A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 13 la verdad bajo el sandalo
El jardín se vació lentamente mientras la familia de Ian se alejaba para atender a los demás invitados, dejándolo finalmente solo bajo el arco de glicinas. El silencio, sin embargo, duró apenas unos segundos. Ian no necesitó girarse para saber quién estaba detrás; el aroma a madera quemada y tormenta, aunque ahora más amargo que hace cuatro años, golpeó sus sentidos con la fuerza de un huracán.
Eliah dio un paso fuera de las sombras, su presencia de Delta todavía imponente, pero con una vacilación en sus ojos azules que Ian nunca había visto.
— Ian —dijo Eliah, y su voz sonó como el crujido de una estructura de mármol a punto de colapsar—. Has vuelto.
Ian ni siquiera se movió. Se quedó de espaldas, observando la luna, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de seda.
— He vuelto por mi familia, Eliah. No confundas las cosas —respondió Ian. Su voz era un hilo de terciopelo frío, profesional y distante.
— Necesitamos hablar. Por favor. Estos cuatro años... no ha habido un solo día en que no haya querido encontrarte, saber porque te fuiste —Eliah se acercó un paso más, su desesperación empezando a filtrarse por sus poros.
— No —lo cortó Ian, girándose finalmente. Sus ojos azules, ahora enmarcados por un delineado oscuro que realzaba su palidez, brillaron con una intensidad depredadora—. No vas a venir aquí a recitarme uno de tus discursos. No vas a intentar convencerme de que tus planos eran correctos y que yo fui quien leyó mal la escala.
— Solo escúchame un momento, Ian. No sabía que te ibas a ir así. No sabía que te dolía tanto...
Ian soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que hizo que Eliah se detuviera en seco. El omega dio un paso hacia él, invadiendo el espacio personal del Delta con una audacia que lo dejó sin aliento.
— ¿Que no sabías qué me dolía tanto? —preguntó Ian en un susurro peligroso—. No me dolió que me ignoraras. No me dolió que no me defendieras de tus estúpidos amigos. Lo que me destruyó, Eliah, fue la verdad que soltaste cuando creías que yo no estaba escuchando.
Eliah palideció.
— ¿De qué estás hablando? Esa noche en el bar...
— "The Vault" —escupió Ian, y el nombre del bar pareció una maldición entre sus labios—. Estaba allí, Eliah. Fui a darte una sorpresa porque pensaba que nuestra relación era sagrada. Estaba justo detrás de la columna cuando Rodrigo se burló de mi físico, cuando dijo que yo era "demasiado rígido" para ser un buen omega. Esperé que dijeras algo. Esperé que les cerraras la boca.
Eliah abrió la boca para hablar, pero Ian no le dio tregua. La rabia contenida durante mil cuatrocientos días empezó a desbordarse, llenando el jardín con un aroma a sándalo que ardía como el incienso.
— Pero no lo hiciste —continuó Ian, con los ojos empañados por un brillo de furia y dolor antiguo—. Dijiste que yo era el "destino". Dijiste que era fácil aceptar lo que te toca cuando el otro es tan persistente. Me trataste como a un mueble que venía incluido en el contrato de tu vida. Dijiste que yo era una carga que aceptaste por cansancio, no por amor. Y luego... luego dejaste que esa chica te tocara, diciendo que necesitabas "suavidad" para equilibrar mi rigidez.
El silencio que siguió fue tan pesado que el aire pareció solidificarse. Eliah sintió que el mundo se le venía abajo. Toda la defensa que había construido durante cuatro años, la idea de que Ian simplemente se había asustado o que había buscado su carrera, se evaporó. Había sido él. Sus palabras, su arrogancia, su desprecio.
— Ian... yo... estaba borracho, yo no... —balbuceó Eliah, sintiendo que sus rodillas flaqueaban.
— No me importa si estabas borracho o si intentabas impresionar a esos mediocres —dijo Ian, recuperando su compostura gélida. Se ajustó el cuello de su chaqueta negra, ocultando los tatuajes de su pecho—. Esa noche, en ese bar, me di cuenta de que para ti yo era un diseño aceptable, pero no una obra maestra. Así que me convertí en algo que nunca podrás poseer. Me convertí en una leyenda para que, cada vez que escuches mi voz en la radio o veas mi cara en un edificio de los que tanto te gustan, recuerdes que el omega que despreciaste por "rígido" es ahora el hombre que hace temblar al mundo.
Ian se acercó a su oído, tal como lo había hecho cuatro años atrás, pero esta vez no había despedida, solo una sentencia.
— Tienes un mes para verme caminar por esta ciudad, Eliah. Un mes para recordar cada palabra que dijiste en ese bar. Mírame bien, porque esto es lo más cerca que volverás a estar de la gloria.
Ian se dio la vuelta y se alejó hacia la casa, dejando a Eliah solo en medio del jardín. El Delta se dejó caer en un banco, cubriéndose el rostro con las manos. El eco de sus propias palabras de hace cuatro años regresaba para atormentarlo, y por primera vez en su vida, el gran arquitecto entendió que había diseñado su propio infierno con una precisión absoluta.