Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 22
Una semana después, Seraphina ya no era la misma.
Sus brazos habían comenzado a tonificarse. Su mirada se había vuelto más aguda. Caminaba por los pasillos del palacio con la cabeza en alto, y aunque los sirvientes aún susurraban a sus espaldas, ya no se atrevían a hacerlo en voz alta.
—Hoy vas a aprender a desarmar a un oponente —dijo Cyran esa mañana, entregándole una espada algo más pesada que la anterior.
—¿Desarmar? —preguntó ella con una ceja arqueada—. Suena interesante.
—Es útil cuando alguien más grande y fuerte te ataca. Usas su propia fuerza contra él.
Seraphina sonrió.
—¿Como tú?
Cyran rió.
—Como cualquiera que subestime a una mujer con una espada.
Se colocaron en posición. Cyran atacó primero, lento, para que ella pudiera seguir el movimiento. Ella esquivó, intentó girar la espada de él, pero perdió el equilibrio y cayó contra su pecho.
—Así no —dijo él, riendo—. Tienes que...
Pero ella no lo dejó terminar. Lo besó. Rápido, intenso, robado.
—¿Eso fue tu ataque? —preguntó él cuando ella se separó, sonriendo como un tonto.
—Mi ataque secreto —respondió ella con picardía—. Te desarmó, ¿no?
Él negó con la cabeza, pero sus ojos brillaban.
—Vas a volverme loco.
—Ya lo estás —respondió ella—. Por mí.
—Y orgulloso de estarlo.
Berta apareció en la puerta con la bandeja de siempre. Vio a Cyran con los brazos alrededor de Seraphina, sus frentes juntas, susurrándose algo que hizo reír a su señora. Vio cómo él apartaba un mechón de cabello del rostro de ella con una ternura que no parecía propia de alguien con su historial.
Suspiró.
Dejó la bandeja y se fue.
—Ya encontraré un buen momento —murmuró—. Cuando no estén... así.
Esa noche, Seraphina no podía dormir.
Algo la inquietaba. Una sensación extraña, como si alguien la observara.
Se levantó de la cama y se asomó a la ventana. Los jardines del palacio estaban vacíos, bañados por la luz de la luna. Todo parecía en calma.
Pero entonces lo vio.
Una sombra. Moviéndose entre los arbustos, cerca de la entrada trasera.
Seraphina entrecerró los ojos. La sombra se detuvo un momento, como si supiera que estaba siendo observada. Luego desapareció entre los árboles.
El corazón de Seraphina latió con fuerza.
No era un guardia. Los guardias llevaban antorchas y armaduras que reflejaban la luz.
Eso era otra cosa.
—Cyran —susurró, y salió corriendo de la habitación.
Cyran despertó con los nudillos de Seraphina golpeando su puerta.
—¿Amor? —preguntó, abriendo en camisón—. ¿Qué pasa?
—Hay alguien en los jardines —dijo ella, seria—. Vi una sombra.
Él se puso alerta de inmediato.
—¿Estás segura?
—Sí. Se movía entre los arbustos. No era un guardia.
Cyran tomó su espada y la mano de ella.
—Quédate detrás de mí.
Bajaron juntos. Los pasillos estaban vacíos, iluminados apenas por las velas nocturnas. Llegaron a la puerta trasera y Cyran la abrió con cuidado.
Los jardines estaban en silencio.
—¿Dónde la viste? —susurró.
—Allí —señaló Seraphina—. Entre esos arbustos.
Cyran avanzó, espada en mano. Seraphina lo siguió de cerca, con su propia espada —la que él le había regalado— lista.
Llegaron al lugar. Nada.
Pero entonces Cyran se agachó. Entre las hojas, algo brillaba.
Lo tomó. Era un pequeño broche. Un emblema.
Un emblema que reconoció.
—Esto es del conde Adriel —dijo en voz baja.
Seraphina sintió que la sangre se le helaba.
—¿Adriel? ¿Qué hace él aquí?
Cyran apretó el broche en su mano.
—No lo sé —respondió—. Pero lo voy a averiguar.
Alguien tosió detrás de ellos.
Se giraron, espadas en alto.
Era Berta, en camisón y bata, con una vela en la mano y expresión de "ya estoy harta".
—Perdón —dijo con voz somnolienta—. ¿Alguien quiere decirme por qué mis dos jóvenes hormonales favoritos están en el jardín en camisón en medio de la noche?
Cyran y Seraphina se miraron.
—Vimos una sombra —explicó Seraphina.
—Adriel estuvo aquí —añadió Cyran, mostrando el broche.
Berta parpadeó. Luego suspiró profundamente.
—Claro. Porque las noches tranquilas no existen en este palacio. Bueno —se arregló la bata—, ¿qué hacemos ahora?
—Tú te vas a dormir —dijo Cyran—. Nosotros vigilaremos.
—¿Vigilar? ¿En camisón?
—Podemos vestirnos —intervino Seraphina.
Berta los miró a ambos. A sus espadas. A sus expresiones determinadas. A sus camisones.
—Señorita —dijo—, con todo respeto, usted lleva una semana aprendiendo a usar la espada. Y su prometido —señaló a Cyran— tiene un historial de tomar malas decisiones cuando se trata de usted.
—Berta... —empezó Seraphina.
—No, déjeme terminar —la interrumpió Berta—. Yo los quiero mucho. Los quiero mucho a los dos. Pero si van a hacer algo peligroso, al menos déjenme preparar té para esperar noticias. O vendar heridas. O llamar a un médico. Algo útil.
Cyran y Seraphina se miraron. Luego, a pesar de todo, sonrieron.
—Te quiero, Berta —dijo Seraphina.
—Yo también la quiero —añadió Cyran.
Berta suspiró.
—Ya lo sé. Por eso estoy aquí a las tres de la madrugada en camisón. Vamos, entremos. Hablaremos dentro, con té, como personas civilizadas.
Y así, los tres volvieron al palacio: dos jóvenes enamorados con espadas en mano, y una dama de compañía que solo quería dormir pero había aceptado su destino.
Luego de ese día Cyran y Seraphina estuvieron atentos para nada volvió a suceder al menos por ahora