Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 11
Camila
El desayuno al día siguiente transcurría con una calma casi mecánica.
Nicolás y yo estábamos sentados a la mesa, hablando poco, comiendo despacio. Alvarito estaba en su carrito cerca de nosotros, ajeno a todo.
Tamara iba y venía en silencio, como siempre, respetando ese equilibrio frágil que se había instalado en la casa.
Fue entonces cuando sonó el timbre. Ella fue abrir y enseguida apareció con una bolsa colgada del brazo.
Era larga, protegida por ese plástico traslúcido que suelen usar las las boutiques.
—Señora —dijo, acercándose a mí—. Acaba de llegar su vestido.
Levanté la vista.
—Gracias, Tamara —respondí—. Déjalo en la habitación, por favor.
—Sí, señora.
Tamara se retiró con la bolsa, pero no pasó desapercibida.
Nicolás dejó los cubiertos sobre el plato.
—¿Un vestido? —preguntó—. ¿Para qué?
Lo miré seria.
—Digo, me sorprende porque no sueles comprar vestidos al azar.
—¿Cómo que para qué? —dije—. Hoy es la velada por el aniversario de la empresa.
Parpadeó.
—¿Hoy?
—Sí —respondí—. La que se organiza cada año. Donde el abuelo suele invitar a todo el mundo.
Suspiró y se recostó levemente en la silla.
—He tenido la cabeza en mil cosas —admitió—. Y ni siquiera tuve tiempo de comprar un traje.
—¿No compraste nada? —pregunté.
—No —dijo—. Tampoco hoy podré hacerlo.
Lo observé unos segundos. No había culpa en su tono, solo cansancio.
—No te preocupes —dije finalmente—. Ya lo solucioné.
Levantó la mirada.
—¿Cómo que lo solucionaste?
—Encargué un traje para ti —expliqué—. Anoche. Junto con el vestido.
Pareció sorprenderse de verdad.
—¿En serio?
—Sí —asentí—. Ya imaginaba que no tendrías tiempo de hacerlo.
Guardó silencio un instante.
—Gracias —dijo luego—. De verdad.
Asentí, restándole importancia.
—Pero ¿Cómo supiste mi talla?
—Tienes muchos trajes, Nicolás. Y cuidas mucho tu estado físico. Tu cuerpo nunca cambia.
Me miró unos segundos. Luego sonrió, como si acabara de hacerle un cumplido.
Volvimos a comer en silencio.
Nada estaba mal. Nada estaba fuera de lugar.
Y sin embargo, mientras masticaba despacio, pensé en lo fácil que era anticiparme siempre. Recordar fechas, prever escenarios, sostener lo que debía sostenerse para que todo funcionara.
No era una queja. Tampoco un reproche.
Solo una constatación silenciosa. Hoy habría sonrisas, discursos, brindis. Hoy todo debía verse impecable, como siempre. Y yo, como siempre, me aseguraría de que así fuera.
La tarde pasó rápido, como suelen pasar las horas cuando no se les presta atención.
Entre llamadas breves, correos pendientes y alguna que otra indicación, el día se fue cerrando sin ruido. Tamara se quedó con Alvarito en casa. Saberlo allí, en su cuna, en su mundo pequeño y seguro, me dio una tranquilidad extraña, casi culposa.
A las ocho en punto, Nicolás y yo salimos.
El trayecto hasta el hotel fue en silencio. No era un silencio incómodo, pero tampoco era cómodo. Era neutro, como todo lo que nos rodeaba últimamente. Miré por la ventana mientras las luces de la ciudad se desdibujaban, pensando en nada y en todo al mismo tiempo.
Cuando llegamos, los flashes aparecieron de inmediato.
No éramos celebridades, pero sí figuras visibles. Íconos de una empresa grande, poderosa. Eso bastaba.
—Camila, ¿cómo está su matrimonio? —¿Cómo vives tu primer año de casada? —¿Planes de expansión para Luna Holdings?
Respondimos en automático. Sonrisas medidas. Frases aprendidas.
—Estamos muy bien. —Enfocados en el trabajo. —Agradecidos por el apoyo.
Nicolás tomó mi mano para entrar.
Mis dedos estaban fríos. Temblaban apenas. Su mano, en cambio, estaba tibia, firme. Me sostuvo con seguridad, como si ese gesto sencillo dijera más que cualquier declaración: estoy aquí.
Mis manos pequeñas quedaron envueltas por las suyas, grandes, fuertes. Y por un instante, sentí algo parecido a la calma.
Entramos al salón.
Luces cálidas, música suave, copas brillando. Trajes y vestidos por todas partes. No personas: apariencias. Sonrisas ensayadas. Miradas que no decían nada.
Saludamos a socios, colegas, conocidos del círculo empresarial. A Nicolás lo felicitaban por su trayectoria, por su talento, por su ascenso constante. A mí me dedicaban comentarios sobre mi atuendo elegante, mi juventud, mi porte, siempre por lo superficial.
—Hacen una pareja poderosa. —Se ven perfectos juntos. —El matrimonio ideal.
Desde afuera, todo encajaba.
Hasta que la vi.
Danna estaba del otro lado del salón.
Vestía de rojo. Un vestido ajustado, sensual, imposible de ignorar. Sus labios del mismo color, su postura segura. Observaba. Y no observaba el lugar: observaba a Nicolás.
Lo miraba con detenimiento, sin disimulo.
Sentí algo extraño en el pecho. No fue celos. O al menos, eso me dije. Fue una incomodidad sutil, un presentimiento que no lograba ordenar.
Danna se acercó.
—Nicolás —dijo, sonriendo—. Qué gusto verte.
Se inclinó para saludarlo, demasiado cerca.
—Quería agradecerte otra vez —continuó—. De verdad. Lo que hiciste por mí fue invaluable.
—Te envié un detalle —añadió—. ¿Te gustaron?
Nicolás asintió, correcto, distante.
—Lo recibí, claro —respondió—. Pero no era necesario.
—Claro que sí —insistió ella—. No sabía cómo agradecerte. Fue lo mínimo después de todo lo que me ayudaste.
Yo estaba a su lado. Lo suficientemente cerca como para escuchar cada palabra. Lo suficientemente cerca como para sentir que no debía estar ocurriendo así.
—Hola, Camila —me saludó finalmente.
—Hola, Danna —respondí.
Su sonrisa hacia mí fue distinta. Correcta. Educada. Pero había algo que no terminaba de cerrar. Una simpatía forzada, como si estuviera cumpliendo un trámite.
—Qué bonito vestido —dijo—. Te queda muy bien. Es muy tú… es discreto.
Discreto.
Asentí, sin cambiar la expresión.
—Gracias —respondí—. El tuyo es imposible de ignorar.
Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego sonrió otra vez.
—Supongo que cada una tiene su estilo.
Nicolás intervino.
—Si nos disculpas, Danna —dijo—. Tenemos que saludar a unos socios.
—Por supuesto —respondió Danna—. Disfruten la noche.
Seguimos caminando entre la gente.
Sentí nuevamente la mano de Nicolás aferrarse a la mía. Firme. Presente.
—¿Todo bien? —me preguntó en voz baja.
—Sí —respondí.
Y era verdad. No había una escena. No había un conflicto abierto. Solo esa sensación incómoda, persistente, de que algo no estaba del todo en su lugar.
La música seguía, las luces brillaban, los brindis se multiplicaban.
Desde afuera, éramos la imagen perfecta.
Pero yo ya sabía reconocer esos pequeños quiebres invisibles.
Esos que no hacen ruido… pero que anuncian que la calma, una vez más, no era tan sólida como parecía.
La música bajó apenas cuando el abuelo subió al pequeño escenario improvisado.
Las conversaciones se apagaron de a poco. Copas en alto, miradas atentas. Yo estaba del brazo de Nicolás cuando el abuelo Ernesto tomó el micrófono.
Habló de números, de crecimiento, de responsabilidad social. De futuro.
Hubo aplausos. Sonrisas. Un murmullo general de aprobación.
Cuando el discurso terminó, el ruido volvió de golpe. Brindis, felicitaciones, comentarios al pasar.
Pero algo en mí ya estaba pidiendo descanso.
Mis pies empezaron a dolerme. No era por los zapatos; estaba acostumbrada a ellos. Era el cansancio acumulado, la tensión que se me había ido al cuerpo sin pedir permiso. Caminaba un poco más lento, lo noté recién cuando Nicolás redujo el paso sin decir nada.
—Estás cansada —me dijo en voz baja, inclinándose hacia mí.
—Un poco —admití.
No me preguntó si quería irme. No hizo un comentario grandilocuente.
—Vámonos a casa —dijo simplemente—. Ya fue suficiente por hoy.
Y en ese gesto, tan simple, sentí algo parecido al alivio.
Nos despedimos con educación y salimos del salón. El aire nocturno me recibió como un descanso inmediato.
El trayecto de regreso fue silencioso, pero distinto al de la ida. Más liviano.