bruyne?
—Sí.
—Entiendo.
Su tono seguía siendo educado.
Perfectamente educado.
Pero algo había cambiado.
Arely no supo exactamente qué.
Solo que aquella diversión constante parecía haberse reducido un poco.
—Después de todo es una visita oficial.. Debo representar correctamente a la familia Hoffman.
—Por supuesto.
Otra respuesta impecable.
Otra sonrisa elegante.
Y aun así...
Algo parecía distinto.
Mylo giró la vista hacia la ventana.
Observando los árboles que pasaban junto al camino.
Y aunque no dijo absolutamente nada más sobre el tema...
Por alguna razón, Arely tuvo la extraña sensación de que mencionar al conde Bruyne no le había gustado demasiado.
No sabía por qué.
Ni siquiera tenía sentido.
Pero la impresión permaneció allí.
Mientras tanto, el duque permanecía mirando el paisaje exterior con expresión tranquila.
Aunque en cierto momento...
Cuando creyó que Arely no estaba observándolo...
Frunció ligeramente el ceño.
Solo un instante.
Y después volvió a sonreír como si nada hubiera ocurrido.
Lo que no ayudó en absoluto a las sospechas de Arely.
Cuando finalmente divisaron la mansión Bruyne a la distancia, el sol ya había desaparecido por completo.
La noche había caído hacía horas.
Las ventanas iluminadas brillaban entre los árboles como pequeñas estrellas doradas.
Después de tantos días de viaje, la vista resultaba reconfortante.
A diferencia del castillo Fitzpatrick, construido entre hielo y piedra blanca, la residencia Bruyne parecía mucho más cálida.
Más viva.
Había jardines.
Árboles enormes.
Y numerosas luces encendidas incluso a esas horas.
El carruaje cruzó lentamente la entrada principal.
Los sirvientes ya los esperaban.
Y apenas descendieron, un mayordomo de cabello gris se adelantó para recibirlos.
—Bienvenidos a la residencia Bruyne.
Realizó una elegante reverencia.
—Soy el mayordomo principal de la casa.
Arely devolvió el saludo.
—Lady Arely Hoffman.
—Es un honor recibirla.
Luego el hombre saludó también al duque Fitzpatrick.
—Duque Fitzpatrick.
Mylo respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Mayordomo.
El hombre pareció algo apenado.
—Lamento informarles que el conde Bruyne no se encuentra actualmente en la mansión.
Arely se sorprendió.
—¿No está aquí?
—No, lady.
—¿Ocurrió algo?
El mayordomo asintió.
—Un pueblo cercano sufrió una inundación hace dos días.
Arely parpadeó.
—¿Una inundación?
—Sí.
—¿Y el conde fue allí?
—Personalmente.
El mayordomo sonrió con evidente orgullo.
—Su señoría decidió supervisar las ayudas y la reconstrucción inicial.
Arely no pudo ocultar su sorpresa.
Porque aquello no parecía una simple visita protocolaria.
Sonaba como alguien que realmente estaba trabajando en el lugar.
—¿Todavía sigue allí?
—Regresa esta misma noche.
Ella asintió lentamente.
[Solo escuché cosas buenas sobre él...]
Pero aquello superaba incluso los rumores.
Porque la mayoría de los nobles simplemente enviarían dinero.
O administradores.
O funcionarios.
No irían personalmente.
Mientras Arely procesaba aquella información, no notó que Mylo permanecía en absoluto silencio.
Sin embargo...
El duque sí estaba observando.
Y aunque su expresión seguía siendo perfectamente educada...
Sus manos se cerraron lentamente.
Apenas un instante.
Un movimiento tan pequeño que casi pasó desapercibido.
Casi.
Porque él parecía cada vez menos entusiasmado cada vez que alguien hablaba bien del conde Bruyne.
Pero no dijo nada.
Ni una sola palabra.
El mayordomo continuó guiándolos hacia el interior.
La mansión resultó tan elegante como el exterior.
Lámparas cálidas.
Muebles refinados.
Decoraciones de madera oscura.
Todo parecía acogedor.
Después de unos minutos de recorrido, el mayordomo volvió a dirigirse a Arely.
—Lady Hoffman.
—¿Sí?
—Su habitación ya está preparada.
—Muchas gracias.
—Hemos acondicionado una suite junto a las habitaciones privadas del conde.
Arely se sorprendió.
—¿Junto a las habitaciones del conde?
—Así es.
—Oh.
—Su señoría dejó instrucciones especiales para nuestros invitados comerciales más importantes.
Arely asintió educadamente.
—Agradezco la consideración.
El mayordomo sonrió satisfecho.
Pero en ese mismo instante...
Algo ocurrió detrás de ella.
Muy sutil.
Muy pequeño.
Un silencio.
Uno extraño.
Arely giró apenas la cabeza.
Y vio a Mylo.
Sonriendo.
Educadamente.
Perfectamente educado.
Tan educado que resultaba sospechoso.
Porque ella ya comenzaba a reconocer las diferencias.
Y aquella era claramente la sonrisa de alguien que estaba haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse educado.
Afortunadamente para todos...
El mayordomo siguió hablando.
—Y para usted, duque Fitzpatrick.
Mylo volvió la mirada hacia él.
—¿Sí?
—Hemos preparado nuestras habitaciones de honor.
—Entiendo.
—Se encuentran en el ala oeste de la mansión.
El mayordomo sonrió orgullosamente.
—Una zona exclusiva reservada para visitantes de su rango.
Silencio.
—Al otro lado de la residencia.
Más silencio.
—Con absoluta privacidad.
Todavía más silencio.
Arely observó cómo la sonrisa de Mylo se volvía cada vez más perfecta.
Lo cual, extrañamente, no parecía algo bueno.
—Qué considerado —dijo finalmente.
—Nos esforzamos por ofrecer el mejor servicio posible.
—Lo veo.
El mayordomo parecía completamente satisfecho.
Mylo también parecía satisfecho.
Al menos superficialmente.
Pero después de varios días viajando con él, Arely comenzaba a sospechar cuándo algo le molestaba.
Y por alguna razón...
El hecho de que ella estuviera alojada junto a las habitaciones del conde Bruyne...
Mientras él era enviado al extremo opuesto de la mansión...
Parecía no haberle gustado absolutamente nada.
Aunque jamás lo admitiría.
Y ciertamente jamás delante del mayordomo.
Por eso simplemente sonrió.
Con demasiada elegancia.
Y eso hizo que Arely sospechara todavía más.