Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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1. –La deuda viva
La noche tenía olor a derrota.
Un olor espeso, denso… como sudor viejo, cigarrillos apagados y promesas rotas.
Isabella lo sentía en la piel, como si el aire mismo la envolviera con un presagio que nadie se animaba a nombrar.
Thiago, su pareja, iba y venía por el pequeño departamento como un león enjaulado, murmurando cosas sin sentido, con los dedos manchados de nicotina y el alma desbordada de miedo.
El cenicero rebalsaba.
La ventana seguía cerrada, pero el frío le calaba hasta los huesos. Y no era solo por la temperatura.
—¿Qué hiciste, Thiago? —preguntó por tercera vez, con la voz quebrada.
—Nada que no pueda arreglar… —murmuró él, sin mirarla.
—Estás empapado en sudor. Y son las tres de la madrugada.
El silencio que siguió no fue de él. Fue del pasillo.
Un silencio que escuchaba. Que pesaba. Que traía algo detrás. Pasos. Lentos. Firmes. Inapelables.
El sonido metálico del ascensor subiendo fue como una sentencia que nadie firmó… pero todos conocían. Thiago palideció. —No… no puede ser tan puntual…
Tres golpes. Secos.
La puerta vibró como si tuviera miedo.
Isabella se puso de pie, sobresaltada. —¿Quién es?
—¡Escóndete, Isabella! —suplicó Thiago con voz rota. Pero ella no alcanzó a moverse.
La puerta voló hacia adentro como si fuera de papel. El marco tembló. Un golpe brutal la arrancó de su sitio.
Entraron seis hombres. Todos vestidos de negro. Todos armados.
Todos tatuados con símbolos que no existían en los diarios… pero sí en el infierno. Y detrás de ellos, como una sombra que dictaba la cadencia del miedo, entró él.
Vittorio Romano.
Traje negro. Mirada gris.
Pelo blanco peinado con meticulosa elegancia.
Un hombre que no necesitaba alzar la voz para que temblaran los huesos de quienes lo rodeaban. No traía armas a la vista. No las necesitaba. Él era el arma.
Dueño del casino clandestino más peligroso de "Rocaverde", una ciudad fría con lluvia, bosques y criminales ricos escondidos entre cumbres nevadas y bosques espesos.
El cobrador de las deudas que no se pueden pagar. El hombre que nunca, jamás, perdona.
El cobrador de las deudas que no se pueden pagar. El hombre que nunca, jamás, perdona.
—Thiago Beltrán —pronunció con voz rasposa, como si arrastrara piedras en la garganta—. El juego terminó.
—Por favor… le juro que la plata va a aparecer. Solo necesito tiempo…
—Tu tiempo ya fue.
Thiago se arrodilló. Lloró.
Suplicó.
Se aferró al pantalón del mafioso como un niño perdido.
Isabella gritó, intentó interponerse.
Pero fue sujetada con fuerza por uno de los hombres: un joven alto, de mandíbula marcada y ojos de acero. Silencioso. Implacable. Pero algo en él no era igual a los demás.
Vittorio lo miró con asco.
—Morir llorando… Qué asco de generación. Disparó. Sin mirar.
Una sola bala. Al pecho.
Thiago cayó como una marioneta a la que le cortaron los hilos.
Isabella gritó.
Gritó como si le arrancaran el alma.
El grito fue tan visceral que el eco pareció estremecer hasta las paredes. Pero nadie se inmutó.
Ningún vecino abrió la puerta. Nadie quería ser el siguiente.
Solo el joven que la sujetaba bajó la mirada por un instante. Un segundo. Como si… sintiera algo. Vittorio se acercó a ella.
Isabella temblaba. Lloraba.
Pero su mirada, aunque empañada por el llanto, no bajaba. Lo enfrentaba. Con rabia. Con miedo. Con algo más antiguo que el dolor.
Él la observó en silencio. La luz amarillenta del pasillo caía sobre su rostro. Y algo en sus ojos grises cambió.
—Curioso… —murmuró—. Tienes los mismos ojos que ella. Isabella jadeaba. —¿Qué… qué quiere de mí?
—Pago. —La tomó del mentón con firmeza, sin violencia pero sin opción—. Te llevaré conmigo. Consideralo un saldo parcial de lo que me debía tu querido muerto.
Ella gritó. Forcejeó. Mordió. Clavó las uñas. Pateó.
No era una muñeca rota. Era una fiera acorralada. Pero nadie la ayudó.
Nadie.
En ese edificio, la dignidad ya había sido desalojada hacía mucho tiempo.
La metieron en el auto. Sola, en el asiento trasero.
Y allí, el silencio fue más brutal que todo lo vivido.
Como si el mundo le cerrara la puerta y se quedara mirando desde lejos.
El joven que la había sujetado subió adelante. Manejaba con los nudillos blancos de tensión. No la miraba. Pero tampoco la ignoraba del todo.
Vittorio entró por el otro lado. Se acomodó con elegancia. Exhaló despacio. Como si cada respiración midiera su paciencia.
—No te haré daño, Isabella.
—¿Por qué? —susurró ella, con la voz apagada—. ¿Por qué me estás llevando?
Él la miró por el espejo retrovisor. Pero no era una mirada de poder.
Era la de un hombre viejo que no ha terminado de enterrar a sus muertos. Que arrastra la nostalgia como un grillete.
—Porque te pareces demasiado… a la única mujer que amé.