Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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El precio no escrito
No recordó cómo llegaron hasta allí.
Solo supo que, cuando volvió en sí, estaba sentada frente a una mesa de madera vieja y astillada, con las manos temblándole sin control y el pecho ardiendo como si aún llevara fuego líquido dentro. El lugar era distinto al refugio anterior: más pequeño, más oculto, más cargado de secretos antiguos. Las paredes de piedra desnuda estaban cubiertas de runas medio borradas, y el aire olía a humedad, cera quemada y algo metálico que no lograba identificar.
—No debiste usar el medallón de esa forma —dijo Elian, rompiendo el silencio con voz grave.
Ella alzó la mirada lentamente, todavía aturdida.
—¿Y qué opción tenía? —respondió con amargura—. ¿Dejar que se los llevara a todos? ¿Quedarme paralizada mientras destruía todo lo que quedaba?
—Tenías opciones —replicó él, inclinándose hacia adelante—. Elegiste la más peligrosa. La más visceral.
—Siempre es así, ¿verdad? —dijo ella, soltando una risa corta y rota—. Siempre llego tarde a las advertencias. Siempre termino pagando el precio después de actuar.
Nadie la contradijo. El silencio que siguió fue incómodo, cargado de verdades que nadie quería pronunciar todavía.
La mujer de ojos negros se acercó con una taza humeante de un líquido oscuro y aromático.
—Bebe —le dijo con suavidad—. Te ayudará a estabilizarte. Al menos un poco.
—No necesito estabilizarme —respondió ella, apartando la taza con un gesto brusco—. Necesito la verdad completa. Sin filtros. Sin medias verdades. Ya estoy harta de que me protejan de lo que soy.
Elian suspiró profundamente, pasándose una mano por el cabello plateado.
—Cada vez que usas el poder del medallón —explicó—, el vínculo se fortalece.
—¿Con quién? —preguntó ella, aunque ya temía la respuesta.
Él no respondió de inmediato. Miró a los demás presentes, como buscando permiso o fuerza.
—Con ambos mundos —dijo finalmente—. Y con él.
Sintió un nudo apretado formándose en su garganta.
—Entonces no era mentira…
—No —confirmó Elian con gravedad—. Él está atado a ti… y tú a él. Lo que uno haga, el otro lo siente. Lo que uno pierda, el otro lo paga.
La habitación parecía encogerse a su alrededor. Las paredes se cerraron. El aire se volvió más denso.
—Eso significa que puede encontrarme —susurró ella, con la voz temblando ligeramente.
—Ya lo hace —intervino la mujer de ojos negros—. No por ubicación física… sino por decisión. Cada vez que usas el poder, le das una puerta más ancha para entrar.
Ella apretó los puños sobre la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Dijiste que yo era la llave.
—Lo eres —respondió Elian—. Pero nadie dijo que una llave solo abre puertas. También puede cerrarlas… o romperlas desde dentro.
El silencio cayó pesado, casi asfixiante.
—¿Qué más no me han dicho? —preguntó ella, con voz firme a pesar del miedo que le trepaba por la columna—. ¿Qué más me están ocultando?
Elian sostuvo su mirada sin parpadear.
—Que el poder no te pertenece del todo.
El corazón le dio un salto violento.
—Explícate.
—El medallón despierta lo que ya llevas dentro —continuó él—. Pero también cobra. No en sangre. No aún. Cobra en memoria, en emociones… en pedazos de tu humanidad. Cada vez que lo usas de forma descontrolada, pierdes algo que nunca recuperarás.
Ella recordó el instante en que había atacado sin pensar. La facilidad brutal con la que la fuerza había salido de ella. La sonrisa de él entre los escombros.
—¿Voy a perderme? —preguntó en voz baja, casi temiendo oír la respuesta.
—Eso depende de ti —respondió la mujer de ojos negros—. Y de a quién decidas escuchar cuando llegue el momento crítico.
Un golpe seco resonó en alguna parte del edificio. Todos se pusieron tensos al instante.
—No puede ser —murmuró alguien desde el fondo—. Nadie nos siguió. Las barreras estaban activas.
Ella se puso de pie lentamente, con las piernas todavía débiles.
El medallón latía.
Más rápido.
Más fuerte.
—Sí nos siguieron —dijo ella, con una certeza fría instalándose en su pecho—. Pero no desde afuera.
Elian la miró, alarmado.
—¿Qué quieres decir?
Ella cerró los ojos.
Y lo sintió.
No como antes.
No como una amenaza externa.
Como una presencia dentro.
—No está aquí —susurró—. Pero ya sabe exactamente dónde estoy.
El medallón respondió con un pulso oscuro, casi posesivo.
Y por primera vez, ella tuvo miedo. No de perderlo… sino de lo fácil que sería dejarlo entrar.
El medallón ardió con una violencia distinta. No era dolor físico… era una advertencia profunda, visceral.
Se llevó la mano al pecho y dio un paso atrás. El aire del refugio se volvió pesado, denso, como si algo invisible acabara de cruzar el umbral sin permiso.
—¿Lo sienten? —preguntó, con la voz quebrada.
Nadie respondió.
Uno a uno, los presentes comenzaron a mirarse entre sí. Desconfianza. Miedo. Algo más oscuro.
Entonces ocurrió.
Uno de los símbolos del muro se apagó con un chasquido suave.
Luego otro.
Y otro.
—Eso no debería pasar —murmuró Elian, poniéndose de pie de golpe.
El medallón latía descontrolado. Cada pulso traía una sensación nueva: cercanía, calor, un reconocimiento peligroso y seductor.
Ella cerró los ojos con fuerza.
Y lo escuchó.
No fue una voz clara. Fue una certeza absoluta que resonó directamente en su sangre.
Ya estoy dentro.
Abrió los ojos de golpe, pálida.
—Cierren el círculo —ordenó, con la voz temblando—. Ahora.
Demasiado tarde.
Una sombra se deslizó por el suelo como humo negro y se alzó detrás de ellos, tomando forma humana con una lentitud deliberada. No tenía rostro visible, pero todos supieron a quién pertenecía esa silueta.
Elian retrocedió, pálido como la muerte.
—Esto es imposible… nadie abrió la barrera.
Ella sintió un frío helado recorrerle la espalda.
—Sí lo hicieron —dijo, con la voz apenas audible—. Yo.
El medallón se iluminó con un brillo oscuro y pulsante.
Y en ese instante, ella entendió la verdad que nadie se había atrevido a decirle hasta ahora:
El mayor peligro no era traerlo de vuelta…
sino que ya no necesitaba permiso para entrar.