Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAPÍTULO 9 Logística Godín, el SAT de Villa Raíz y el silencio de las sombras
Despertar con el sol de las Tierras Salvajes ya no era una novedad, pero sí un dolor de molares. Me sentía como si hubiera pasado toda la noche dentro de una licuadora con piedras. El entrenamiento de Bastian me estaba dejando el cuerpo con la flexibilidad de un bolillo de tres días, y la magia del Sabio me dejaba las neuronas fritas, como si hubiera intentado resolver un examen de cálculo integral después de seis cubas.
Pero el verdadero problema no era el cansancio, sino la mirada de Nereida, la ninfa dueña de la posada. Estaba parada al pie de las escaleras, con los brazos cruzados sobre su pecho de piel azulada y una expresión que conocía perfectamente: era la misma cara que me ponía la señora de los departamentos en la Narvarte cuando me atrasaba dos días con la renta.
—Alejandro —dijo Nereida, y su voz sonó como el rugido de una cascada lejana—. El hidromiel, los estofados y las sábanas de seda de araña no brotan de los árboles por gracia divina. La cuenta está subiendo más rápido que el nivel del río en tormenta.
—Chale, jefa. Se la baña —murmuré, rascándome un tatuaje del brazo mientras Ringo me usaba el hombro de hamaca—. Pensé que aquí el hospedaje era por "cortesía heroica" o algo así. Ya sabe, estoy aquí para salvar el mundo y esas cosas de protagonista.
—El heroísmo no paga la leña —sentenció la ninfa—. O consigues monedas de plata, o mañana estarás durmiendo en las raíces exteriores con los Gnomos de Tierra. Y ellos no se bañan.
Ringo soltó una carcajada burlona y me dio un tirón de oreja.
—¡Ya oíste, flan! A chambear. Podríamos asaltar a los elfos que vienen de paso, yo les hago la distracción con un baile erótico y tú les bajas la bolsa. Es dinero fácil y nos ahorramos el sudor.
—¡Ni de broma, Ringo! No voy a empezar una carrera criminal aquí —suspiré, sacando mi celular. La pantalla brilló al instante, reparada y reluciente gracias a la magia de la tortuga—. Tiene que haber una forma de monetizar mis habilidades de Godín en este lugar.
Me puse a caminar por el pueblo con el mono quejándose de la falta de iniciativa delictiva. Villa Raíz era un caos logístico. Había carretas atoradas, gnomos discutiendo por el peso de los costales de grano y una fila inmensa de elfos y ninfas tratando de organizar el comercio de la temporada. Para ellos, contar más de veinte objetos sin usar los dedos era un desafío nivel leyenda.
Vi mi oportunidad. Me acerqué al intendente del pueblo, un enano llamado Durin que parecía una bola de músculos y barba pelirroja, gritándole a un grupo de pixies que no sabían dónde dejar unas cajas de cristal mágico.
—¡Es un desmadre esto! —gritaba el enano—. ¡Si perdemos una caja más de esencia de luz, el Sabio nos va a convertir en macetas!
—Oiga, don Durin —dije, acercándome con mi celular en mano—. Veo que tiene un problema de inventario y flujo de suministros. Yo soy experto en optimización de procesos... o lo que es lo mismo, sé cómo hacer que esto no sea un cagadero.
El enano me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa mágica que resaltaba mis tatuajes y los músculos que Bastian me estaba sacando a punta de latigazos.
—¿Y qué vas a hacer tú, humano? ¿Cantarnos una canción de cuna?
—Mejor que eso. —Abrí la aplicación de Notas y la Calculadora. El Sabio me había dado acceso a herramientas de "conocimiento", lo que básicamente significaba que tenía un Excel mágico en la palma de mi mano—. Déjeme organizar sus rutas y el conteo. En media hora tendrá todo en orden.
Empecé a trabajar. Mientras Ringo se dedicaba a insultar a los pixies para que se movieran más rápido ("¡Muevan las alas, mosquitos con ropa, que la jornada no es eterna!"), yo usaba el celular para calcular pesos, volúmenes y prioridades. Para los habitantes de este mundo, ver un aparato que sumaba miles en un segundo era como ver brujería de alto nivel.
—¡Cámara, ese costal va para el almacén B, y aquellas cajas se quedan en la sombra porque son fotosensibles! —gritaba yo, sintiendo el espíritu de mi antiguo jefe de oficina poseyéndome.
En menos de una hora, el caos se disolvió. Las carretas fluían, el inventario estaba cuadrado y el enano me miraba como si yo fuera un dios bajado del Olimpo.
—Por las barbas de mis ancestros... —murmuró Durin, dándome una bolsa con monedas de plata—. Eres un genio, Alejandro. Mañana te quiero aquí de nuevo. Nos ahorraste tres días de trabajo.
—Es el poder del Excel, jefe. No se me mueva —dije, sintiendo por primera vez que mis años de oficina servían para algo más que para odiar los lunes.
Pero el descanso duró poco. Bastian apareció en medio de la plaza, brillando tanto que parecía que le habían echado barniz de oro.
—¡EXCELENTE PRODUCTIVIDAD, ALEJANDRO! ¡EL TRABAJO HONRADO ES EL SUDOR QUE LIMPIA EL ALMA! ¡PERO AHORA, TUS MÚSCULOS RECLAMAN JUSTICIA!
—¡No mames, Bastian! Acabo de organizar el SAT de Villa Raíz, dame un respiro —supliqué, pero ya era tarde.
Bastian me arrastró al claro de entrenamiento. Esta vez no hubo rocas, sino combate directo.
—¡EL REY SOMBRA NO TE PEDIRÁ UNA TABLA DE CÁLCULOS! ¡TE PEDIRÁ TU VIDA! ¡ENCIENDE TU VOLUNTAD!
El entrenamiento fue una carnicería. Bastian se movía como un rayo dorado, gritando frases de superación personal que me daban ganas de vomitar. Ringo, para no quedarse atrás, decidió que era buen momento para practicar sus "técnicas de asfixia". Se me colgaba del cuello mientras yo intentaba esquivar los golpes de Bastian.
—¡Usa el peso del mono, flan! —gritaba Bastian—. ¡Que sea parte de tu centro de gravedad!
—¡Eso, conviérteme en tu accesorio de combate! —chillaba Ringo, dándome piquetitos en las costillas—. ¡Si nos matan, que sea viéndonos divinos!
Terminé tirado en el lodo, con el corazón latiendo a mil y la sensación de que mis huesos se habían convertido en gelatina. Pero justo cuando pensaba que no podía más, Kaia apareció.
Iba vestida con su armadura de combate completa, pero se había quitado el casco. La luz del sol golpeaba sus facciones perfectas. Llevaba una capa de viaje y su espada descansaba en su cadera, resaltando la curva de sus nalgas y la firmeza de sus piernas torneadas. Se veía imponente, una diosa de la guerra que te podía cortar la cabeza y tú le darías las gracias.
—Bastian —dijo ella, y su voz tenía una seriedad que me puso los pelos de punta—. Me voy. Los informes de los huertos del sur son peores de lo que pensábamos. No son solo sombras errantes. Algo está consumiendo la tierra misma.
Bastian dejó de sonreír por un microsegundo, lo cual fue aterrador.
—Ten cuidado, Kaia. El sol no llega a los rincones más profundos del huerto de las ninfas.
Kaia me miró. Yo estaba ahí, sudado, sucio y con un mono sentado en mi cabeza. Me sostuvo la mirada por varios segundos. Noté que sus ojos ámbar brillaban con algo que no era solo dureza.
—No dejes de entrenar, Alejandro —dijo suavemente—. Si no vuelvo en dos días, dile al Sabio que el sello del sur se ha roto.
—¡Espera, Kaia! —me levanté a duras penas, sacudiéndome el lodo—. No te vayas así como así. Déjame ayudarte, o no sé, llévate al mono, él sabe pelear sucio.
—¡Oye! —protestó Ringo—. Yo no soy un objeto de alquiler, soy un artista del combate.
Kaia negó con la cabeza, esbozando esa media sonrisa que me derretía.
—Aún no estás listo para lo que hay allá afuera. Quédate con el Sabio. Aprende a controlar esa chispa tuya.
Se dio la vuelta y se marchó. Me quedé mirándola hasta que su figura desapareció entre los árboles gigantes. Había un suspenso en el aire, un frío que no pertenecía a la mañana. Sentí una punzada de miedo, y no era por mí, sino por ella.
La tarde con el Sabio fue diferente. La tortuga mística estaba más silenciosa que de costumbre.
—El equilibrio se está inclinando, Alejandro —dijo, mientras yo intentaba mantener tres esferas de agua flotando al mismo tiempo—. El virus del Rey Sombra ha encontrado una brecha. Kaia ha ido a cerrarla, pero temo que la brecha sea más grande que su voluntad.
—¿Por qué no vamos a ayudarla? —pregunté, sintiendo una ansiedad creciente.
—Porque tu libro aún tiene demasiadas páginas vacías —respondió el Sabio—. Si vas ahora, solo serás una nota al pie de página sobre un humano que murió por imprudente. Concéntrate. Siente el Maná.
Pasamos horas en silencio. Logré que el agua hirviera solo con mi voluntad. Logré sentir las pulsaciones de la madera del árbol. Mi magia estaba creciendo, pero mi mente seguía en el sur, imaginando a Kaia sola contra la oscuridad.
Al bajar a la taberna, me encontré con Briana. Estaba preparando infusiones para los heridos que empezaban a llegar del bosque. Su cabello plateado estaba recogido y su blusa blanca, un poco húmeda por el vapor, se le pegaba al cuerpo, revelando la silueta de sus pechos generosos de una forma que casi me hace chocar con una columna.
—Alejandro —me llamó, y su voz violeta sonaba preocupada—. ¿Has visto a Kaia? El aire huele a ceniza y ella no ha enviado el ave de mensaje.
—Fue al sur —dije, tratando de sonar tranquilo—. Ella es fuerte, Briana. Es la guerrera más cabrona que he conocido.
—Lo es —asintió la elfa, acercándose a mí. Me puso una mano en el brazo y sentí el calor de su piel—. Pero las sombras no pelean con honor. Ten, toma esto.
Me entregó un pequeño frasco con un líquido plateado.
—Es esencia de luna. Si sientes que la oscuridad te rodea, rómpelo. Te dará un momento de luz pura.
—Gracias, Briana. Prometo no agarrarte nada por accidente esta vez —dije, tratando de aligerar el ambiente.
Ella se rió, pero fue una risa corta, cargada de nerviosismo.
—Vete a descansar. Mañana será un día largo.
Subí a mi habitación. Ringo se quedó dormido enseguida, pero yo no podía. Saqué mi celular. No había señal para llamar a Kaia, obviamente, pero abrí la aplicación de la linterna y la puse al máximo. El haz de luz cortó la oscuridad de la alcoba.
Me quedé mirando el techo de madera, escuchando los ruidos extraños del bosque. De repente, mi teléfono vibró. No fue un mensaje de mi mamá. Fue una notificación del sistema del Sabio, una alerta roja que parpadeaba en la pantalla:
ERROR DE SISTEMA: INTEGRIDAD DEL SECTOR SUR COMPROMETIDA. ARCHIVO "KAIA.EXE" NO RESPONDE.
Se me paró el corazón. Me levanté de un salto, despertando a Ringo de un sustazo.
—¿Qué pedo, flan? ¿Ya nos invadieron?
—Kaia está en problemas —dije, agarrando mi mochila y el libro—. No me importa lo que diga el Sabio. No voy a dejar que se convierta en una página borrada.
—¡Eso es! —gritó Ringo, saltando a mi hombro con los puños en alto—. ¡A repartir chingadazos mágicos! ¡Esa hembra vale el riesgo!
Salí por la ventana, deslizándome por las raíces bajo la luz de las dos lunas. El suspenso me apretaba el pecho como una mano de hierro. Sabía que estaba cometiendo una estupidez, pero el león de mi brazo parecía rugir bajo la piel. El Godínez había muerto; el guerrero, aunque asustado hasta la médula, estaba tomando el mando.