Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 3: Julián
...Julian...
Si mi hermana Sofía es el acero frío que protege nuestra finca desde la lógica, yo soy el pulso estratégico que mantiene la maquinaria del mundo real en movimiento. Ella vibra en la frecuencia de los isótopos; yo opero en la frecuencia del instinto. Heredé de mi padre, Ricardo, esa astucia salvaje que lo llevó a la cima de Forbes. Suelo ser un sistema blindado. Solo dejo entrar a quien considero una pieza útil en mi tablero, y hasta ahora, la lista es extremadamente corta.
Me ajusté el reloj, sintiendo el peso del metal en mi muñeca mientras observaba la silueta de la chica que aún se aferraba a las sábanas de mi cama. La luz de la mañana filtrándose por las persianas del apartamento en la ciudad dibujaba líneas de sombra sobre su espalda, pero yo no sentía la calidez del sol, solo la urgencia de la próxima jugada.
—Me voy —solté. Mi voz sonó más pesada de lo que pretendía.
—¿Y si te quedas un poco más, Julián? —Micaela se incorporó, mirándome con una mezcla de deseo y súplica. Sus ojos buscaban algo en mí, una chispa de ternura o una promesa de regreso, algo que yo simplemente no estaba dispuesto a entregar. Para mí, ella era un paréntesis, un momento de distracción en una agenda que no permitía errores.
—No tengo tiempo. Sabes de qué va esto, ¿cierto? —La miré fijamente. Mis ojos, que esa mañana se tornaban de un ámbar oscuro, casi como miel quemada, la silenciaron de inmediato. Ella bajó la vista, asintiendo, queriendo decir más, pero mi presencia limitante no le permitía respirar, mucho menos protestar.
No soy un hombre de despedidas largas. En mi mente solo existe un propósito: el fin de mis pruebas finales. Nadie en la familia sospecha que mientras estudio medicina, cumpliendo con el legado de sanación de mi madre Valentina, he estado cursando en paralelo la carrera de administración empresarial. Para una mente como la mía, nadar en dos polos opuestos es un juego de niños. Amo la medicina, me apasiona la complejidad del cuerpo humano, pero mi ambición interior me exige construir mi propio imperio. Mi meta es fundir ambas ramas en una sola fuerza imbatible.
Mientras estoy lejos de las Tierras, mis "peculiaridades" se minimizan, pero nunca mueren. Están ahí, latentes, como brasas bajo la ceniza. A veces olvido que no soy un humano común. Esta mañana, mientras me servía el café hirviendo, una gota cayó sobre mi mano; no hubo ampolla, ni dolor, solo una sensación de familiaridad. No me quemo con facilidad; puedo sentir el calor de una llama y abrazarla como si fuera parte de mi piel. A mis pasos, cuando camino por el campus, el césped parece cobrar una vida, creciendo con urgencia y el agua de las fuentes... el agua fluye o se estanca según el caos de mi humor.
He aprendido a ignorarlo, a fingir que soy solo un estudiante brillante de porte escultural que vuelve locas a las chicas y despierta la envidia de los profesores, pero el poder me quema por dentro. Es un fuego que pide ser liberado.
Faltan dos semanas para graduarme en administración y cuatro para medicina. Terminaré antes que cualquier otro de mi edad, rompiendo récords, pero no pienso volver a casa todavía. Tengo un plan que ni siquiera mi padre, con toda su experiencia, vería venir. Él espera que regrese a la finca a ser el médico de la familia; yo planeo ser el dueño de un nuevo imperio.
Saqué el teléfono y marqué el número que nunca dejo grabado. El tono de llamada vibró contra mi oído mientras subía a mi coche, un motor que rugía en perfecta sincronía con mi estado de ánimo.
—Hola, amigo. ¿Cómo estás? —pregunté mientras conducía hacia el centro de la ciudad, esquivando el tráfico con una precisión quirúrgica.
—Bien. Llego esta noche. ¿Donde siempre? —La voz de Rodrigo era seca, carente de adornos. Él era el único recordatorio de que mi verdadera vida, la que tiene garras y colmillos, está fuera de las aulas.
—De acuerdo. Allí estaré.
Horas más tarde, tras una jornada de exámenes que resolví con la arrogancia de quien ya sabe las respuestas, el ascensor me dejó directamente en el penthouse de un rascacielos que parecía tocar las nubes.
—¡Llegué! —exclamé al entrar.
Rodrigo estaba de pie frente al ventanal de cristal de piso a techo, observando la ciudad como si fuera su presa personal.
—Cada vez tu hermetismo me impresiona más, Julián. ¿De qué tanto te escondes ahora? —se giró con una sonrisa amarga que no llegaba a sus ojos.
—¿Precisamente tú me cuestionas eso? —le devolví el gesto, dejando las llaves sobre la mesa de mármol—. Sabes mejor que nadie que la oscuridad es el lugar más seguro para los de nuestra clase. Si supieran lo que estamos construyendo, intentarían cortarnos las alas antes de que despegáramos.
—¿Cuándo ponemos en marcha nuestro proyecto? —fui directo al grano.
—Mañana mismo —sentenció él, cruzándose de brazos—. Haremos un jaque mate a esos oportunistas que creen que pueden tocar lo que es nuestro.
—Ansío verles la cara cuando terminemos
—Aún no es el momento —me frenó Rodrigo,
—. Apareceremos en el instante oportuno. Termina tus asuntos, Julián, porque te necesito al cien por ciento. Mi empresa, nuestro futuro compartido, depende de que estés enfocado. No quiero errores por culpa de una mente distraída.
Una mesera se acercó en ese momento, moviéndose con una lentitud calculada, trayendo bebidas que nadie había solicitado. Nos miró con ojos cargados de una seducción barata que me resultó irritante, casi ofensiva. Interrumpía un momento de pura estrategia con una trivialidad carnal.
—No tengo tiempo para esto —le dijo Rodrigo, despidiéndola con un gesto brusco que la hizo retroceder—. Me voy, Julián. Necesito dormir. Mi hermano acaba de darme la noticia de que nos deja. Dice que consiguió un proyecto que "lo inspira", alguna tontería artística o humanitaria, supongo. ¿Puedes creerlo? No se va a quedar así. Lo voy a buscar donde sea que se esconda, no tolero tenerlo fuera de mi alcance.
Te sugiero que lo dejes tranquilo —le dije, manteniendo la calma—. Sabes que a tu hermano poco le interesan las industrias o los imperios. Él busca algo que el dinero no compra.
—Lo sé, pero no puedo evitarlo —gruñó él antes de salir.
Me quedé solo en la inmensidad del rascacielos. Faltaban semanas para que el mundo supiera quién es realmente Julián Ricardo. No solo el hijo de un magnate, no solo un médico prodigio, sino alguien capaz de moldear la realidad a su antojo.
Julián Videla 24 años