Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 12: Donde el control empieza a fallar
El ataque llegó de noche.
No fue una emboscada organizada, sino un intento desesperado de un pequeño grupo de mercenarios que habían seguido el rastro del destacamento con la esperanza de recuperar a los omegas capturados. El choque fue breve, torpe, pero suficiente para romper la calma frágil del campamento.
Rhydian despertó con el sonido del metal chocando contra metal.
Se puso en pie de inmediato, el puñal ya en la mano. El caos era controlado, pero el peligro estaba cerca. Uno de los mercenarios se escabulló entre las sombras, bordeando el perímetro. Rhydian lo vio moverse en dirección contraria al fuego, hacia donde dormían los omegas rescatados.
No lo pensó.
Se lanzó tras él.
El terreno estaba húmedo. Resbaló una vez, recuperó el equilibrio, siguió avanzando. Alcanzó al mercenario entre los arbustos. El hombre se giró, sorprendido, alzando el arma. Rhydian bloqueó el golpe con el antebrazo, el impacto le recorrió el cuerpo con un dolor seco. Respondió con el puñal, obligándolo a retroceder.
El enfrentamiento fue breve, desordenado. Cuando terminó, Rhydian se quedó unos segundos de rodillas, respirando con dificultad. La adrenalina le temblaba en las manos.
—¿Estás herido?
La voz de Severin llegó antes que su figura.
El Enigma apareció entre los árboles, los ojos grises brillando con una intensidad que Rhydian no le había visto antes. No era frialdad. Era preocupación contenida. Pura. Desnuda de estrategia.
—No —respondió Rhydian, incorporándose—. Él no pasó.
Severin se acercó de inmediato. Demasiado cerca. Revisó el antebrazo de Rhydian con un gesto rápido, firme. Sus dedos se detuvieron un segundo más de lo necesario sobre la piel caliente.
—No te separes —dijo Severin, con una dureza que ya no ocultaba lo que sentía—. Te expones sin necesidad.
—No iba a dejar que llegara a ellos —replicó Rhydian—. No iba a dejar que llegara a mí.
Severin apretó los dientes.
—No puedo cubrir cada uno de tus impulsos —dijo—. No puedo estar en todas partes.
Rhydian alzó la vista, encontrándose con la suya a centímetros de distancia.
—No te pedí que me cubrieras —susurró—. Pero viniste igual.
El aire entre ambos se tensó.
Por un instante, Severin pareció a punto de decir algo que no sabía cómo nombrar. Su respiración era más profunda de lo habitual. La cercanía no era accidental esta vez. Ninguno se apartó.
—No vuelvas a correr solo hacia la oscuridad —dijo Severin finalmente—. No me… resulta aceptable.
Rhydian lo miró con una mezcla de sorpresa y algo más peligroso.
—Eso no suena a una orden —murmuró—. Suena a que te importa.
Los ojos grises se oscurecieron.
—No te equivoques.
—No me equivoco —respondió Rhydian—. Solo estás cansado de fingir que no me miras cuando estoy en peligro.
El silencio que siguió fue tenso, cargado de una electricidad que no provenía de la batalla.
Volvieron al campamento cuando el ataque fue contenido. Nadie resultó herido de gravedad. El fuego volvió a ser pequeño, el murmullo regresó. Pero algo había cambiado. Severin se quedó más cerca de Rhydian que de costumbre. No lo vigilaba abiertamente. No lo tocaba. Solo ocupaba el espacio.
Más tarde, cuando la noche volvió a ser solo noche, Rhydian se sentó a limpiar su puñal. Severin se acercó con un trozo de tela limpia y un frasco pequeño de ungüento.
—Para el golpe —dijo, extendiéndoselo.
Rhydian alzó la ceja.
—¿Ahora te preocupas por mis heridas?
—Me preocupo por la funcionalidad de quienes pelean a mi lado —respondió Severin.
Rhydian tomó el frasco.
—Si eso te ayuda a dormir, sigamos llamándolo así.
Sus miradas se sostuvieron más de lo necesario. No hubo palabras que nombraran lo que estaba creciendo entre ellos. No aún. Pero en la forma en que Severin se quedó hasta que Rhydian terminó de vendarse, en la forma en que Rhydian no apartó la mirada, había algo que ya no podía esconderse del todo.
No era posesión declarada.
No era amor.
Era una intensidad nueva, peligrosa, que empezaba a reclamar espacio entre el hielo y el fuego.