Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 8
Valeria estaba sentada frente al escritorio del doctor Fernando Mendoza.
Su pequeño jugaba en el suelo con un pequeño coche de juguete que el doctor le había regalado.
Fernando habló con calma.
—Hay algo que quiero proponerte.
Valeria lo miró con curiosidad.
—¿Qué sucede?
El doctor entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Hablé con mi familia.
Valeria frunció ligeramente el ceño.
—¿Sobre qué?
Fernando respiró hondo.
—Sobre ti… y sobre el pequeño.
Valeria se tensó de inmediato.
—Doctor, yo no quiero problemas con su familia.
Fernando levantó una mano con suavidad.
—Escúchame primero.
Valeria guardó silencio.
—He decidido que tú y el niño se muden temporalmente a la mansión Mendoza.
El silencio fue inmediato.
Valeria se levantó de la silla.
—No.
La respuesta fue automática.
—Eso no va a pasar.
Fernando la miró con paciencia.
—Valeria—
—Doctor, no puedo vivir en esa casa —dijo ella con firmeza—. Ya tuve suficiente con esa familia.
Fernando no se alteró.
—Lo sé.
Valeria apretó los brazos alrededor de su cuerpo.
—Mi hijo y yo estamos bien donde vivimos.
El doctor negó suavemente con la cabeza.
—No.
Valeria lo miró confundida.
Fernando habló con una honestidad tranquila.
—Valeria, vives en un apartamento húmedo y en condiciones muy pobres.
Las palabras la golpearon.
—Tu hijo tiene una enfermedad delicada —continuó él—. Necesita un ambiente limpio, estable… y una mejor calidad de vida.
Valeria bajó la mirada.
Sabía que tenía razón.
Pero su orgullo le dolía.
—No quiero deberle nada a esa familia.
Fernando se levantó.
—No me debes nada.
Se acercó un poco más.
—Y quiero que entiendas algo.
Sus ojos eran sinceros.
—No voy a decirle a Alejandro que el niño es su hijo.
Valeria levantó la mirada sorprendida.
—Nunca pasaré por encima de ti como madre —continuó él—. Si decides que la verdad debe permanecer en secreto… lo respetaré.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
Fernando suspiró.
—Pero tampoco puedo permitir que mi nieto viva en esas condiciones.
La palabra quedó flotando en el aire.
Nieto.
—Ese niño merece algo mejor.
Valeria miró a su hijo.
El pequeño estaba sentado en el suelo haciendo rodar el cochecito mientras reía.
Su corazón se quebró un poco.
Todo lo que había hecho…
Todo lo que había sacrificado…
Había sido por él.
Respiró profundo.
—¿Solo temporalmente? —preguntó finalmente.
Fernando asintió.
—El tiempo que sea necesario para su tratamiento.
Valeria cerró los ojos un momento.
Luego suspiró.
—Está bien.
El doctor sonrió.
—Gracias.
Esa misma tarde.
Un automóvil negro se detuvo frente a la mansión Mendoza.
Valeria bajó del vehículo con su pequeño en brazos.
El niño miraba la enorme casa con ojos curiosos.
—Es muy grande —dijo con asombro infantil.
Valeria tragó saliva.
—Sí… lo es.
Fernando caminó hacia la entrada.
Las puertas se abrieron.
Y en el gran salón estaban esperando todos.
Doña Úrsula.
Camila.
Y Alejandro.
Camila fue la primera en reaccionar.
Cuando vio a Valeria entrar…
Su rostro se volvió blanco.
—¿Qué…?
Parecía que iba a desmayarse.
—¡¿Ella?!
Sus ojos estaban llenos de incredulidad.
Doña Úrsula apretó los labios con rabia contenida.
Pero quien más reaccionó fue Alejandro.
Se quedó completamente inmóvil.
Mirando a Valeria.
Como si no pudiera creer lo que veía.
Su corazón dio un golpe fuerte en el pecho.
Casi como si el destino estuviera burlándose de él.
—Padre… —dijo lentamente— ¿esto es una broma?
Fernando negó con tranquilidad.
—No.
Alejandro volvió a mirar a Valeria.
Luego al pequeño en sus brazos.
Y algo inesperado ocurrió.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
Como si acabara de recibir un milagro.
Porque sin buscarla…
Sin esperarlo…
Valeria acababa de volver a su vida.
Y ahora viviría bajo el mismo techo.
Sin saber…
Que el niño que llevaba en brazos era suyo.
La primera noche de Valeria en la mansión Mendoza fue… incómoda.
Demasiado silencio.
Demasiado lujo.
Demasiadas miradas durante la cena.
El pequeño, en cambio, parecía encantado.
—Mamá, esta casa es gigante —susurró maravillado mientras miraba los techos altos.
Valeria sonrió con nervios.
—Sí… pero recuerda que somos invitados.
—¿También el abuelo?
Valeria se quedó congelada un segundo.
—Sí… también él.
Después de acostarlo, Valeria volvió a su habitación.
Pero alguien más no estaba tan tranquilo.
El pequeño abrió los ojos en la oscuridad.
Miró la enorme habitación.
Luego la puerta.
Y recordó algo importante.
—Papá…
Se bajó de la cama.
Mientras tanto…
En otra parte de la mansión.
Alejandro estaba en su habitación revisando unos documentos.
Había intentado ignorar la presencia de Valeria toda la noche.
Sin éxito.
Su mente seguía volviendo a ella.
—Tres años… —murmuró.
En ese momento…
La puerta se abrió lentamente.
Alejandro levantó la mirada.
Un pequeño niño estaba parado en la entrada con su pijama arrugada.
Lo miraba con una sonrisa.
—Hola.
Alejandro parpadeó.
—…Hola.
El pequeño caminó directamente hacia él.
Como si esa habitación le perteneciera.
Alejandro levantó una ceja.
—¿Te perdiste?
El niño negó con la cabeza.
—No.
Se trepó sin permiso a la cama.
Alejandro lo miró incrédulo.
—¿Qué haces?
El pequeño se acomodó entre las almohadas.
—Dormir.
Alejandro soltó una pequeña risa incredula.
—Esta no es tu habitación.
El niño lo miró muy serio.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
El pequeño cruzó los brazos.
—Papá, deja de discutir.
Alejandro se quedó congelado.
—…¿Qué dijiste?
El niño ya estaba acomodándose.
—Tengo sueño.
Se metió debajo de las sábanas como si nada.
Alejandro se pasó una mano por el rostro.
—Esto no está pasando.
Justo en ese momento…
La puerta se abrió de golpe.
Valeria apareció en la entrada completamente nerviosa.
—¡Lo siento! ¡Lo estoy buscando por toda la casa!
Entonces lo vio.
Su hijo.
Acostado en la cama de Alejandro.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Valeria se llevó una mano a la frente.
—Dios mío…
Alejandro la miró divertido.
—Tu hijo acaba de invadir mi habitación.
Valeria caminó rápido hacia la cama.
—Perdón, él suele… explorar.
Intentó levantar al pequeño.
Pero él se aferró a la almohada.
—No.
—Vamos, cariño.
—No.
Alejandro levantó una ceja.
—Parece que quiere quedarse.
Valeria lo miró avergonzada.
—Lo siento mucho.
El niño abrazó la manta.
—Papá es calentito.
El silencio fue mortal.
Valeria se puso roja.
Alejandro intentó no reír.
—Eso es un argumento fuerte.
Valeria cerró los ojos.
—Lo voy a sacar ahora mismo.
Pero el niño ya estaba medio dormido.
Y no se movía.
Alejandro suspiró.
—Déjalo.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Está dormido.
Se encogió de hombros.
—No voy a pelear con un niño de tres años.
Valeria dudó.
—¿Seguro?
Alejandro sonrió levemente.
—Además… creo que ya decidió que esta es su cama.
Valeria soltó una pequeña risa nerviosa.
—Gracias.
Se dirigió hacia la puerta.
Pero antes de salir…
El pequeño murmuró medio dormido:
—Buenas noches, papá…
Alejandro se quedó inmóvil.
Valeria también.
Luego ella salió rápidamente del cuarto.
Y Alejandro miró al pequeño dormido.
Suspiró.
—Ni siquiera te conozco… —murmuró.
Pero una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Y por primera vez en mucho tiempo…
La habitación de Alejandro Mendoza no se sentía tan vacía.