Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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Los dos jugadores
Antes de soltarme la mano, Balkan se giró hacia el rey.
—Majestad, una petición más. Permita que mi prometida se siente a mi lado el resto del banquete.
El rey parpadeó.
—Debo conocerla mejor —continuó Balkan, con una cortesía que sonó extraña en sus labios—. En un mes será mi princesa. No quiero que llegue a mi reino con miedo: quiero que llegue confiada. La visitaré en los días que vienen. Hablaremos. Crearemos un vínculo. Y no pienso desperdiciar ni un solo día… ni un solo minuto.
El rey Aldric sonrió con genuino alivio.
*Por supuesto*, pensó. *¿Qué hombre no cae ante una carita bonita y dulce?* El rudo guerrero se había visto conmovido por la dulzura de la muchacha. Era lo natural.
—Por supuesto, príncipe —dijo el rey—. Siéntense juntos. Que los dioses bendigan este vínculo.
Y así, la corte vio lo imposible: el Demonio de Moldavia apartando la silla para la hija de un conde.
***
Lo que el rey no sabía. Lo que nadie en aquella sala sabía.
Balkan Trudeau no había nacido en la paz. Había nacido en una guerra sin campos de batalla: el harén de su padre, las sonrisas de sus hermanos, el desayuno que podía ser el último, el jardín donde una flecha podía «desviarse», la escuela donde una teja podía caer, el templo donde un cuchillo podía esperar. Había crecido desmenuzando intrigas como otros niños aprenden a leer.
Y había aprendido a devolverlas al doble.
Su padre lo sospechó. Nunca tuvo pruebas. Porque Balkan jamás mató a sus hermanos: **hizo que se mataran entre ellos**. Una carta sembrada aquí. Un susurro allá. Un malentendido regado como una planta hasta que dio su fruto de daga. Seis funerales. Y en ninguno, jamás, nadie pudo señalarlo.
Había vivido toda su vida rodeado de jugadores.
Y los había enterrado a todos.
Por eso, al mirar a Cassandra, y luego a su familia —la madrastra con el abanico roto, la hermanastra que no se atrevía a alzar la vista, el padre con la sonrisa de cera—, lo entendió todo.
Aquella muchacha no le estaba pidiendo protección.
Le estaba pidiendo **ser parte del tablero**.
Y eso era lo mejor que una mujer le había ofrecido en la vida.
***
Me senté a su lado. El salón entero nos observaba con trescientos pares de ojos.
—Finges muy bien inocencia, dulzura y debilidad —dijo él, sin mirarme, alzando su copa como si me cortejara.
Sonreí.
—¿Y usted finge muy bien ser un hombre enamorado?
Balkan giró lentamente el rostro.
—No estoy fingiendo estar enamorado.
—¿No?
—Estoy fingiendo que no me interesa lo que estás haciendo.
Dejé de sonreír durante un segundo.
*Ah.*
El hombre era más peligroso de lo que había calculado.
—Usted tampoco me escogió por mi belleza —dije, recuperando la sonrisa.
—No.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque eres útil.
Tomé un sorbo de vino.
—Qué alivio.
—¿Alivio?
—Me habría preocupado que se hubiera casado conmigo por amor.
Soltó una carcajada.
—¿Y por qué?
Lo miré.
—Porque los hombres enamorados cometen estupideces.
La risa se le apagó en una sonrisa lenta. Bajo sus ojos, las vetas carmesí brillaron.
—Mi padre sospechó lo mismo de mí durante años —dijo—. Nunca encontró pruebas. ¿Sabes por qué?
—Porque nunca usó sus propias manos.
Me miró, entonces, con algo parecido al respeto.
—Una carta sembrada aquí. Un susurro allá. Un malentendido regado hasta dar fruto. Mis hermanos no murieron por mi espada, pequeña condesa. Murieron por las manos del otro. Yo solo… acomodé el escenario.
Lo dijo sin orgullo. Sin vergüenza. Con la calma de quien describe el clima.
—Miré a tu familia en cuanto te arrodillaste —continuó—. La madrastra que ya calcula cómo usar tu dote. La hermanastra que ensaya sus lágrimas. El padre que sonríe al rey mientras cuenta monedas. Tú no quieres matarlos. Quieres que se destruyan entre ellos.
Sostuve su mirada.
—No muestro mis cartas la primera noche.
La sonrisa se le ensanchó.
—Por eso pedí sentarme a tu lado —dijo, bajando la voz—. No para cortejarte. Para mirar el tablero contigo. En Moldavia yo era el único que sabía jugar. Creí que moriría de aburrición en un trono sin rivales.
Alzó su copa. Esta vez sí brindó conmigo.
—Socios, entonces. Cómplices después. Y si el juego sale bien… amantes al final.
Choqué mi copa contra la suya.
—En ese orden —dije—. Y en ningún otro.
Y el Demonio de Moldavia sonrió como un hombre que acaba de encontrar al único jugador de toda la sala.
***
Mañana, al amanecer, mi padre prepararía el castigo de la familia por mi comportamiento «vergonzoso» en el banquete.
Que lo prepare.
Para cuando el sol salga, yo ya estaré volando.
**Día 1: recuperar lo que me pertenece.**