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13: el vestido roto
Los preparativos de la boda avanzaban como un reloj suizo: preciso, caro y sin margen para errores. Minji se había convertido en el centro de todo. Desde su mansión en Azabu dirigía un equipo de wedding planners, floristas importados de Holanda, chefs franceses que volaban exclusivamente para probar menús y diseñadores que traían muestras de telas desde Milán cada dos días. Ella aprobaba cada detalle: la disposición de las mesas en el salón imperial del Eclipse Grand, los arreglos de orquídeas blancas que costaban más que un auto de lujo, la lista de canciones para el cuarteto de cuerdas durante la ceremonia en el Santuario Meiji.
Pero nada era suficiente.
Esa mañana, en el atelier privado que habían montado en la tercera planta de la mansión, Minji se probaba el vestido de novia por tercera vez en la semana. Era una pieza única: seda duquesa marfil con encaje francés hecho a mano, escote ilusión, cola de tres metros que caía como agua. La modista principal —una mujer de sesenta años con manos temblorosas por los nervios— ajustaba el dobladillo mientras Minji giraba frente al espejo de tres cuerpos.
Entonces pasó.
Un alfiler mal colocado se soltó. El encaje del corpiño se enganchó en el borde de la mesa auxiliar. Se oyó un rasgón seco, pequeño pero definitivo. Un hilo suelto se convirtió en una carrera de diez centímetros en el panel lateral.
El silencio fue absoluto.
Minji miró el espejo. Luego a la modista.
Luego explotó.
—¿Cómo es posible que una profesional como tú no sepa sujetar un maldito alfiler? —gritó, la voz subiendo de tono hasta volverse aguda—. ¿Sabes cuánto cuesta este vestido? ¿Sabes cuánto tiempo tardaron en bordarlo a mano? ¡Eres una inútil!
La modista retrocedió un paso, pálida.
—Señora Takahashi, fue un accidente… lo arreglamos en una hora, se lo juro…
Minji se acercó, el vestido aún puesto, la cola arrastrándose por el suelo.
—¿Una hora? ¿Crees que voy a esperar una hora porque tú no sabes hacer tu trabajo? —Levantó la mano y le dio una bofetada abierta que resonó en la habitación. La modista se llevó la mano a la mejilla, los ojos llenos de lágrimas—. ¡Fuera! ¡Todas fuera! ¡No quiero verlas aquí hasta que traigan un vestido nuevo que no esté arruinado por incompetentes!
Las tres asistentes y la modista salieron corriendo, casi tropezando entre ellas. Minji se quedó sola frente al espejo, respirando agitada. Se miró. El rasgón era visible, pero no irreparable. Aun así, las lágrimas de rabia le brillaron en los ojos. No por el vestido. Por el control que se le escapaba cada día que pasaba.
Sauching no había preguntado ni una vez por los preparativos. Solo asentía cuando ella le mandaba fotos o actualizaciones por mensaje. “Perfecto”, respondía. O “adelante”. Nada más.
Mientras tanto, en el penthouse, Sauching seguía trabajando sin pausa. Llamadas a las seis de la mañana, reuniones virtuales hasta medianoche, viajes relámpago a Seúl para cerrar una adquisición de hoteles boutique. Su fortuna crecía en silencio, como siempre.
Pero no olvidaba a Yougmin.
Cada pocos días, una transferencia aparecía en la cuenta del chico: cantidades generosas, sin explicación. “Para lo que necesites”, decía el concepto. Yougmin ya no protestaba. Usaba algo para ropa, comida, libros. El resto lo dejaba acumularse. No quería sentirse más comprado de lo que ya se sentía.
Una noche, Sauching llegó con una caja negra envuelta en lazo rojo. La dejó en la mesa del comedor sin ceremonia.
—Ábrela.
Yougmin obedeció. Dentro había un conjunto de lencería negra: corpiño de encaje transparente con tirantes finos, tanga a juego, medias de liga con bordes de satén. Todo delicado, caro, diseñado para resaltar cada línea del cuerpo.
Sauching se sentó en el sofá, piernas abiertas, mirada fija.
—Póntelo.
Yougmin no dudó. Fue al dormitorio, se cambió. Cuando salió, la luz tenue del apartamento hacía que el encaje pareciera una segunda piel oscura. El corpiño le apretaba la cintura, dejando ver los pezones a través de la tela. Las medias subían hasta medio muslo, la liga tensa contra la piel.
Sauching no dijo nada al principio. Solo lo recorrió con la mirada, lento, hambriento.
—Ven.
Yougmin se acercó. Sauching lo tomó por la cintura y lo sentó a horcajadas sobre él. Las manos subieron por la espalda, sintiendo el encaje bajo los dedos. Bajaron hasta las caderas, apretando la tela contra la piel. Yougmin jadeó cuando Sauching tiró de la tanga hacia un lado con un dedo, rozando justo donde más lo necesitaba.
La noche se volvió más sensual que nunca. El encaje rozaba con cada movimiento, el satén de las ligas se tensaba y soltaba, el corpiño se arrugaba bajo las manos de Sauching. Yougmin se movía encima, lento al principio, luego más rápido, dejando que el placer lo recorriera en oleadas calientes mientras Sauching lo observaba, lo tocaba, lo llevaba al límite sin prisa. Cuando llegaron juntos, fue con un gemido compartido, el encaje húmedo y arrugado, los cuerpos temblando pegados.
Después, tendidos en el sofá, Yougmin apoyó la cabeza en el pecho de Sauching.
—Quiero trabajar —dijo de repente.
Sauching alzó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque me aburro aquí solo todo el día. No quiero ser solo… esto. Quiero hacer algo. Ganar algo yo.
Sauching lo miró un momento largo.
—Está bien. Pero nada peligroso. Nada que te exponga.
Yougmin asintió.
Dos días después, empezó a trabajar como mesero en un restaurante de la cadena Lumière. Era uno de los más discretos: Lumière Noir, en Ginza, ambiente íntimo, clientela de alto poder adquisitivo pero sin flashes. Mesas separadas por biombos, luz baja, jazz suave de fondo.
Yougmin llevaba el uniforme negro impecable: camisa blanca ajustada, chaleco, pantalón recto. Servía platos con precisión, sonreía lo justo, respondía con voz calmada. Nadie sabía quién era. Nadie preguntaba.
Pero el restaurante pertenecía a la familia de Minji.
Y Minji, aunque no lo sabía aún, tenía a su futuro esposo y a su amante bajo el mismo techo corporativo.
Yougmin no lo pensó demasiado. Solo quería sentir que tenía algo propio. Algo que no dependiera completamente de Sauching.
Mientras servía una mesa de cuatro ejecutivos, miró por la ventana hacia la calle iluminada. La boda estaba a dos semanas.
Y él seguía allí, sirviendo vino caro a desconocidos, esperando la próxima llamada de Sauching.
Sin saber cuánto tiempo más duraría esa espera.