Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
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CAPÍTULO #21: LO QUE ADÁN NO PUDO CALLAR.
Capítulo 21: Lo que Adán no pudo callar
La noche seguía su curso en la casa de acogida.
Después de los regalos, Sonia preparó chocolate caliente para todos. Los niños estaban repartidos por el salón, algunos ya medio dormidos, otros todavía con energía para jugar un rato más. Leo se había integrado por completo: estaba sentado en el suelo con Tomás, construyendo algo con bloques que parecía una nave espacial.
Dorius y Kael estaban en el sofá, no muy cerca, pero tampoco lejos. El suficiente espacio para parecer normales. La suficiente cercanía para que Dorius sintiera el calor de su cuerpo.
El teléfono de Kael vibró.
Lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y frunció el ceño.
—¿Quién es? —preguntó Dorius en voz baja.
—Adán.
Kael dudó un momento antes de contestar.
—¿Diga?
Del otro lado, una voz que Dorius no podía oír. Kael escuchaba, su expresión cambiando lentamente. De la sorpresa a la preocupación. De la preocupación a algo más complicado.
—¿Dónde estás? —preguntó Kael—. ¿En el parque? ¿Ahora?
Pausa.
—¿Estás llorando?
Otra pausa. Kael apretó el teléfono.
—Vale. Espérame. Voy.
Colgó. Dorius lo miró.
—¿Qué pasa?
—Adán. Está... no sé. Mal. Quiere verme.
—¿En Nochebuena?
—Dice que no puede más.
Kael se levantó, buscando su chaqueta con movimientos nerviosos.
—¿Tienes que irte?
—No. Bueno, sí. Pero vuelvo. Solo unos minutos.
Miró a Leo, que seguía absorto en su nave espacial.
—¿Puedes cuidarlo? —preguntó—. Por favor. No quiero que vea a Adán así.
—Claro.
—Gracias. Vuelvo enseguida.
Kael salió. Dorius se quedó en el sofá, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
Algo le decía que esa conversación era importante.
Kael caminó rápido hacia el parque. El frío de la noche le mordía la cara, pero apenas lo notaba. Solo pensaba en la voz de Adán al teléfono. Rota. Deshecha. Una voz que no le había escuchado nunca en nueve años de amistad.
El parque estaba vacío, cubierto por una fina capa de escarcha que brillaba bajo las farolas. Las ramas de los árboles parecían esqueletos contra el cielo negro.
Adán estaba sentado en un banco, cerca de los columpios donde solían sentarse cuando eran niños. Tenía los hombros encogidos, las manos enterradas en los bolsillos de una chaqueta demasiado fina para la noche que hacía. Cuando Kael se acercó, vio que temblaba. No sabía si de frío o de otra cosa.
—Adán.
Levantó la vista. Tenía los ojos hinchados, las mejillas marcadas por lágrimas secas. La nariz roja. El pelo revuelto, como si hubiera pasado las manos por él una y otra vez.
—Gracias por venir —dijo. La voz le salió áspera, cascada.
Kael se sentó a su lado. No muy cerca. El espacio justo para no invadir, para dejarle su aire.
—Llevas semanas raro —dijo Kael—. Días sin contestar, miradas raras, evadiéndome. Pensé que era algo que yo había hecho.
—No.
—Entonces ¿qué? ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué en Nochebuena?
Adán se rió. Una risa amarga, sin alegría.
—¿Sabes qué día es hoy? Hace nueve años, un veinticuatro de diciembre, nos conocimos. En este mismo parque. Tú estabas en los columpios, solo. Tus padres habían ido a no sé dónde y te dejaron ahí. Yo estaba con mi abuela. Me acerqué y te pregunté si querías jugar.
Kael parpadeó.
—No me acuerdo.
—Yo sí. Yo me acuerdo de todo.
El viento sopló, moviendo las hojas secas del suelo. Adán metió las manos más hondo en los bolsillos.
—Me acuerdo de tu sonrisa cuando te reías de verdad. De cómo se te arrugaban los ojos. Me acuerdo de la primera vez que te vi llorar, cuando perdiste un partido importante y tu padre ni siquiera fue a buscarte. Me acuerdo de todas las veces que te he visto sonreír para que nadie pregunte, y de todas las veces que he sido el único que sabía que estabas fingiendo.
—Adán...
—Déjame hablar. Por favor. Llevo años callando esto y si no lo digo ahora, me voy a morir por dentro.
Kael se quedó en silencio.
Adán respiró hondo. El aire se condensaba en pequeñas nubes frente a su boca.
—Te quiero, Kael. No como amigo. No como hermano. Te quiero de esa forma que duele. De esa forma que no puedes controlar. Te quiero desde que tengo memoria, desde ese día en los columpios, y no he dejado de quererte ni un solo segundo.
Kael abrió la boca, pero no salieron palabras.
—He visto a otras personas. He intentado olvidarte. He salido con chicos, he intentado sentir algo parecido, algo que se acercara. Pero nada. Siempre vuelvo a ti. Siempre.
Las manos de Adán temblaban.
—Y lo peor no es quererte. Lo peor es verte feliz con otros. Verte sonreírle a Dorius de esa forma que nunca me has sonreído a mí. Verte elegirlo a él sin siquiera saber que lo estás eligiendo.
—No es así —dijo Kael—. Dorius es mi amigo.
—Lo sé. Y eso es lo que más duele. Porque yo llevo años queriendo ser algo más y tú ni siquiera me has mirado así. Soy invisible para ti en ese sentido. Y luego llega él y en pocos meses consigue lo que yo no pude en nueve años.
Se le quebró la voz. Escondió la cara entre las manos. Los hombros le temblaban.
Kael lo miró. A su amigo. Al chico que había estado a su lado durante nueve años. Al que siempre había dado por sentado.
Y por primera vez, lo vio de verdad.
No al Adán divertido, al de la sonrisa fácil, al que siempre estaba ahí. Vio al chico que había estado enamorado de él en silencio durante casi una década. Vio su dolor. Su fragilidad. Su agotamiento.
Sin pensarlo, Kael se levantó y se arrodilló frente a él.
—Adán.
—No me mires —dijo Adán, con la voz ahogada entre las manos—. No quiero que me veas así.
—Demasiado tarde.
Kael le apartó las manos de la cara con suavidad. Adán levantó la vista, los ojos llenos de lágrimas, las mejillas mojadas. Parecía más pequeño que nunca. Más vulnerable.
—Lo siento —susurró Adán—. Lo siento mucho.
—No tienes por qué sentirte mal.
—Arruiné todo, ¿verdad? Nuestra amistad. Ahora todo será raro.
—No.
—Sí. Lo sé. Siempre pasa.
Kael negó con la cabeza.
—Escúchame.
Lo abrazó.
Adán se quedó rígido un segundo. Luego, despacio, como si no se atreviera a creerlo, apoyó la cabeza en el hombro de Kael y se derrumbó.
Lloró con todo el cuerpo, con esos sollozos que vienen de muy adentro, de un lugar donde se guardan años de silencio. Kael lo sostuvo. Le pasó una mano por la espalda, sintiendo lo pequeño que era su cuerpo comparado con el suyo. Sintiendo lo frágil.
—No voy a irme a ningún lado —dijo Kael en voz baja—. Eres mi mejor amigo. Eso no cambia.
—Pero...
—No hay pero. No sé qué va a pasar con esto, no sé cómo procesarlo, pero no te voy a dejar solo. Nunca.
Adán apretó los puños contra su chaqueta.
—Duele tanto —murmuró—. Tanto.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo también he querido a alguien sin ser correspondido.
Adán levantó la cabeza. Sus ojos, aún llorosos, se encontraron con los de Kael.
—¿A quién?
Kael dudó.
—No lo sé todavía. O no quiero saberlo. Pero entiendo lo que duele.
Adán asintió lentamente.
—¿Vas a estar bien? —preguntó Kael.
—No lo sé.
—Pues yo voy a estar aquí hasta que lo estés.
Se quedaron así un rato más. Kael sentado en el suelo helado, Adán abrazado a él, el parque vacío alrededor, la noche cayendo sobre ellos.
Cuando Adán se calmó un poco, Kael le ofreció un cigarrillo.
—¿Fumas? —preguntó Adán, sorprendido.
—A veces.
—Nunca lo habías hecho delante de mí.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
Adán aceptó el cigarrillo. Lo encendieron. El humo se mezcló con el vaho de sus respiraciones.
—Kael —dijo Adán, después de un rato.
—¿Mmm?
—¿Crees que algún día podré dejar de quererte?
Kael lo miró.
—No lo sé. Pero pase lo que pase, no te vas a quedar solo.
Adán sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, pero real.
—Eres un idiota.
—Lo sé.
—Pero gracias.
—De nada.
Terminaron los cigarrillos. Se levantaron. Adán se limpió la cara con la manga.
—Vete —dijo—. Vuelve con ellos.
—¿Y tú?
—Yo voy a mi casa. A dormir. Mañana será otro día.
—¿Seguro?
—Seguro.
Kael dudó un momento. Luego lo abrazó otra vez. Rápido, fuerte.
—Si me necesitas, llámame. A cualquier hora.
—Lo sé.
Adán se fue. Kael lo vio alejarse, esa figura pequeña perdiéndose en la oscuridad.
Y se quedó un rato más en el parque, solo, mirando las estrellas.
Cuando Kael volvió a la casa de acogida, su máscara estaba otra vez en su lugar.
Entró con una sonrisa, el aire frío pegado a la ropa. Leo levantó la vista de su nave espacial.
—¿Adónde fuiste?
—A tomar aire. Hace buena noche para pasear.
Leo asintió, convencido, y volvió a su juego.
Kael se sentó en el sofá. Dorius lo miró. Buscó algo en su expresión, algo que delatara lo que había pasado. Pero no encontró nada. Kael sonreía con normalidad, se estiró, bostezó.
—¿Todo bien? —preguntó Dorius en voz baja.
—Sí. Todo bien. Adán solo necesitaba hablar.
—¿De qué?
—Cosas de él. No puedo contar.
Dorius asintió. No preguntó más.
Pero algo en sus ojos, en la forma en que Kael evitaba mirarlo directamente, le dijo que no era tan simple.
Pasaron el resto de la noche viendo a los niños, escuchando la tele de fondo. A veces sus brazos se rozaban. A veces Kael suspiraba hondo.
Cuando se fueron, ya tarde, Dorius subió a su habitación.
La piedra azul seguía en su mesilla. La tocó con la punta de los dedos.
Pensó en Kael. En su sonrisa perfecta. En lo bien que fingía.
Pensó en Adán. En lo que habría pasado.
No lo sabía. No podía saberlo.
Pero algo le decía que aquella Nochebuena iba a cambiar muchas cosas.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻