En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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Capitulo 18: La noche que casi vuelvo
La noche que casi vuelvo
El miércoles por la noche el silencio se volvió demasiado grande.
Lucas se había ido a dormir temprano. El departamento estaba a oscuras excepto por la lámpara del pasillo. Me senté en el sillón con las piernas recogidas contra el pecho y el teléfono entre las manos. No había mensajes nuevos. Solo la pantalla en negro reflejando mi cara cansada.
Habían pasado días desde que bloqueé a Mateo por completo. Días en los que me había sentido más fuerte. Pero esa noche la soledad se filtró por todas las grietas. Extrañé el peso de alguien del otro lado de la cama. Extrañé la costumbre, esa maldita costumbre que todavía me dolía en los huesos.
Sin pensarlo demasiado, desbloqueé su número.
El chat apareció vacío. Me quedé mirándolo varios minutos. Después escribí: "¿Estás despierto?"
No envié el mensaje. Lo borré. Volví a escribirlo. Lo borré otra vez.
Finalmente apagué la pantalla y tiré el teléfono al otro lado del sillón. Me tapé la cara con las manos y lloré en silencio.
Pero el cuerpo no entiende de avances. El cuerpo solo recuerda.
A la mañana siguiente me desperté con los ojos hinchados y un mensaje de Adrián esperándome:
"¿Cómo amaneció el silencio hoy?
Respondí: "Ruidoso. Más de lo normal.
"¿Necesitas compañía o espacio?.
Pensé la respuesta varios segundos.
"Espacio. Pero gracias por preguntar."
"Está bien. Aquí estaré cuando quieras."
Guardé el teléfono y me obligué a levantarme. Lucas salió de su habitación bostezando y se detuvo al verme la cara.
—Lloraste.
—Un poco. La noche se me hizo larga.
Él me dio un abrazo corto pero firme.
—Está bien llorar. No significa que estés volviendo atrás.
Asentí contra su hombro.
A las tres de la tarde el timbre sonó.
Me quedé congelada. Lucas estaba en su habitación con auriculares. El corazón me empezó a latir con fuerza. Me acerqué a la mirilla.
Mateo.
Pero esta vez no parecía cansado ni vulnerable. Tenía una expresión dura, casi furiosa, y algo más detrás de él. Dos hombres. Uno de ellos llevaba una carpeta negra.
Abrí la puerta solo un poco, con la cadena puesta.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.
—Necesito hablar contigo. Y no voy a irme hasta que lo hagamos.
—No tienes derecho a aparecer así.
—Tengo derecho a saber qué carajos pasó, Valeria. —Su voz subió un tono, y los dos hombres detrás de él se movieron un paso más cerca—. Me bloqueaste. Me humillaste. Y ahora tengo a mi socio preguntándome por qué la novia del tipo con el que cerré el trato del semestre desapareció sin explicación.
Me quedé quieta.
—¿De qué estás hablando?
Mateo soltó una risa corta, sin humor.
—No te hagas la tonta. El proyecto Luminova. El que iba a cambiar todo. El que dependía de que tú y yo estuviéramos bien para que mi familia confiara en mí. Ahora me miran como si fuera un idiota que no puede controlar ni a su propia novia.
El nombre me golpeó como un puñetazo.
Luminova.
En mi vida anterior ese nombre nunca había aparecido. O tal vez sí, pero yo estaba demasiado ocupada siendo pequeña como para notarlo.
—No sé nada de ese proyecto —dije con la voz baja—. Y no es mi problema si tu familia te mira raro.
—Pues ahora es tu problema. —Mateo apoyó una mano en el marco de la puerta, y por primera vez vi el anillo oscuro que llevaba en el dedo índice. No era un anillo normal. Tenía un símbolo grabado que no reconocí—. Vas a salir, vas a hablar con ellos, y vas a decirles que fue un malentendido. Que volviste. Que todo está bien.
—No.
La palabra salió sola. Firme. Sin temblar.
Mateo apretó la mandíbula. Uno de los hombres detrás de él dio un paso más cerca.
—Valeria, no seas idiota. Esto es más grande que tú y que yo.
—Entonces debería haberlo pensado antes de meterme en algo que no me correspondía.
—No sabes en lo que te estás metiendo. —Su voz bajó a un tono casi peligroso—. Estos no son tipos con los que se juega. Si les fallas, no te mandan mensajes bonitos. Te rompen.
El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Pero no di un paso atrás.
—Entonces rompe tú lo que tengas que romper. Pero yo no vuelvo.
Mateo me miró como si no me reconociera. Después soltó una risa corta y amarga.
—Vas a lamentarlo.
Se dio media vuelta. Los dos hombres lo siguieron. Pero antes de que desaparecieran por las escaleras, el de la carpeta negra se detuvo un segundo y me miró directo a los ojos.
—Señorita Mendoza —dijo con una calma helada—. Mi nombre es Federico Rivas. Y le sugiero que piense bien con quién se está envolviendo. Porque si mi sobrino tiene razón sobre usted… vamos a tener que conversar.
La puerta se me cerró en la cara sola. Me quedé parada en el umbral, con las piernas temblando, mientras el eco de esas palabras me rebotaba en el cráneo.
Rivas.
Federico Rivas.
Sobrino.
Lucas apareció en ese momento en el pasillo, con cara de preocupación.
—¿Qué pasó? Escuché voces.
Me giré hacia él. Tenía la cara blanca.
—Lucas… ¿Adrián tiene familia? ¿Hermanos? ¿Sobrinos?
Él me miró raro.
—No sé. Nunca me habló de eso. ¿Por qué?
—Porque acaba de aparecer un tal Federico Rivas diciendo que es su tío. Y me acaba de amenazar.
Lucas se quedó quieto. Después cerró la puerta con dos vueltas de llave.
—Cuéntame todo. Desde el principio.
Me dejé caer en el sillón. Las manos todavía me temblaban.
Y por primera vez desde que había despertado en esta nueva vida, entendí algo que me heló la sangre:
Adrián no era solo el hombre del café.
Era algo mucho más grande.
Y mucho más peligroso.