Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
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Parte 6
Noah
Mi mirada seguía a Grace en cada movimiento. Cuando saludó a mi mamá, a mi hermana y a mi papá, lo hizo con una calidez preciosa, de esas que derriten hasta el hielo más firme. Mi madre estaba encantada con ella; era imposible no estarlo. Grace intentaba ayudar en todo momento, incluso cuando le decían que no era necesario.
Cuando la noche cayó por completo, la encontré sentada en una mecedora, mirando hacia la oscuridad absoluta del campo. Solo unas pocas luces titilaban a lo lejos. Tenía una taza entre las manos y parecía perdida en sus pensamientos, meciéndose lentamente como si cada vaivén fuera un suspiro.
—¿Aún sigues con calor? —pregunté, acercándome. Ella se sobresaltó al escuchar mi voz, pero luego suspiró al verme.
—Sí... tu mamá me va a meter en tu habitación para que no sufra tanto. Es un amor —sonrió antes de dar un sorbo a su bebida—. Me recuerda a mi mamá... se preocupan igual por sus hijos.
—Claro que sí, ¿qué madre no ama a sus hijos? —respondí, aunque ambos sabíamos que esa frase no siempre era verdad. El mundo podía ser muy cruel.
—¿Qué piensas? —le pregunté mientras me sentaba a su lado. Ella no me miró.
—No sé... supongo que estoy tomando decisiones.
—¿Cuánto piensas quedarte? —quise saber.
—Cuando mi dinero se acabe y tenga que volver a buscar trabajo —rió, con un tono despreocupado que me parecía más un disfraz que una respuesta real.
Me gustaba su compañía, no quería que se fuera. Pero tampoco podía pedirle que se quedara. Sería puro egoísmo. No podía darle un futuro, ni prometerle algo que no estaba seguro de cumplir.
—Espero que eso se tarde... —confesé. Ella me miró, y noté que su mirada ya no era la misma desde aquella parada en el camino.
—Me voy a dormir —dijo de pronto. Cuando se levantó, vi cómo perdía el equilibrio y la sostuve. Terminó cayendo en mis piernas. ¿Esto no era exactamente lo que pasaba en esas series cursis? Me miró fijamente por un segundo eterno y luego se apartó como un resorte, negando con la cabeza.
—Buenas noches.
Fue lo último que me dijo esa noche.
Al amanecer, me levanté muy temprano para ordeñar las vacas. Pero, al salir, me encontré con una escena que me robó una sonrisa: Grace ayudaba a mi madre con el desayuno. Mi mamá, al verme, me lanzó una mirada llena de alegría.
—Muchacho... quiero que ella se quede para siempre. Se levantó temprano y me ayudó en todo —su felicidad era evidente. Grace sonrió y me dijo un simple "Buenos días" sin mirarme, como si mi presencia le incomodara.
Mi madre lo notó. Y me lanzó esa mirada que solo las madres tienen: la que juzga en silencio y te dice todo sin pronunciar una sola palabra.
—Hijo, ¿vas a ordeñar las vacas? —preguntó durante el desayuno. Emma, que también se había levantado, estaba ayudando a lavar los platos.
—Sí, mamá —respondí.
Ella sonrió con una expresión que ya delataba que tenía un plan.
—Lleva a tus dos amigas —dijo, como si fuera algo casual.
Emma reaccionó enseguida:
—Yo me quedo ayudando aquí. Deberían ir ustedes.
Ellas se miraron. Emma con una sonrisa burlona; Grace... bueno, no podía verle bien el rostro, pero podía imaginar su expresión perfectamente.
Sin más, Grace se puso ropa más cómoda... que resultó ser mía. Una camisa de botones con rayas azules que le quedaba un poco grande —y que usaba para protegerse del sol al volver—, un pantalón al que tuve que ajustarle el cinturón, y un sombrero que le daba un aire de vaquera improvisada.
—No quiero opiniones de mi outfit —le dijo a Emma antes de que saliéramos a caballo.
—¿Sabes montar? —le pregunté. Ella me miró y negó.
—Pero puedo intentarlo.
—No, vayan los dos en uno. No quiero que a la niña le pase nada —intervino mi madre con tono de advertencia. Asentí; de hecho, ya pensaba hacerlo así.
La ayudé a subir primero, y luego subí yo. Parecía feliz. Emma alcanzó a tomarnos una foto antes de pasarle el celular a Grace. Tomé las riendas y el caballo comenzó a moverse, llevándonos camino al lugar donde ordeñaríamos las vacas.
Cuando llegamos, la ayudo a bajar. Grace queda muy cerca de mí, tanto que nuestros rostros casi se rozan y el ala de su sombrero se inclina hacia atrás, como si quisiera apartarse para darnos más espacio... o más peligro.
Ella esquiva mi toque, con esa terquedad suya que me desconcierta, y espera pacientemente a que amarre el caballo para que podamos empezar.
Me agacho y comienzo a ordeñar, mientras le explico paso a paso.
—Qué genial —dice, observando todo con una atención casi infantil.
—¿Quieres intentarlo? —pregunto.
Ella niega rápidamente, como si fuera impensable.
—Me da miedo.
No puedo evitar reírme.
—Siéntate conmigo, te enseño —la invito, dándole un espacio junto a mí.
Ella obedece, aunque con cierta timidez. Le voy guiando las manos con las mías, marcándole el ritmo y la presión. Al principio apenas consigue unas gotas, pero cuando el chorro empieza a salir con más constancia, sonríe como si hubiera ganado una medalla.
Me mira, y esa sonrisa... esa sonrisa me golpea. Es preciosa. Sus mejillas están encendidas, quizás por el calor de la mañana, aunque aún es temprano.
No sé cuánto tiempo pasa. Cuando terminamos, ella se levanta y acaricia a la vaca con una delicadeza que no había visto antes, como si supiera exactamente dónde tocar para transmitir calma. La miro sin disimulo: sin maquillaje, con el cabello recogido de forma descuidada, vestida con mi ropa... y no puedo negar que hay algo en verla así que me enloquece. Es como si una parte de mí quisiera que siempre tuviera algo mío.
—¿Vamos? —pregunto, y ella asiente.
La ayudo a subir al caballo otra vez. Esta vez no volvemos directamente. Quiero llevarla a una quebrada cercana para mostrarle el lugar.
Cuando llegamos, detengo al caballo y me bajo primero. Luego extiendo los brazos para ayudarla. Ella, algo confundida, me sigue el juego. No sé si fue mi culpa o la de ella, pero en el movimiento termino sosteniéndola por la parte baja de la espalda... y, para ser sincero, un poco más abajo.
Siento cómo su cuerpo se tensa apenas un segundo. La bajo con cuidado, intentando que el momento pase desapercibido, aunque en mi cabeza sigue repitiéndose como un eco.