TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 14
El corsé ceñía mi figura con precisión, mientras la falda caía en capas asimétricas, adornadas con delicadas cadenas, filigranas y ornamentos que evocaban tanto nobleza… como peligro.
Las telas se movían con cada paso como sombras vivas.
Sutiles.
Hipnóticas.
Los accesorios… perfectamente elegidos.
Joyas oscuras.
Detalles en plata envejecida.
Zapatillas a juego que apenas se asomaban bajo la caída del vestido.
Mi cabello rosa, recogido con elegancia, contrastaba con la profundidad de la vestimenta, dándome un aire que no era completamente humano…
ni completamente vampírico.
Me miré en el espejo.
Y por un instante…
sonreí.
Cuando salí…
Cassian ya me esperaba.
Vestido con un traje negro impecable, con detalles rojos que combinaban perfectamente con mi atuendo. Su presencia era, como siempre, dominante… pero había algo distinto.
Muy distinto.
Cuando sus ojos se posaron en mí…
no hubo frialdad.
No hubo distancia.
Solo…
calidez.
Una calidez profunda.
Sincera.
Llena de amor.
Y eso…
era algo que todos notaban.
Algo que nadie podía ignorar.
El Duque Cassian Bloodthorn…
el hombre más frío del imperio…
había cambiado.
Y el motivo…
estaba frente a él.
Se acercó.
Tomó mi mano con suavidad.
Y la besó.
Sin prisa.
Sin ocultarlo.
—Te ves perfecta… —murmuró.
Me sonrojé ligeramente.
—Tú tampoco te quedas atrás… —respondí.
Sus labios se curvaron en una sonrisa leve.
Real.
No calculada.
No fingida.
El carruaje nos esperaba.
Subimos juntos.
.
.
.
Cuando finalmente llegamos al palacio imperial…
descendimos.
Las enormes puertas del salón real permanecían cerradas.
Imponentes.
Majestuosas.
Un guardia dio un paso al frente.
Golpeó el suelo con su lanza.
Y con una voz firme, que resonó en todo el lugar, anunció:
—¡El Duque Cassian Bloodthorn…!
Hubo una breve pausa.
El aire pareció tensarse.
—¡Y la Duquesa Aelina Bloodthorn!
El eco de nuestros nombres se extendió por el salón incluso antes de que las puertas se abrieran.
Un instante después…
las grandes puertas se abrieron.
Lentamente.
Revelando el interior.
Los nobles ya estaban ahí.
Observando.
Analizando.
Susurros recorrieron el lugar en cuanto entramos.
Pero no eran como antes.
No eran solo críticas.
También había sorpresa.
Asombro.
Porque no era solo la “plebeya” que se había convertido en duquesa.
Era…
el cambio en él.
Las miradas se dirigían a Cassian.
Y luego a mí.
Una y otra vez.
Como si no pudieran comprenderlo del todo.
Como si no encajara con la imagen que tenían de él.
Pero Cassian…
no soltó mi mano.
Ni por un segundo.
Al contrario…
la sostuvo con más firmeza.
Y me acercó ligeramente a él.
Como si quisiera que todo el imperio lo viera.
Como si no le importara nada más.
Porque en ese momento…
para él…
yo era lo único que existía.
Apenas dimos unos pasos dentro del salón…
los nobles se lanzaron hacia nosotros.
Sonrisas elegantes.
Palabras medidas.
Halagos disfrazados de curiosidad.
Todos querían hablar.
Todos querían ver de cerca a la nueva duquesa.
A la mujer que había cambiado a Cassian Bloodthorn.
Pero entonces…
el ambiente cambió.
Como una ola que se retrae ante algo más grande.
Más imponente.
El murmullo se apagó.
Los nobles se apartaron.
Y en medio del camino…
apareció él.
El emperador Vladir Noctharys.
Un hombre apuesto, de cabello rojo intenso, con una presencia dominante que exigía respeto sin necesidad de alzar la voz.
A su lado…
la emperatriz.
Una mujer de belleza impecable, de cabellos dorados y porte refinado.
Fría.
Distante.
Los nobles se inclinaron de inmediato.
Uno tras otro.
Como si el aire mismo los obligara.
Yo…
Aunque no quería...
iba a hacer lo mismo.
Pero antes de que pudiera moverme—
Cassian detuvo mi gesto.
Su mano sobre la mía.
Firme.
Silenciosa.
—No es necesario —murmuró apenas.
Mis ojos se alzaron levemente.
Y entendí.
El emperador se acercó a nosotros con una gran sonrisa.
—Duque Bloodthorn… —dijo con cordialidad—. Y por supuesto… duquesa. Mis más sinceras felicitaciones.
Su voz era amable.
Impecable.
Pero yo lo sabía.
Bajo esa sonrisa…
había molestia.
Una irritación contenida.
Por nuestra falta de reverencia.
Por no inclinarnos ante él.
Y aun así…
no dijo nada.
Porque también sabía algo.
Algo que pocos se atreverían a admitir.
El poder de Cassian…
no era menor al suyo.
Quizás…
ni siquiera comparable.
Y aunque él jamás lo diría en voz alta…
yo lo recordaba.
Lo sabía mejor que nadie.
Vladir Noctharys no era un emperador por linaje…
sino por sangre derramada.
Por traición.
Con el pasado que aún ardía en mi memoria...
él no me había reconocido.
Conversamos unos minutos.
Palabras vacías.
Cortesía.
Tensión disfrazada.
Hasta que…
sentí el hambre.
Una ligera molestia en mi interior.
—Iré por algo de comer —le dije a Cassian en voz baja.
Él frunció apenas el ceño.
—Voy contigo.
Pero antes de que pudiera moverse—
—Duque —intervino el emperador—, aún no hemos terminado.
Cassian lo miró.
Yo intervine suavemente.
—No te preocupes… no tardaré.
Dudó.
Un segundo.
Luego asintió, aunque claramente no le agradaba.
Me alejé.
Entre miradas.
Entre susurros.
Pero no era solo el hambre…
también era él.
La sola presencia de Vladir Noctharys…
hacía que algo oscuro se agitara en mi interior.
Un impulso de matarlo ahí mismo recorriendo todo mi cuerpo.
Uno que tuve que contener.
Llegué a la mesa de aperitivos.
Probé algunos.
Delicados.
Exquisitos.
Sonreí levemente.
Pero no duró mucho.
Porque no estaba sola.
Tres damas nobles se acercaron.
Elegantes.
Perfectas.
Sonrisas falsas.
Una de ellas dio un paso al frente…
y fingió tropezar.
El vino se derramó.
Directo sobre mí.
Mi rostro.
Mi vestido.
Pude esquivarlo.
Fácilmente.
Pero no lo hice.
Porque en ese instante…
lo vi como una oportunidad.
—Oh… lo siento tanto… —dijo la joven, fingiendo diculparse.
Pero su tono…
su mirada…
la delataban.
Se estaban burlando.
De mí.
De la “plebeya”.
Los susurros comenzaron.
Rápidos.
Crueles.
Dirigidos a mí.
Pero no reaccioné.
No como esperaban.
Entonces…
una mano cálida tomó mi brazo.
—Oh, querida… —dijo una voz suave y agradable—. Ven conmigo.
Volteé.
Una mujer tan hermosa de cabello rojo y ojos del mismo tono me sonreía con naturalidad.
Su vestido era elegante.
Impecable.
Pero su expresión…
no era falsa.
—Deja que esta hermana te ayude a cambiarte —añadió con una sonrisa.
Y sin darme tiempo a responder…
me guio fuera del salón.
Lejos de las miradas.
Lejos de los susurros maliciosos.
Pero no lejos de mi objetivo.
Porque en el fondo…
esa “accidental” humillación…
había abierto exactamente la puerta que necesitaba.