Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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Un ángel guardián.
POV CARLA
El miedo se apoderó de mí en el mismo instante en que un millón de alarmas explotaron en mi cabeza. ¿Y si Patricia siempre tuvo razón? ¿Si Ian, esa mujer, o cualquiera de ese lugar sabía de la existencia de mis hijos... y venían a borrar sus huellas de la faz de la tierra?
Decir que estaba aterrada era menos que nada: lo que mi corazón sentía era una tormenta perfecta de temor, pánico desbordado, ansiedad aguzada, desesperación ciega, incertidumbre crujiente, angustia desgarradora... Dolor profundo, decepción hiriente, traición insoportable. Mi cuerpo era demasiado pequeño, demasiado frágil para albergar tanta oscuridad en su interior.
Salí disparada como una loca, sintiendo que un millón de ojos clavados me seguían a cada paso. Tenía tanto miedo que ni siquiera me atreví a pensar en volver a casa, no hasta estar segura de qué no me vigilaban, de si las sombras que bailaban en las esquinas me vigilaban a escondidas.
La probabilidad de que los autores de ese atentado siguieran en la zona, supervisando que su trabajo estuviera acabado hasta el último detalle, era aterradoramente alta. Llegué al centro comercial y me abracé a la multitud en un puesto de comida, donde el bullicio me protegiera un poco, antes de marcar a casa con la garganta cerrada y las ganas de llorar apretándome el pecho como una mano de hierro. Mis ojos ya ardían de rojos.
"Carla, ¿qué sucedió?" – Patricia tampoco podía ocultar su nerviosismo, su voz temblaba por el teléfono.
"Tenías razón... no fue un accidente. Alguien lo provocó a propósito. Ahora estoy en el centro comercial, tengo tanto miedo, Patricia... no sé qué hacer..." – me costó cada palabra, como si tuviera piedras en la boca.
"Escúchame bien, Carla, abandona tu coche ahí mismo, métete entre la gente como si fueras una más, y toma el autobús de regreso a casa. ¡Está a punto de llover a cántaros! Usa un paraguas para que nadie vea tu rostro. Aquí te espero, hermana... y ten cuidado, ¡muchísimo cuidado!"
Dicen que dos cabezas piensan mejor que una, y en ese momento agradecí con todas mis fuerzas que ella hubiera ideado un plan con tanta rapidez.
Seguí sus instrucciones al pie de la letra, mis ojos no dejaban de escudriñar por encima de mis hombros en cada paso, pero gracias al cielo, todo parecía transcurir con normalidad... al menos en apariencia.
Al llegar a casa, me lancé a sus brazos como una niña pequeña, desesperada, temblando de pies a cabeza.
- Ya... ya está bien, tranquilízate, hermana – intentó consolarme, pero yo estaba demasiado rota, demasiado destrozada para escuchar palabras de aliento.
- ¡Nos tenemos que ir de aquí, ahora mismo! – grité entre sollozos, buscando bolsos en el armario a toda prisa, como si el peligro estuviera a punto de estallar en la habitación. -¡Tenemos que ir a la policía, denunciar esto ante las autoridades!
- ¿Tienes pruebas de que fueron ellos? Carla, qué más quisiera yo decirte que llamemos en este mismo instante... pero la verdad es que esas personas tienen demasiado dinero, demasiado poder. La policía nunca les ha hecho nada, seguro que tienen acuerdos oscuros entre ellos.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de un martillo, hundiéndome más en el abismo.
- Además de que no sabemos con exactitud si fueron ellos o no... tal vez esa pareja estaba metida en préstamos ilegales o algo por el estilo. Ahora tenemos que pensar con la cabeza fría, sin dejarnos llevar por el pánico.
- ¿Qué propones, exactamente, entonces?
- Lo primero es borrar nuestras huellas. ¿La casa está alquilada bajo tu nombre?
- No... Luis me ayudó. Como no tengo buen historial crediticio en esta zona, él la alquiló para mí.
- Eso es bueno... ¡muy bueno! Significa que nadie sabe que vivís aquí. Carla, sé que no quieres escuchar esto, pero lo más sensato sería quedarnos aquí y observar qué sucede a continuación.
No podía hacerlo, si a mis hijos les sucedía algo, yo me moriría en el intento de protegerlos...
- No, Patricia, no quiero...
- Nena, nadie sabe que ese hombre es el padre de los niños...
- Pero no hace falta ser un genio para averiguarlo. No los voy a poner en riesgo, ¡nunca!
- Yo me quedo a tu lado, siempre. Tenemos que buscar una solución real, salir corriendo no arregla nada. Si en verdad ellos vienen detrás tuyo, nada los detendrá, tienen dinero, influencia, contactos en todos lados. ¿Qué tenemos nosotras? Nada, hermana... absolutamente nada.
Bueno, supongo que mi hermana menor tenía toda la razón. Somos personas normales, sin poder ni recursos... pero al menos aquí estamos en un punto neutro que podría jugar a mi favor...
- Lo intentaré... intentaré pasar desapercibida, recolectar información, ver qué camino se abre delante mío. No tengo más opción.
- Yo estoy aquí contigo y no me voy a ningún lado, te lo prometo.
Maldita sea ¿por qué tuve que ir a ese lugar? ¿Por qué tuve que buscar respuestas? Por mi culpa, ahora mis hijos estaban en peligro, y si algo les pasara, jamás me perdonaría a mí misma.
Los días siguientes intenté actuar con normalidad, manteniendo mi rutina diaria como si nada pasara... aunque ahora con una cautela extrema, como si cada sombra ocultara un enemigo. Luego de dejar a los niños en la escuela, y de suplicarle a la directora que llamara a la policía ante el mínimo signo de extraños rondando los patios, me dirigí a la oficina, tenía que renunciar, o al menos fingirlo, para que no encontraran la forma de rastrearme.
De camino, en un cruce peatonal, un hombre me arrebato el bolso de un jalón tan brusco que me arrastró por la calle, y luego intentó golpearme con sus puños... ¡Si no fuera por dos jóvenes que se lanzaron a mi ayuda, estoy segura de que esta historia hubiera acabado en tragedia!
Dos días después, mientras recorría el mercado rumbo a la sección de lácteos, otro hombre me agarró por la espalda con fuerza y me arrastró hacia la bodega trasera, con intenciones claras de hacerme daño. Pero de entre los estantes oscuros, alguien logró sacármelo de encima antes de que fuera demasiado tarde. Mis visitas a la comisaría se convirtieron en una rutina, tres veces a la semana como mínimo, pero nada cambiaba. Nadie me daba soluciones y siempre los acusados terminaban tras las rejas. Todos parecían simples ataques aislados, nada concreto o planeado.
Pero la peor, la más aterradora de todas, fue cuando salí a comprar un jarabe para los niños en la farmacia a tres cuadras. De repente, alguien me arrastró a un callejón oscuro, húmedo y nauseabundo...
- Mira qué tenemos aquí... tan bonita y tan sola... – sus ojos brillaban con una intensidad siniestra mientras me tapaba la boca para que no gritara.
- ¡Si que está buena la condenada! – dijo el otro tipo, que me sujetaba los brazos con fuerza suficiente para dejarme marcas.
Intenté luchar con todas mis fuerzas, pero eran tres contra una, y mi cuerpo estaba agotado por el miedo y la tensión de estos días, sin contar el fuerte golpe que recibí en mi cabeza.
En medio de la oscuridad, cuando ya veía mi fin cerca, las luces de una motocicleta iluminaron ese pasillo como un rayo de esperanza. El hombre se bajó de la máquina y se lanzó a pelear con una ferocidad increíble, mientras yo sentía cómo la conciencia se me desvanecía por el fuerte golpe que había recibido en la cabeza.
Desperté horas después en el hospital, asustada y exhausta, con el cuerpo hecho añicos...
- Carla, gracias al cielo que estás bien... – Patricia me cogió la mano con fuerza.
- ¿Qué... qué sucedió? – pregunté con voz ronca, intentando incorporarme a pesar del dolor que me recorría la cabeza.
- Te atacaron unos maleantes. Un transeúnte que pasaba por allí te defendió y llamó a la policía de inmediato.
Era curioso, estos atentados no eran casuales, aunque todos querían hacerles pasar por ello. Yo sabía que no se trataba de mala suerte... era algo más, algo que me perseguía a cada paso.
- Es como si tuviera un ángel guardián, Patricia. Las dos sabemos que esto no es casualidad. Siempre, en mi peor momento, aparece alguien que me salva del abismo.
- ¿Piensas que...?
- No quiero pensar en nada, al menos por ahora. Y si pienso, que sea en encontrar una solución. No puedo vivir toda mi vida así, huyendo y temiendo cada sombra...
Un ángel guardián... alguien que siempre está ahí cuando más lo necesito. Pero me niego a ponerle rostro o nombre, porque el miedo a lo que vendría después me paraliza por completo.