TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 11
Mis ojos se abrieron con sorpresa.
—El padre de tus hijos debe ser un descendiente muy lejano del Dios de la Vida.
El árbol soltó una risa profunda y anciana.
—¡Bien, bien! Me han encantado estas personas que me trajiste, Aethon.
Las hojas del enorme árbol brillaron con más intensidad.
—Yo, el Árbol del Mundo, estoy muy satisfecho.
Las ramas comenzaron a emitir una luz más intensa.
—Hoy… a estas tres presencias les daré mi bendición.
De repente, una luz suave y cálida nos envolvió a mí y a mis dos cachorros.
Sentí una energía pura recorrer todo mi cuerpo, como una corriente de vida que fluía desde el árbol hacia nosotros.
Pero lo más sorprendente fueron mis hijos.
Los dos pequeños se movieron de repente.
Sus ojitos se abrieron lentamente.
El pequeño macho tenía ojos violeta, exactamente como Rowan.
La pequeña hembra tenía ojos dorados, iguales a los míos.
Ambos miraron el mundo por un breve instante, envueltos en aquella energía luminosa.
Se veían increíblemente lindos flotando en aquella luz.
Luego, como si la energía los hubiera reconfortado…
volvieron a quedarse dormidos.
El árbol dejó escapar un largo suspiro.
—Estoy cansado…
Su voz sonaba más débil ahora.
—Espero que vuelvan a visitarme… algún día.
Entonces el rostro del árbol se apagó lentamente.
La luz en sus ojos desapareció.
Y todo quedó en silencio.
La rama que me sostenía aflojó su agarre lentamente.
Comenzó a retirarse hacia el tronco.
Por un instante pensé que caería.
Pero antes de que eso ocurriera…
Unos brazos firmes me sostuvieron.
Aethon Sylvariel me tomó nuevamente entre sus brazos.
Cuando levanté la mirada, vi que me observaba con una expresión llena de ternura.
Como si, en ese momento…
yo fuera lo más importante del mundo para él.
Entonces Aethon Sylvariel habló con voz firme, pero llena de una calidez que hizo que mi pecho se apretara.
—Aelina… no dejaré que enfrentes esto sola.
En ese momento, una gran rama del Árbol del Mundo se extendió bajo sus pies. Aethon dio un paso sobre ella mientras aún me sostenía en sus brazos y la rama comenzó a descender lentamente, llevándonos de regreso.
Las luces turquesa del árbol seguían brillando a nuestro alrededor, mientras pequeñas criaturas espirituales flotaban entre las hojas como diminutas estrellas vivas.
—Sea lo que sea que venga… —continuó Aethon con voz firme—. Sea quien sea esos dioses… yo estaré contigo.
Sus ojos verdes me miraban con una determinación absoluta, como si esa decisión ya estuviera grabada en su corazón.
Yo permanecí en silencio por unos momentos.
Aún sostenía la cesta con mis pequeños dormidos entre mis brazos mientras la rama nos bajaba suavemente entre las gigantescas ramas del árbol.
Dos maldiciones.
Un dios padre desconocido.
Un niño durmiendo en mi alma.
Todo era demasiado.
Pero cuando miré a Aethon… algo dentro de mí se calmó un poco.
Bajé ligeramente la mirada, todavía abrumada, y luego hablé con suavidad.
—Aethon… yo… no quiero arrastrarte a algo tan peligroso.
Apreté un poco más la cesta contra mi pecho.
—Esto puede involucrar a dioses… y ni siquiera sé qué hice para terminar así.
La rama siguió descendiendo lentamente mientras las luces del árbol iluminaban el camino.
Luego levanté la vista nuevamente hacia él.
—Pero… —dije con una pequeña sonrisa cansada— gracias.
Hice una pequeña pausa.
—Gracias por no dejarme sola.
.
.
.
Cuando finalmente llegamos al suelo, la rama del Árbol del Mundo se retiró lentamente bajo los pies de Aethon Sylvariel.
Las luces turquesa del árbol seguían iluminando suavemente el lugar, y el lago reflejaba aquel resplandor como un cielo lleno de estrellas.
Entonces lo vi.
Un pequeño espíritu se acercó flotando hacia Aelina Moonveil.
Parecía observarla con profunda curiosidad.
Flotaba en la inmensidad silenciosa del claro, como si hubiera nacido de la misma luz de las estrellas. Su diminuto cuerpo brillaba con suaves tonos azulados y plateados, como agua iluminada por la luna.
A su alrededor danzaban destellos suaves, como si el cielo mismo hubiera dejado caer polvo de estrellas sobre su piel.
Sus grandes ojos curiosos reflejaban una inocencia antigua… la de un ser que observa el mundo con asombro eterno.
De su pequeña cabeza brotaban delicadas formas luminosas, parecidas a pétalos o pequeñas coronas de cristal, que se movían lentamente con cada pulso de su energía.
Su cuerpo alargado y translúcido recordaba al de una criatura de las profundidades del océano, pero también al de un guardián de sueños.
Su cola ondulaba suavemente mientras flotaba, dejando tras de sí un rastro de brillo etéreo… como si estuviera dibujando constelaciones invisibles en el aire.
No era un animal.
Ni una simple criatura mágica.
Era un espíritu.
Y ahora…
La estaba observando.
Parpadeé un par de veces, fascinada por aquella pequeña criatura.
Luego miré a Aethon y pregunté con curiosidad:
—¿Esto es…?
Aethon observó al pequeño espíritu con calma y respondió con una leve sonrisa.
—Un espíritu antiguo y puro —dijo—, nacido entre mundos. Un diminuto guardián de la luz… que vaga silenciosamente entre las estrellas, esperando el momento de guiar a un corazón perdido.
El pequeño espíritu flotó un poco más cerca de mí.
Sus ojos brillaban con curiosidad mientras me observaba atentamente.
Luego habló con una voz suave, casi como un susurro de viento entre estrellas.
—Señorita… sé mi contratista.
Parpadeé varias veces, completamente sorprendida.
No supe qué decir.
Miré al espíritu… luego miré a Aethon Sylvariel, esperando alguna explicación.
Entonces Aethon habló con calma.
—Acepta —dijo con tranquilidad—. Te ayudará en el futuro.
Sus palabras eran firmes, como si supiera perfectamente lo que decía.
Dudé un instante.
Pero finalmente asentí.
—Está bien… acepto.
El pequeño espíritu pareció alegrarse.
Flotó hacia mi mano extendida y tocó suavemente mi palma, listo para formar el contrato.
Pero justo en ese momento…
Una corriente invisible nos separó bruscamente.
El espíritu fue empujado hacia atrás como si algo lo hubiera rechazado.
Yo también retiré la mano instintivamente, sorprendida.
—¿Qué…?
El pequeño espíritu flotó unos segundos en silencio.
Luego me miró con sorpresa.
—Señorita… —dijo lentamente—. Has firmado un contrato con un demonio.
Mis ojos se abrieron.
—¿Cómo lo sabes?