Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 11
El sol de la mañana siguiente no trajo consuelo. Estácio amaneció bajo una capa de ceniza gris y el olor persistente a madera quemada. El centro comunitario era ahora un esqueleto de vigas negras y sueños calcinados.
Danilo estaba en la pequeña clínica del barrio, sentado en una camilla de metal. Tenía las manos vendadas y una máscara de oxígeno colgando del cuello. A pesar de sus heridas, su presencia en ese lugar seguía pareciendo fuera de contexto: un príncipe caído en un refugio de guerra.
Davina entró en la habitación con un vaso de plástico con café aguado. Sus ojos estaban rojos de no dormir.
—Los médicos dicen que tuviste suerte —susurró ella, sentándose a su lado—. Los pulmones están bien, pero esas quemaduras tardarán en cerrar.
Danilo intentó sonreír, aunque le dolía el rostro.
—Valió la pena. Doña Rosa está a salvo. Por primera vez en mi vida, Davina, sentí que mis manos servían para algo más que para firmar cheques que destruyen vidas.
Davina le tomó la mano con cuidado de no lastimar las vendas. El silencio entre ellos era denso, lleno de cosas no dichas. Pero la paz duró poco. Un murmullo de indignación creció afuera de la clínica.
Davina salió para ver qué pasaba. Al final de la calle, el Rolls-Royce blanco de Helenina estaba estacionado, impecable, contrastando violentamente con la miseria del entorno. Un guardaespaldas le abrió la puerta y ella bajó, protegiéndose del sol con una sombrilla de encaje.
—No vengas aquí, Helenina —dijo Davina, interceptándola antes de que llegara a la entrada—. Ya hiciste suficiente daño.
—Oh, querida, apenas estoy empezando el inventario —respondió Helenina con una calma glacial. Hizo un gesto a su guardaespaldas, quien se mantuvo a una distancia prudencial—. No he venido a ver al "héroe del pueblo". He venido a hablar contigo. A solas.
Caminaron unos metros hacia un callejón donde nadie pudiera escucharlas. Helenina cerró su sombrilla y miró a Davina con una mezcla de lástima y asco.
—Hablemos de negocios, Davina. Porque, aunque te guste jugar a la revolucionaria, esto siempre se trata de números. Mi marido es un romántico idiota. Cree que rescatar a una anciana de un incendio lo convierte en un hombre libre. Pero la realidad es que anoche, mientras él jugaba a ser bombero, la policía técnica encontró algo muy interesante entre los escombros del centro.
Davina sintió un escalofrío. —¿De qué hablas?
—Un bidón de gasolina. Con las huellas dactilares de Danilo perfectamente impresas en el metal. Y tres testigos —empleados de mi propia constructora, por supuesto— que jurarán haberlo visto entrar con el bidón antes de que empezara el fuego.
—¡Eso es mentira! —gritó Davina—. ¡Él entró para salvar a la gente!
—La verdad es una cuestión de presupuesto, y yo tengo el presupuesto más grande de Río —respondió Helenina, acercándose tanto que Davina pudo oler su perfume floral, que ahora le resultaba nauseabundo—. Danilo se enfrenta a una condena de 15 años por incendio provocado y tentativa de homicidio. Dada su posición, la prensa lo devorará. El "CEO psicópata que quema favelas para construir centros comerciales". Es un titular delicioso, ¿no crees?
Davina retrocedió, golpeando la pared de ladrillos. —¿Qué es lo que quieres?
Helenina sonrió, y fue la sonrisa más aterradora que Davina había visto jamás.
—Tengo dos ofertas para ti. No hay negociación, solo elección.
Opción A: Te quedas con él. Yo entrego las pruebas a la fiscalía esta misma tarde. Danilo irá a la cárcel, su reputación será destruida, y yo usaré el escándalo para expropiar todo Estácio por vía judicial de urgencia, alegando peligro para la salud pública. Nadie recibirá un centavo. El barrio será demolido en una semana.
Opción B: Desapareces. Hoy mismo. Te doy un cheque con una cifra que no podrías ganar ni en tres vidas. Te vas de Río, cambias tu número y no vuelves a ver a Danilo nunca más. Si lo haces, las "pruebas" contra él desaparecerán mágicamente. Además, firmaré un documento legal donde la empresa Hawser renuncia permanentemente al proyecto en Estácio. El barrio se queda. Tu gente conserva sus casas. Tú salvas a Danilo y salvas a tu comunidad... a cambio de tu propia felicidad.
Davina sentía que el aire se volvía sólido. El sacrificio que le pedían era total.
—Él me buscará —dijo Davina con la voz rota.
—Él creerá que lo traicionaste —corrigió Helenina—. Le diré que me pediste dinero para no denunciarlo por el incendio, que te pagué y que te fuiste a disfrutar de tu nueva fortuna. Conociendo su ego herido, me odiará a mí, pero te despreciará a ti. Y el desprecio es el mejor remedio para el amor.
Helenina sacó un sobre de seda de su bolso y se lo extendió.
—Tienes hasta el anochecer. Si para las seis de la tarde no estás en un autobús fuera de esta ciudad, la policía vendrá por Danilo. Elige, "Juana de Arco". ¿Quieres ser la mujer que amó a un hombre hasta hundirlo, o la mujer que salvó a mil personas a cambio de su corazón?
Helenina dio media vuelta y caminó hacia su coche, dejando a Davina sola en el callejón, temblando, con el peso del destino de todo un barrio sobre sus hombros.
Davina regresó a la clínica. Vio a Danilo a través del cristal de la habitación. Él la miró y le dedicó una pequeña y dolorosa señal de paz con sus dedos vendados. Ella le devolvió una sonrisa forzada, sintiendo que cada latido de su corazón era una despedida.
Tenía que decidir: el hombre que amaba o la tierra que la vio nacer...