VOLVER A AMAR - TEMPORADA I
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 23
Ese sábado no me dijo a dónde íbamos. Solo que pasaría por mí a las siete y que llevara algo cómodo, porque iríamos a un lugar al aire libre.
El sonido del motor de su auto resonó en la calle a las seis y cincuenta y ocho. Lo vi desde la ventana, un BMW negro, impecable, estacionándose con precisión milimétrica frente a mi edificio. No era un hombre de llegadas tardías. Leonardo salía del vehículo con esa elegancia casual que lo caracterizaba, como si cada gesto hubiera sido ensayado sin parecerlo.
La camisa azul se ajustaba justamente a sus hombros, resaltando la definición de sus brazos bajo la tela. El primer botón estaba desabrochado, dejando entrever el inicio de un vello oscuro que descendía hacia donde mi mirada no debía ir todavía.
Su cabello, normalmente peinado con meticulosidad, estaba deliberadamente desordenado esa noche, como si hubiera pasado los dedos por él una docena de veces, dándole un aire de descuido calculado. Cuando levantó la vista hacia mi ventana, sonríe. No era una sonrisa amplia, ni forzada, sino esa curva lenta de los labios que prometía algo más que una salida rutinaria, era la sonrisa de quien ya sabe cómo terminará la noche y está disfrutando el camino.
Bajé las escaleras con una calma que no sentía. Cada paso era una lucha contra el impulso de correr, de lanzarme hacia él como si el tiempo entre el rellano y la acera fuera insoportable. Cuando abrí la puerta del edificio, el aire fresco de la tarde me golpeó con el aroma a asfalto recién mojado y ese toque metálico que deja la lluvia cuando se evapora.
Él estaba apoyado contra el auto, los brazos cruzados, la mirada fija en mí mientras recorría mi cuerpo de arriba abajo con una lentitud que hizo que se me erizara la piel. No dijo nada al principio. Solo extendió la mano hacia mí, y cuando mis dedos rozaron los suyos, sentí una electricidad recorriendo mi cuerpo.
Durante el trayecto casi no hablamos. El silencio no era incómodo, pero sí distinto, hasta ese momento no nos quedaban temas pendientes, pero había algo que flotaba entre los dos, algo que todavía no se decía y que hacía que cada roce accidental de su brazo contra el mío se sintiera intencional y que no pudiera evitar sentir que una corriente de electricidad recorriera todo mi cuerpo.
En un momento encendió la radio. La canción que sonó no era algo comercial, ni siquiera algo que reconociera. Era instrumental, con un piano suave y un violín que se arrastraba como un susurro sobre la melodía. El tipo de música que no exigía atención, pero que se filtraba en los espacios vacíos, llenando el silencio con algo más pesado que palabras. Me recosté ligeramente contra el asiento, sintiendo cómo el ritmo de mi respiración se sincronizaba con el de la canción. Con el suyo.
—¿Te gusta? —murmuró.
—Sí —admití—. Aunque no sé qué es.
—No es importante —dijo, y por primera vez esa noche, giró la cabeza hacia mí. Sus ojos, oscuros como el asfalto bajo la lluvia, brillaban con algo que no era solo el reflejo de los faros—. Lo importante es cómo suena ahora.
Llegamos a un mirador. Desde ahí, la ciudad parecía un conjunto de luces flotando en la oscuridad, dándole un aspecto melancólico y romántico a la vez, no sabría cómo definirlo, pero se veía hermoso. La brisa era suave y traía consigo el olor a tierra mojada, como si hubiera llovido hace poco. Sentí el frescor en mis mejillas y el leve cosquilleo en la piel de los brazos, que él notó enseguida. Sin decir nada, se quitó su chaqueta y la colocó sobre mis hombros, con un roce lento que me erizó entera; no sabía cuánto me gustaba ese hombre, hasta que su cercanía entendía mi ser.
Me apoyé en la baranda, dejando que el viento jugara con mi cabello. Él se colocó a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y escuchar el ritmo pausado de su respiración. Por un instante pensé que se quedaría así, en silencio, pero entonces dijo mi nombre con una voz que parecía buscar un punto exacto en el aire.
—Samantha —dijo mi nombre como si fuera una orden, como si al pronunciarlo pudiera doblar mi voluntad a la suya—. Ya no quiero que esto sea algo indefinido.
El viento jugaba con los mechones de su cabello, despeinándolo aún más, y por un segundo, solo pude fijarme en cómo sus labios se movían al hablar. Labios que había sentido antes, pero nunca con este peso, esta urgencia.
—¿Esto? —repetí, aunque sabía exactamente a qué se refería.
—Tú y yo —aclaró, acercándose un paso más—. No quiero más medias verdades. No quiero más noches en las que nos separamos preguntándonos qué somos el uno para el otro. Quiero que sea real. Quiero construir algo contigo. Algo que no se rompa al primer viento fuerte.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que podía oírlo. O quizá era el suyo, golpeando contra mi pecho donde nuestros cuerpos casi se tocaban.
—Yo también quiero —dije, y mi voz no tembló. Porque por primera vez en meses, no había duda en mí. Solo certeza.
Él no esperó más. Sus manos subieron hasta mi rostro, enmarcándolo con una suavidad que contrastaba con la urgencia de su aliento. Cuando me besó, no fue como las otras veces, con esa cautela de quien aún no está seguro de lo que tiene permiso de tomar.
Esta vez, sus labios se movieron sobre los míos con una posesión tranquila, como si finalmente hubiera encontrado algo que era suyo. Su lengua entró en mi boca sin prisa, saboreándome, y gemí contra él cuando sus dientes rozaron mi labio inferior. Una de sus manos se deslizó hacia atrás, enredándose en mi cabello, sujetándome con una fuerza que me hizo arquear la espalda, empujando mis pechos contra su torso.
—Entonces —murmuró contra mis labios—, eres mi novia.
La risa que escapó de mí fue un sonido roto, entre el alivio y el deseo.
—Y tú —dije, pasándole los dedos por el cuello, sintiendo cómo se estremecía bajo mi toque—, mi novio.
Nos quedamos un rato ahí, viendo la ciudad desde lo alto. Sentí su brazo rodeando mi cintura y apoyé la cabeza en su hombro, como si desde ese punto el mundo fuera más pequeño y más fácil de manejar. El sonido lejano del tráfico parecía un murmullo, y me descubrí pensando que no importaba hacia dónde mirara, siempre iba a encontrarlo a él primero.
En el camino de regreso tampoco hablamos demasiado, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sonreíamos como si hubiéramos inventado un idioma nuevo, imposible de traducir. Él manejaba con una calma casi deliberada, como si no quisiera que la noche se acabara.
Al llegar a mi puerta, no se apresuró a despedirse. Me miró como si quisiera memorizarme, y volvió a besarme. Este beso fue más largo, con una suavidad que se fue volviendo más profunda, hasta que nos costó separarnos. Me quedé con las manos aún sobre su pecho, sintiendo los latidos, y él me rozó la mejilla con el pulgar antes de apartarse.
—Esto es solo el comienzo— dijo él, todavía cerca, con un tono que me hizo prometerme no olvidar esa noche jamás.
Subí a mi departamento con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que si lo conectaban a una bombilla podía iluminar el lugar la noche entera.