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CENIZAS DEL PECADO

CENIZAS DEL PECADO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Diferencia de edad / Mujer despreciada / Venganza de la protagonista / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yazz García

Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.

NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

En una nueva piel

...06...

...ANNE MORETTI ...

El humo del cigarrillo se disolvía en el aire frío de la noche, mezclándose con el eco de las risas y la música que subía desde el jardín. Era la fiesta de graduación de Nate, el cierre de su etapa en la academia, pero para mí se sentía como el funeral de la persona que solía ser.

En este último mes, el abuelo Manuelle se había encargado de terminar de romper los cristales de mi ingenuidad. Él fue quien me puso frente al espejo y me obligó a llamar a las cosas por su nombre: abuso. Me dijo que las leyes no estaban hechas para personas como nosotros cuando el enemigo tenía apellidos como Holmes. Y tenía razón. Fui a la policía, intenté buscar esa "justicia" de la que hablan, y solo recibí burlas. "Arregla las cosas con tu novio, niña", me dijeron, mientras el video seguía circulando.

Desde entonces, el odio es lo único que me mantiene en pie.

—¿Ahora también fumas? —la voz de Nate me sacó de mis pensamientos.

No me moví. Seguí apoyada en la barandilla del balcón, mirando hacia la oscuridad. Escuché sus pasos acercándose. Sabía que estaba haciendo un esfuerzo por no explotar; después de todo, era su noche, su graduación, y yo me había encargado de arruinar el ambiente familiar siendo un muro de hielo con Cassian y Eleonora.

—Es un país libre, ¿no? —respondí sin mirarlo, suelta una nube de humo gris.

—Anne, basta —dijo él, poniéndose a mi lado. Su tono era una mezcla de cansancio y esa protección que ahora me resultaba asfixiante—. Llevas un mes siendo una desconocida. Le gritaste a Cassian hoy frente a los invitados. Él y la tía intentaron ayudarte, movieron cielo y tierra en la academia para que suspendieran a Maxine...

—¡Llegaron tarde! —le espeté, girándome por fin para clavarle una mirada cargada de veneno—. Suspendieron a Max por una semana, ¿y qué? Ella sigue siendo la reina y yo sigo siendo la puta del video. La denuncia contra Tristán se cayó porque sus padres compran jueces como si fueran caramelos. ¿De qué me sirvió su ayuda, Nate? Solo sirvió para que ahora todos me miren con más lástima.

Nate suspiró, apretando la barandilla con fuerza. Sé que le dolía ver cómo me alejaba de los tíos, cómo los trataba de inútiles a pesar de que habían reducido sus horas de trabajo para estar en casa. Pero para mí, su presencia ahora solo era un recordatorio de lo que no pudieron evitar.

—¿Sigues molesta conmigo también? —preguntó Nate, bajando la voz—. ¿O ahora sí piensas hablarme de verdad? No quiero graduarme y sentir que mi hermana me odia por algo que yo no empecé.

Le di una última calada al cigarrillo y lo apagué contra el mármol del balcón. Me acerqué a él, pero no para abrazarlo, sino para que viera la frialdad en mis ojos, esa que el abuelo tanto celebraba.

—No estoy molesta contigo, Nate. Simplemente ya no te necesito para que me cuides —le dije en un susurro—. Felicidades por tus grados. Ahora que ya no estarás en la academia para vigilarme, las cosas se van a poner interesantes.

El humo del cigarrillo aún me raspaba la garganta, pero el sabor amargo que sentía no era por el tabaco, sino por la mirada de decepción que Nate me lanzaba. Me divertía, de una forma retorcida, ver cómo mi nueva versión lo descolocaba.

—¿Y bien? —le solté, cruzándome de brazos—¿Piensas ir al baile de graduación esta noche o te vas a quedar aquí dándome sermones? ¿Irás con alguna de tus amiguitas? ¿O vas a ir con alguna de tus perras a celebrar tutítulo?

Nate dio un paso atrás, como si le hubiera dado un puñetazo físico. Su rostro pasó de la preocupación al horror absoluto.

—¿Qué te pasa, Anne? —su voz temblaba de indignación—. No hables de esa manera. Tú jamás te comportas así.

—Pues la gente cambia, Nate. Deberías acostumbrarte —respondí, lanzando la ceniza al vacío.

—No voy a ir a esa fiesta —sentenció él, tratando de recuperar el control—. NoNo después de todo lo que ha pasado. Si voy, veré a ese malnacido de Holmes y no podré contenerme. No lo he buscado todavía porque mi padre me lo prohibió, me dijo que solo empeoraría tu situación legal, pero si lo tengo de frente...

—Haz lo que quieras—lo interrumpí, ignorando su discurso de mártir—. Y además, es cierto que tú...

De repente, las palabras se me atascaron en la garganta. Fue un golpe seco en el estómago, Fue una oleada violenta que subió desde mi estómago, una náusea tan súbita y ácida que me obligó a doblarme sobre la barandilla. El mundo empezó a dar vueltas y el sabor de la cena se volvió bilis en mi boca.

Me quedé callada de golpe, apretando los dientes, pero las ganas de vomitar eran incontrolables.

—¿Anne? ¿Qué tienes? —la voz de Nate sonó llena de pánico.

No pude responderle. Salí corriendo del balcón, empujándolo para abrirme paso, y llegué al baño de la planta alta apenas a tiempo. Me desplomé frente al inodoro, sintiendo cómo mi cuerpo se convulsionaba.

—¡Anne!

Nate entró justo detrás de mí. No preguntó nada más. Se arrodilló a mi lado y, con una delicadeza Sentí sus manos, grandes y firmes, rodeando mis hombros mientras yo empezaba a devolver toda la comida de la cena. El dolor en el estómago era punzante, como si algo se retorciera dentro de mí. Nate, a pesar de lo mucho que lo había insultado hace un minuto, me agarró el cabello corto con delicadeza para que no me estorbara mientras el cuerpo me fallaba.

El silencio del baño solo era roto por mis arcadas y el sonido del agua. Sentí su mano firme en mi espalda, sosteniéndome, mientras el sudor frío me perleaba la frente.

—Ya está, ya está... —susurraba él, aunque sus ojos reflejaban preocupación.

Yo no podía hablar, solo podía jadear entre arcada y arcada. Cuando finalmente me detuve, me quedé apoyada contra el azulejo frío, temblando. Nate me soltó el cabello de inmediato y me miró a través del espejo, con el rostro pálido.

—Anne... —dijo en un susurro que me heló la sangre—. ¿Desde cuándo te sientes así de mal?

Me quedé apoyada contra el tanque del inodoro, sintiendo cómo el frío de la cerámica me atravesaba la ropa.

—Llevo dos días así, Nate. No es para tanto —dije, tratando de recuperar mi tono cortante, aunque mi voz temblaba—. El abuelo me tiene haciendo ejercicio y entrenando duro. Mi cuerpo se está adaptando, eso es todo. Es el estrés.

Nate no se movió. No se tragó la mentira. Se quedó callado, mirándome con una intensidad que me hizo querer desaparecer por el desagüe. El silencio en el baño se volvió tan denso que podía escuchar los latidos de mi propio corazón golpeando contra mis costados.

—De casualidad…¿Tú y Tristán se cuidaron? —soltó de repente. Su voz era plana, carente de cualquier emoción, lo que era mucho peor que sus gritos.

—¿Qué? —fruncí el ceño, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. ¿A qué viene esa pregunta ahora? ¿Qué tiene que ver eso con que tenga náuseas? ¿Te volviste idiota o qué?

Nate se tensó. Sus ojos, antes llenos de preocupación, se oscurecieron hasta volverse dos pozos de odio puro. Se acercó a mi rostro, invadiendo mi espacio con una agresividad contenida que me cortó la respiración.

—¿Quieres saber por qué te lo pregunto, niña idiota? —me espetó, y el insulto me dolió más de lo que quería admitir—. Porque tengo la sospecha de que estás embarazada de ese animal.

El mundo se detuvo. Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. La palabra "embarazada" resonó en las paredes del baño como una sentencia de muerte. Mi primera reacción fue la negación, el impulso de proteger lo poco que me quedaba.

—No... no digas estupideces —negué con la cabeza frenéticamente, y en mi estado de shock, mi filtro desapareció—. No puede ser, Nate. Solo... solo fueron dos veces.

Hice una pausa, y entonces, lo que el abuelo me había obligado a reconocer en privado se escapó de mis labios antes de que pudiera frenarlo.

—La primera vez pues... él me forzó diciendo que era un juego. No pudo pasar nada ahí.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, el horror me invadió. Me tapé la boca con la mano, abriendo los ojos de par en par, dándome cuenta de lo que acababa de confesarle a Nathaniel. Le acababa de decir, con todas las letras, que el chico que él más odiaba me había violado.

Miré a Nate.

La reacción no fue inmediata. Fue una transformación lenta y aterradora. Vi cómo el color se le escapaba del rostro, dejándolo de un blanco fantasmal. Vi cómo sus pupilas se dilataban hasta borrar el color de sus ojos y cómo su mandíbula se apretaba tanto que escuché el crujido de sus dientes. El aire alrededor de nosotros pareció cargarse de estática, de una violencia tan primitiva que sentí el impulso de alejarme de él.

—¿Él... qué? —susurró Nate. No era una pregunta; era el rugido de un volcán a punto de estallar.

El silencio de Nate fue lo más aterrador que he presenciado en mi vida. No gritó, no golpeó las paredes; simplemente se dio la vuelta y salió del baño con una calma mecánica, como si su humanidad se hubiera apagado de golpe.

—¡Nate! ¡Espera! —grité, tropezando con mis propios pies mientras intentaba seguirlo.

Bajó las escaleras de dos en dos y cruzó el jardín hacia la cochera. Sus movimientos eran precisos, letales. Lo vi llegar a su auto, meter la mano bajo el asiento del conductor y sacar la pistola que guardaba allí por orden de su abuelo adoptivo, Enzo D’Amato. El brillo del metal bajo la luz fluorescente de la cochera me heló la sangre.

—¡Quítate, Anne! —rugió cuando me puse frente al capó del auto, bloqueándole el paso—. ¡Quítate o te juro que no respondo!

—¡No vas a ir a ninguna parte! —le grité, extendiendo los brazos—. Si vas ahora, vas a terminar en la cárcel o muerto, y entonces él habrá ganado. ¡Me habrá quitado a mi hermano también!

—¡TE FORZÓ! —el grito de Nate fue tan potente que el eco rebotó en las paredes de concreto de la cochera. Por suerte, estábamos lo suficientemente lejos de la fiesta para que nadie nos oyera—. ¡Ese malnacido te puso las manos encima y tú quieres que me quede aquí bebiendo champán por mis grados! ¡MUEVETE!

Nate encendió el motor. El rugido del deportivo llenó el espacio, pero yo no me moví. Me quedé allí, mirándolo a través del parabrisas, con las lágrimas rodando por mis mejillas pero con la espalda recta. No podía dejar que se convirtiera en un asesino por mi culpa.

—Mátame a mí primero entonces —susurré, sabiendo que me escuchaba—. Porque si sales de aquí, ya no habrá nada que salvar.

Nate apretó el volante con tanta fuerza que pensé que lo rompería. El motor rugía, acelerando en punto muerto, reflejando la tormenta que llevaba dentro. Pero poco a poco, el sonido fue bajando. Nate apagó el motor y el silencio que siguió fue insoportable.

Se quedó estático unos segundos, con la cabeza apoyada en el volante. Luego, abrió la puerta, dejó caer el arma al suelo de la cochera como si fuera algo radioactivo y salió del auto.

No me gritó. No me apartó. Se desplomó sobre sus rodillas justo ahí, frente a mí, y soltó un sollozo desgarrador que me rompió el alma. Nate, el que siempre era fuerte, el que no lloraba desde que éramos niños, se derrumbó por completo.

—No pude protegerte... —sollozó, cubriéndose la cara con las manos—. Estaba tan ocupado peleando con todo el mundo que no vi lo que tenías frente a ti... Te fallé, Anne. Te fallé de la peor manera posible.

Me arrodillé frente a él y lo envolví en mis brazos. Sentí sus hombros sacudirse violentamente mientras procesaba el dolor y la culpa de mi confesión. En ese momento, en la penumbra de la cochera, los roles se invirtieron: yo, la que había sido rota, sostenía los pedazos de mi hermano mayor.

—No fue tu culpa —le dije al oído, aunque mis propias palabras me sabían a ceniza—. Ya no importa, Nate. Solo... quédate conmigo.

El frío de la cochera parecía habérseme metido en los huesos, pero el llanto de Nate finalmente se detuvo. Se puso en pie, limpiándose la cara con brusquedad, recuperando esa máscara de frialdad que solo nosotros compartíamos ahora.

—No podemos quedarnos con la duda, Anne —me dijo, con una voz que no admitía discusiones—. Tienes que hacerte una prueba. Ahora mismo.

Salimos de la finca en su auto, pero esta vez no iba como un loco. Manejó en silencio hasta una farmacia alejada, compró el paquete y regresamos. Para evitar a los tíos y al abuelo, entramos por la puerta de empleados, subiendo las escaleras de servicio como dos sombras hasta llegar a mi habitación.

Me encerré en el baño. Los minutos que pasaron mientras esperaba a que las líneas aparecieran fueron los más largos de mi vida. Cuando finalmente bajé la vista, el corazón se me detuvo.

Dos rayas. Positivo.

Salí del baño y le entregué el dispositivo a Nate sin decir una palabra. Él lo miró fijamente, con la mandíbula tan apretada que parecía de piedra. Luego, levantó la vista hacia mí.

—¿Qué piensas hacer, Anne? —preguntó con una seriedad que me hizo estremecer.

—No puedo tener a ese bebé, Nate —respondí de inmediato, sintiendo una oleada de asco que me revolvió las entrañas—. No puedo. Ya solo mirar a Tristán y lo que me hizo me da náuseas... tener algo de él creciendo dentro de mí... me mataría.

Nate asintió lentamente, guardando la prueba en su bolsillo para deshacerse de ella después.

—Te ayudaré con eso —sentenció—. No vas a pasar por esto sola. Buscaré la forma de que sea seguro y de que nadie en esta casa se entere.

Se dio la vuelta, seguramente con la intención de buscar sus llaves y terminar lo que empezó en la cochera, pero lo agarré del brazo con fuerza.

—Prométeme una cosa, Nate —le dije, obligándolo a mirarme—. Prométeme que no le harás nada a Tristán. No todavía.

—¿Qué? Anne, ese infeliz...

—Confía en mí —lo interrumpí, y mi voz sonó con una malicia que incluso a él lo sorprendió—Si lo matas ahora, su sufrimiento acaba rápido. Yo quiero algo diferente. Pienso hacer algo para que sufra peor, algo que lo destruya desde adentro, como él hizo conmigo. No ensucies tus manos todavía. Déjamelo a mí.

Nate me estudió durante un largo silencio. Vio que ya no quedaba rastro de la niña asustada, sino alguien que estaba empezando a hablar el mismo idioma.

—Está bien —susurró—. Tienes mi palabra. Pero en cuanto me digas que es el momento, no tendré piedad.

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Rocio Raymundo
me encantó de principio a fin la novela , muchos éxitos escritora.
Rocio Raymundo
me encantó me encantó la novela cual sería la primera de la saga me dise mi querida autora
Rocio Raymundo: gracias iré a su perfil 😃
total 2 replies
Patricia Enríquez
esta muy bien la historia pero no hay mas capitulos o segunda parte
Yazz: Falta el capítulo final que lo estaré subiendo ahora. (Porque está novela es como una historia alterna de la secuencia original de la saga) La segunda parte después del capítulo de “la reina de la pirámide” es la novela “Dinastía de la serpiente” que está en mi perfil, ahí continúan los acontecimientos.
total 1 replies
Teresa Guardoni
pero fue bárbara l a historia de estos mafiosos tambien eran adicto al sexso👏
Teresa Guardoni
Muy buena la reina
Teresa Guardoni
👏🥰
Teresa Guardoni
Que brava la chiquilla los paso por arriba a todos los hombre
Teresa Guardoni
Que buena histora👏
Teresa Guardoni
me registra muy buena
Rocio Raymundo
que fuerte en verdad
Rocio Raymundo
cuál es la novela de eyos cuando por lo que entendí hay una dag de eyos me da el orden de las novelas
Yazz: Hola, la historia de ellos es “dinastía de la serpiente” la puedes encontrar en mi perfil. También están los libros anteriores y el primero de toda la saga es “Rivales de oficina” 🤗
total 1 replies
Rocio Raymundo
ese bebé no tiene la culpa an si no lo quieres puedes darlo en adopción irte lejos y darlo en adopción es un ser indefenso a Tristán destruyelo Pero a ese bebé no 😭😭😭😭😭😭😭😭😭😭lo déjalo nacer y dalo en adopción pero no lo mates 😭😭😭😭😭😭
Rocio Raymundo
tu hermana se está perdiendo an , que manipulador salió Tristán en verdad
Rocio Raymundo
algo malo le pasará si va
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