No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
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Destinada a él
La restricción impuesta sobre él era inquebrantable: no podía intervenir en el instante predicho de la muerte de ningún ser. Era una ley anterior incluso a su divinidad. Podía contemplar. Podía prever. Pero no podía alterar el punto final marcado por el tejido del destino.
Y aun así… encontró una grieta.
El colgante de jade con el rubí rojo.
Aquel objeto no era un simple amuleto. Era suyo. Una extensión diminuta de su esencia. Cuando comprendió que no podría detener directamente la primera muerte de Aelina, alteró la forma y el peso del colgante, ajustándolo con precisión divina y colocándolo en el santuario donde ella lo encontraría. No era una intervención directa. Era una posibilidad sembrada.
Una puerta abierta.
Ese gesto fue, al principio, solo gratitud.
Recordaba con claridad el evento del padre CEO de Aelina Moonveil. Antes de que comenzara oficialmente, cuando la música aún no llenaba el salón, él se encontraba atrapado en forma de una pequeña serpiente azul en el jardín. Un contratiempo en su viaje interdimensional lo había dejado vulnerable, reducido a una criatura frágil e indefensa.
Uno de los invitados, arrogante y descuidado, levantó su bastón con intención de partirlo en dos por simple repulsión.
Y fue ella quien intervino.
Sin saber qué era realmente esa serpiente.
Sin saber que estaba tocando a un dios.
Lo protegió.
Ese instante quedó grabado en la memoria inmortal de Lucien. No como un evento trivial, sino como algo que ningún imperio ni ninguna guerra cósmica habían provocado en él antes.
Cuando más tarde utilizó el colgante para alterar apenas el curso de su destino, lo hizo como agradecimiento.
Pero el agradecimiento no es eterno.
El amor sí puede serlo.
Observándola vivir —caer, levantarse, amar, perder, traicionar y ser traicionada— algo en él cambió. Cada vida que ella atravesaba era un recordatorio de su fuerza humana. De su fragilidad. De su capacidad de seguir adelante incluso cuando el mundo la quebraba.
Y ese sentimiento creció.
Silencioso.
Prohibido.
No podía involucrarse amorosamente con ella. Las leyes que lo ataban no solo limitaban su intervención en la muerte, sino también su vínculo directo. Si se unía a ella antes de que el ciclo concluyera, alteraría el destino mayor que la conducía, eventualmente, al mundo que le pertenecía a él.
Por eso no detuvo sus muertes posteriores.
No porque no quisiera.
Sino porque cada final era una puerta hacia su reino.
El cuerpo que utilizaba antes no era completo; era apenas una fracción de su alma-cuerpo verdadero. Una manifestación parcial que le permitía caminar a su lado sin desestabilizar el equilibrio entre mundos.
Ella era libre en cada vida.
Pero también estaba destinada a él.
No por posesión impuesta, sino por convergencia inevitable. Él no interfería en sus amistades, no manipulaba sus elecciones. Pero al tratarse de relaciones él observaba con una mezcla de celos silenciosos y paciencia eterna. Sabía que ninguna unión mortal podría trascender lo que el tiempo mismo estaba construyendo entre ellos.
Sin embargo, en eso él no podía ser paciente.
Si había algo que la eternidad de Lucien no toleraba, era verla en brazos de otro.
Durante sus vidas humanas, cuando algún pretendiente se acercaba demasiado —cuando las miradas se volvían íntimas o las promesas comenzaban a tomar forma— algo oscuro y antiguo despertaba en él como dios ancestro dragón.
No era un arrebato impulsivo.
Era decisión.
Desde las sombras donde observaba con otra identidad, intervenía.
A veces, el pretendiente simplemente desaparecía de su camino. Un traslado inesperado. Una oportunidad en otro país. Un cambio radical de prioridades que lo alejaba para siempre de ella. El hombre despertaba una mañana convencido de que jamás había estado enamorado.
Otras veces, la intervención era más severa.
No dejaba huellas.
No dejaba sospechas.
Solo un destino que se cerraba.
Lucien no necesitaba mancharse las manos de manera burda; era el dios más antiguo de su mundo. Con un susurro en la mente adecuada podía sembrar dudas, miedos o ambiciones nuevas. Con un leve movimiento del destino podía provocar accidentes, ruinas financieras, conflictos inevitables.
Jamás permitía que la tocaran.
Jamás permitía que cruzaran el límite que él consideraba suyo.
Porque en lo más profundo de su naturaleza —más allá de leyes cósmicas y restricciones divinas— había algo primitivo. Dragónico. Territorial.
Aelina no era un trofeo.
Era su elegida.
Y aunque sabía que debía permitir que el ciclo de sus vidas continuara para que ella alcanzara finalmente el mundo que le pertenecía a él, no toleraba la idea de que alguien más reclamara lo que el tiempo había tejido para ambos.
Mientras la abrazaba en la barca, bajo la luz de la luna y el resplandor de los peces brillantes, su expresión era serena.
Pero en su interior habitaba una verdad inquebrantable:
Podía "aceptar" su muerte si el destino lo exigía.
Podía esperar siglos si era necesario.
Podía dividir su alma y caminar incompleto por mundos ajenos.
Lo que no podía aceptar…
Era que otro la poseyera.
Y aunque ella jamás supo cuántos destinos fueron alterados silenciosamente a su alrededor, Lucien lo sabía.
Él era paciente.
Pero no compartía.
El dios ancestro dragón podía destruir mundos.
Pero frente a ella, lo único que deseaba…
era permanecer.
.
.
.
El amor entre Aelina Moonveil y Lucien Duskryn no nació como una llama serena.
Al principio fue incendio.
Hubo pasión antes que calma. Una atracción intensa, casi inevitable, alimentada por la tensión de lo prohibido, por la diferencia entre lo mortal y lo eterno. Cada mirada parecía cargada de electricidad antigua; cada roce encendía algo profundo, primitivo. Él, un dios ancestro dragón con poder suficiente para fracturar mundos. Ella, una mujer que había atravesado seis vidas y aun así conservaba una fuerza indomable.
La pasión era feroz.
Magnética.
Imposible de ignorar.
Lucien le mostraba constelaciones vivas que giraban lentamente sobre torres de cristal eterno, explicándole sus nombres antiguos mientras ella escuchaba con curiosidad humana intacta.
Aelina no se deslumbraba solo por la grandeza.
Se maravillaba por los detalles.
Los jardines flotantes donde las flores cambiaban de color según la emoción del visitante. Los ríos de luz líquida que fluían en silencio entre palacios tallados en piedra celestial. Las criaturas antiguas que inclinaban la cabeza ante Lucien, pero observaban a Aelina con creciente respeto al notar que caminaba a su lado, no detrás.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso