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MAGIK ZAGA

MAGIK ZAGA

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Acción / Completas
Popularitas:796
Nilai: 5
nombre de autor: GS Universe

Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.

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La Trampa

La noche en Tésseris olía a hierro y a miedo contenido. Edran no pudo soportar la idea de que Ran muriera al amanecer y, con Mara y Lira a su lado, urdió un plan rápido: infiltrarse en la prisión aprovechando la oscuridad y la confusión de los guardias tras la llegada de los cargueros. Avanzaron entre sombras, esquivando patrullas y usando atajos que Mara conocía por su oficio. Al doblar un pasillo, se toparon con Jack, un guerrero de porte imponente y habilidad letal, al nivel de Sir Fried; su llegada fue un muro de acero que cortó cualquier esperanza de sigilo.

El choque fue inmediato. Jack no dio tregua: sus movimientos eran precisos, su espada una extensión de su voluntad. Edran y Mara lucharon con todo lo que tenían, pero Jack llevaba ventaja; cada ataque suyo parecía anticipar una respuesta. Fue entonces cuando la marca de Amaranto en la Daga Lunar volvió a vibrar con una intensidad que Edran no había sentido antes. La RESONANCIA lo atravesó por segunda vez: la visión se agudizó, los sonidos se ralentizaron y la daga respondió como si conociera el ritmo de su sangre. Con una serie de movimientos que parecieron coreografiados por el destino, Edran rompió la defensa de Jack y lo dejó tendido, derrotado.

Aprovecharon la apertura y liberaron a Ran de la jaula. El joven, débil pero vivo, los miró con ojos que mezclaban culpa y alivio. No hubo tiempo para palabras: los guardias de Tésseris, alertados por el combate, los rodearon en cuestión de minutos. Fueron capturados y conducidos ante la jefa en la plaza, esposados y humillados, mientras la multitud se agolpaba para ver el espectáculo. Edran, con la respiración aún agitada por la resonancia, señaló el collar que habían entregado antes; la intención era mostrar que traían un presente, una prueba de su cumplimiento.

Cuando la jefa tocó el collar para comprobarlo, algo antiguo y oscuro se activó. Un runario oculto en el metal brilló con una luz verdosa y un susurro recorrió la plaza como un viento que no viene del aire. El hechizo, hasta entonces dormido, se desató: del collar brotaron sellos que se elevaron y se esparcieron por la ciudad como semillas de sombra. En segundos, bestias misteriosas —criaturas hechas de humo, espinas y ojos que no pertenecían a ningún animal conocido— comenzaron a materializarse en las calles. Gritos, caos y el choque de armas llenaron el aire.

La jefa intentó ordenar a sus tropas, pero la magia no obedecía a órdenes humanas: las criaturas atacaban sin distinción, devorando puertas, derribando murallas y sembrando pánico. La jefa, firme en su trono improvisado, anunció la sentencia con voz que no admitía réplica: ejecución por terrorismo. El frío de esas palabras caló más hondo que cualquier herida; por un momento, los tres sintieron que todo lo que habían hecho para ayudar se volvía en su contra.

Los guardias que los habían apresado se vieron obligados a soltar a los prisioneros para intentar contener la oleada; la plaza se convirtió en un campo de supervivencia improvisado. Edran, Ran, Mara y Lira se encontraron de nuevo libres por necesidad, no por clemencia, y en medio del estruendo comprendieron que la amenaza había cambiado de rostro: ya no eran solo hombres los que codiciaban reliquias, sino fuerzas que usaban esos objetos para desatar horrores.

Sin tiempo para planear, los cuatro se reagruparon. La resonancia aún palpitaba en Edran como un tambor en la sien; Lira apretó el anillo y buscó invocar lo que pudiera contener la marea; Mara ajustó la Lanza de Dragón y se preparó para abrir paso. La ciudad ardía en fragmentos y, entre el humo y las sombras, la Piedra Magma —o lo que quedaba de ella— brillaba con un latido que parecía llamar a algo aún mayor. La noche se cerró sobre Tésseris en un rugido de bestias, y los jóvenes supieron que la huida no bastaría: debían detener la fuente de aquel mal, o la guerra y la destrucción se convertirían en un fuego que nadie apagaría.

No hubo tiempo para resignarse. Las bestias liberadas por el collar, que habían sembrado el caos, surgieron de las sombras y de los rincones de la ciudad como si el metal hubiera sido una semilla: criaturas de humo y espinas, ojos que brillaban con hambre y garras que desgarraban la madera y la piedra. El pánico se desató. Familias corrieron en busca de refugio, gritos y órdenes se mezclaron en un clamor que llenó el aire. Muchas casas se vinieron abajo; algunos no tuvieron tiempo de escapar. La plaza, que minutos antes había sido tribunal, se convirtió en campo de batalla.

Edran, Lira y Mara, que hasta entonces habían permanecido en la periferia, no dudaron. Junto a Ran, que aún llevaba la culpa y la fatiga en el rostro, se lanzaron a contener la oleada. No era una lucha por gloria sino por supervivencia: formaron una línea improvisada, cubrieron a los civiles que huían y atacaron con la desesperación de quien no tiene otra opción. Cada bestia que caía dejaba tras de sí un rastro de ceniza y escombros; cada rescate costaba sangre. La ciudad pagó un precio alto: hubo muertos, hubo hogares reducidos a ruinas, hubo niños que perdieron la mirada de seguridad que antes tenían.

En medio del caos, el sacerdote de Tésseris apareció en la plaza con la sotana manchada y los ojos encendidos por una resolución que no admitía dudas. Reunió a los pocos fieles que quedaban y, con manos que temblaban por la edad y por la solemnidad del acto, comenzó un rito antiguo. El Escudo de la Aldea, un artefacto que había protegido a Tésseris durante generaciones, fue colocado en el centro del círculo. El sacerdote habló palabras que sonaban a despedida y a súplica, y cuando rompió el sello que contenía la energía del escudo, una onda de luz pura se extendió como una marea. Las bestias, al contacto con esa radiación, se desintegraron en una lluvia de polvo y chispas; sus formas se disolvieron como si nunca hubieran sido. La plaza quedó cubierta de ceniza y silencio, pero el precio fue terrible: el escudo quedó hecho añicos y el sacerdote cayó, exhausto, como si hubiera entregado no solo un objeto sino su propia fuerza vital.

El alivio que siguió fue breve. Donde la protección había contenido la magia, ahora había un vacío que alguien supo aprovechar. Sir Fried apareció entonces, no como un salvador sino como una constatación de poder. Su llegada fue silenciosa; su figura, recortada contra la luz mortecina de la plaza, irradiaba una calma que helaba. No habló al principio; dejó que la escena hablara por él: aldeanos temblando, casas destruidas, cuerpos tendidos. Sus ojos recorrieron a los presentes con la precisión de quien evalúa piezas en un tablero.

Edran, aún con la resonancia latiendo en el pecho, sintió la daga vibrar con una advertencia. Ran, cerca, miraba con la mezcla de culpa y alivio que lo había acompañado desde que la Piedra Magma había cambiado su destino. Mara y Lira se mantuvieron en guardia, conscientes de que la presencia de Sir Fried no traía consuelo. Los aldeanos, por su parte, se dividieron entre quienes veían en los jóvenes a culpables que debían pagar y quienes, con la mirada empañada por la pérdida, reconocían que la amenaza había venido de manos que manipulaban objetos antiguos.

El sacerdote, tendido y débil, fue recogido por algunos aldeanos; el escudo, aunque roto, había cumplido su propósito. Pero la sensación que quedó en la plaza fue la de que la guerra no había terminado: se había transformado. Las reliquias, las manos que las codiciaban y los hombres que las usaban para sembrar miedo eran ahora el verdadero enemigo. Sir Fried, con la serenidad de quien no necesita alzar la voz para imponer su voluntad, se acercó a la jefa y habló en un tono que nadie más oyó con claridad. Sus palabras fueron una sombra sobre la esperanza: la ciudad había sido salvada, sí, pero a un costo que abría la puerta a nuevas exigencias.

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AJRR
la aventura en ese bosque está a tope. Veamos que siguie.
AJRR
Ese bosque es una gran idea en la creación de la historia, me gustó mucho. También me encantó la zalamander. Esa espada suena a una carta de Yu Gi Oh. jajajaja
yua megumi
La terminé dn dos dias necesito maaaas
AJRR
Revelación reveladora me quede como wou owu wou.
GS Universe: de verdad, muchas gracias
total 3 replies
AJRR
Gran propuesta la tuya en este novela muy bien hecho compañero escritor.
GS Universe: muchas graciass
total 3 replies
M.F. Lawren
me gustó mucho sigue así
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