El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
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Capítulo 5: La anatomía del silencio
El motor de la Yamaha negra se apagó con un ronroneo final y un "clic" metálico que rompió la calma del ala este del campus. Ian Thorne se bajó, dejando que el casco colgara del manubrio. El frío de la noche calaba sus pantalones cargo, pero la verdadera inquietud no estaba en la temperatura. Estaba en su pecho.
Miró el post-it amarillo que Sky le había pegado en la mano. Habitación 302. Una invitación directa al caos.
Había pasado la mayor parte del trayecto intentando racionalizar su decisión. "Es por la beca", se repetía. "No podemos arriesgar el 40% de la nota por el cierre de una biblioteca". Pero en el fondo, sabía que no era solo por la nota. Había una curiosidad oscura, una necesidad de entender la ecuación que formaba a Sky. ¿Cómo podía la misma chica que se reía descaradamente de él en el gimnasio ser la misma que dibujaba diagramas de una precisión quirúrgica?
Subió las escaleras a zancadas, intentando ignorar el nudo en su estómago. El edificio de dormitorios de las chicas era territorio prohibido para los atletas de la liga principal a estas horas, pero a Ian siempre se le habían abierto todas las puertas. Esta vez, sin embargo, no quería que nadie lo viera. No por las reglas, sino porque odiaba las explicaciones.
Al pv, Ian era un hombre de muy pocas palabras. Y su lengua, cuando se veía obligado a hablar, era afilada. "Eres un estorbo", "Aléjate de mi espacio". Tenía todo el arsenal listo para cuando Sky intentara, inevitablemente, cruzar la línea de su espacio personal en su propia habitación. Estaba preparado para una leonera, para montañas de ropa, pósters caóticos y música a todo volumen. Esperaba que ella estuviera vestida de forma provocativa, lista para usar el proyecto como una excusa para otro de sus "retos".
Se detuvo frente a la puerta 302. Inspiró hondo, tocó la cadena de plata en su cuello —su tic nervioso, como ella lo había llamado con esa agudeza molesta— y llamó a la puerta.
—Pasa, está abierto —la voz de Sky sonó desde dentro, pero no era su habitual tono alto y coqueto. Sonaba... concentrada.
Ian giró el pomo y empujó la puerta. Y se quedó petrificado en el umbral.
Lo que vio lo dejó mudo. El espacio no era una leonera. Era un estudio.
Las tres camas de las amigas de Sky estaban perfectamente hechas, con fundas neutras. La pared principal no tenía pósters de bandas, sino una gigantesca pizarra blanca cubierta de fórmulas, esquemas óseos y fechas de entregas. La mesa de dibujo profesional que ella había mencionado no era una simple mesita; era un equipo de nivel arquitectónico, inclinado en el ángulo perfecto, iluminado por una lámpara de luz fría que proyectaba sombras nítidas.
El aire no olía a perfume barato ni a desorden; olía a café fuerte y papel de calcar.
Sky estaba sentada en la silla alta de la mesa de dibujo. Llevaba unos lentes de lectura que la hacían ver extrañamente formal y una sudadera gris oversize que cubría todo su cuerpo. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado, con un lápiz clavado en él.
—Tardaste —dijo ella, sin levantar la vista. Sus dedos largos y finos manejaban un compás de precisión sobre un plano de la pelvis humana. No había rastro de la sonrisa depredadora. Estaba en modo "genio".
Ian cerró la puerta a sus espaldas, todavía procesando la escena. Caminó lentamente por la habitación, sintiendo que sus prejuicios se desmoronaban. Esperaba el desastre, y había encontrado el orden.
—Tu habitación... —empezó Ian, su voz sonando más seria y reservada de lo habitual en privado.
—...no es el caos que esperabas, ¿verdad? —Sky finalmente levantó la vista, ajustándose los lentes—. El caos es divertido para vivir, Thorne. Pero el conocimiento requiere disciplina. Mis amigas son las locas, yo solo... soy el motor que las mantiene en marcha. El café está ahí. Sírvelo tú mismo, no me gusta que toquen mi cafetera.
La última frase lo descolocó. Ella, la chica que le había dicho que le encantaba el contacto, ahora marcaba una frontera. Ian se sirvió el café en una taza negra, agradeciendo el aroma familiar.
—Bien —dijo él, acercándose a la mesa de dibujo, pero manteniendo su regla de oro: el metro de distancia—. ¿Por dónde empezamos?
Durante las siguientes tres horas, la habitación 302 fue el escenario de una sinergia perfecta. No hubo bromas, no hubo coqueteos, no hubo "garras". Solo dos mentes brillantes trabajando al unísono. Ian aportaba la visión clínica y la experiencia en el campo de un atleta; Sky, la estructura física y la biomecánica pura.
—Si el impacto es lateral, el maléolo externo actúa como palanca —decía Ian, señalando un punto en el diagrama.
—Exacto. Pero la rotación es lo que realmente lo destroza. Necesitamos calcular el vector aquí —respondía Sky, trazando una línea perfecta.
Eran las dos de la mañana cuando terminaron la primera fase del proyecto. La entrega estaba lista, y era impresionante.
El acercamiento accidental
Ian cerró su cuaderno, sintiendo el cansancio por fin.
—Buen trabajo, Sky. Realmente eres... brillante —admitió, permitiendo que un atisbo de sinceridad se colara en su voz reservada.
Sky se quitó los lentes y se estiró, soltando un bostezo. Al hacerlo, el lápiz que sostenía su moño se deslizó y su cabello negro cayó en cascada. El movimiento fue tan repentino que ella perdió el equilibrio en la silla alta.
—¡Cuidado! —exclamó Ian.
Por puro instinto de protección, Ian se abalanzó hacia ella. La atrapó justo antes de que cayera, rodeando su cintura con ambos brazos. Sky, a su vez, agarró sus hombros para estabilizarse.
El tiempo se detuvo.
La respiración de Ian se cortó. Su regla de oro había sido violada de la forma más directa posible. No era él quien había iniciado el toque. Ella lo estaba tocando. Sentía el calor de sus manos a través de su playera negra, y él la estaba sosteniendo, apretando su cuerpo contra el de él. Podía oler su perfume de cereza mezclado con el café, y estaba tan cerca que podía ver los destellos rojos en sus ojos carmesí.
Por dentro, Ian estaba en pánico. Su aversión al toque era visceral, pero algo en la mirada de Sky en ese momento, tan vulnerable y sorprendida, lo paralizó. Ella, por primera vez, parecía no saber qué decir. Su descaro habitual se había evaporado ante la realidad del contacto.
Fueron solo tres segundos, pero parecieron una eternidad. El silencio en la habitación era ensordecedor.
Finalmente, Ian, con un esfuerzo supremo, la soltó. Dio tres pasos rápidos hacia atrás, como si ella fuera ácido. Su mandíbula estaba tan apretada que le dolía.
—Lo siento —dijo él, su voz era ahora un susurro gélido y seco, lleno de la frialdad que reservaba para su "pv"—. No debería haberlo hecho. Fue... instinto. Me voy.
Recogió sus cosas con movimientos mecánicos, sin volver a mirarla. Salió de la habitación 302 a zancadas, cerrando la puerta con un golpe demasiado fuerte. No se detuvo hasta llegar a su motocicleta, donde su corazón latía con una violencia que no tenía nada que ver con el ejercicio. Ella lo había tocado. Y lo peor... lo peor es que él la había sostenido.
La semana del hielo
Al día siguiente, Ian Thorne llegó al campus con la máscara del "chico de oro" perfectamente ajustada. Sonrió a todo el mundo, bromeó con sus compañeros y se preparó para el inevitable asalto de Sky en la cafetería. Sabía que ella usaría el incidente de la noche anterior como munición. Se preparó mentalmente para sus burlas y su cercanía excesiva.
Pero Sky nunca apareció.
La vio en clase de Ética. Ella estaba sentada con sus tres amigas, riendo y gesticulando de forma descarada, como siempre. Pero cuando Ian pasó cerca de su mesa, Sky ni siquiera levantó la vista. Actuó como si él fuera aire. Como si el chico que la había sostenido en sus brazos unas horas antes no existiera.
Pasó un día. Pasaron dos. Pasó la semana.
En Anatomía II, se sentaron en sus respectivas esquinas. El proyecto estaba entregado, y Garrick había felicitado a la pareja por la calidad del trabajo. Pero cuando el profesor les pidió que discutieran el siguiente tema, Sky se limitó a pasarle una hoja de notas y dijo con una voz fría y profesional, sin mirarlo:
—Ahí están las líneas que nos tocan. Si tienes una objeción clínica, me lo dices.
Era la primera vez que ella usaba la palabra "profesional". Y fue la última que le dirigió en toda la semana.
Ian Thorne, el chico con mucho humor en público, empezó a perder la paciencia. La personalidad cambiante de Sky, el enigma que tanto lo intrigaba, se había vuelto un muro de hielo impenetrable. Ella ya no lo seguía con la mirada en el gimnasio, ya no intentaba romper su espacio personal, ya no lo provocaba. Era una extraña descarada que se reía de todo, menos de él.
Lo que más le irritaba no era el rechazo —él lo usaba a diario—, sino el silencio. Sky era una locura que requería atención, y ahora que ella se la negaba, Ian se sentía... incompleto. No sabía qué le pasaba a "la loca". ¿Era por el toque? ¿Había cruzado él una línea que ella no esperaba? ¿O simplemente se había aburrido de su reto?
Ian Thorne no decía nada al respecto en público. Mantenía su sonrisa carismática y su humor ligero. Pero por dentro, la lengua afilada de su "pv" estaba en blanco, sin saber qué decir para recuperar la atención de la única persona que había logrado asustarlo con un simple contacto accidental. El silencio de Sky era la anatomía de un enigma que Ian, por primera vez, no estaba seguro de poder resolver.