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En Las Garras Del Villano

En Las Garras Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: syv

Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.

Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.

Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.

Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.

Porque algunos personajes no quieren un final feliz.

Quieren existir.

NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1 — “Martes”

La marca llevaba cinco días ardiendo y Valeria había decidido ignorarla, como ignoraba todo lo que no cabía en una lista de tareas pendientes: la llamada de su madre, la factura de la luz que acumulaba polvo en la mesilla y, ahora, esa mancha debajo de la clavícula que parecía tener opiniones propias sobre cuándo recordarle que existía.

El cursor parpadeaba en la pantalla con la paciencia pasivo-agresiva de quien sabe que va a ganar la batalla.

—Ya —dijo Valeria al apartamento vacío—. Lo sé. Llevas así tres semanas. Créeme, lo siento más que tú.

El apartamento no respondió. Hacía días que tampoco lo hacía el procesador de texto, ni su agente, ni esa parte de su cerebro que solía producir frases antes de que las necesitara.

Marcos había llamado esa mañana.

—Seis semanas, Valeria. Seis semanas y necesito ver algo. Lo que sea. Una página. Una línea. Una lista de la compra con buena estructura narrativa.

Valeria se levantó del escritorio y fue a la cocina a preparar café, aunque ya eran las ocho de la tarde. El movimiento le sentaba bien a las piernas entumecidas de pasar ocho horas frente a la pantalla sin escribir nada.

Abrió el armario de las tazas y eligió la que decía:

ESCRITORA: POR FAVOR, NO MOLESTAR.

ESTOY INVENTANDO GENTE QUE NO EXISTE.

Mara se la había regalado el año pasado, después de la tercera novela.

—Para que tengas algo que leer mientras no escribes —había dicho.

Valeria sonrió al recordarlo.

Pero la sonrisa se desvaneció cuando el olor llegó otra vez.

Ese olor.

Como ozono después de una tormenta, pero más denso. Como algo que hubiera estado encerrado mucho tiempo y, de repente, encontrara una rendija. No era desagradable.

Era… ¿antiguo?

No sabía cómo llamarlo.

Llevaba días apareciendo y desapareciendo sin patrón, siempre en el apartamento, nunca en la calle. Había considerado llamar al fontanero, al electricista o a una médium.

Había decidido ignorarlo.

—Eres un olor —dijo mientras volvía al escritorio con la taza—. No eres real. No puedes lastimarme. Los olores no lastiman.

El olor se intensificó ligeramente. Como si estuviera de acuerdo en que no podía lastimarla, pero quisiera puntualizar que poder y querer eran verbos diferentes.

Valeria se sentó frente al ordenador.

El cursor seguía parpadeando.

La página seguía en blanco.

La marca debajo de la clavícula dio un latido que no era exactamente dolor, sino insistencia. Algo que quería ser notado.

Se levantó la camiseta un momento para mirarla en el reflejo de la pantalla apagada. La marca era una mancha irregular, como un moretón que no terminaba de curarse, justo donde empezaba el hueso.

Había ido al médico la primera semana. Análisis, ecografías, una dermatóloga que frunció el ceño y dijo que nunca había visto nada igual.

—Probablemente nada —había concluido—. A veces la piel hace cosas raras.

La piel llevaba cinco días haciendo cosas muy raras.

El timbre del portero eléctrico la sacó de sus pensamientos.

Eran las ocho y doce minutos de un martes.

No necesitó preguntar quién era.

—Subo —dijo la voz de Leo a través del interfono, sin esperar respuesta.

Valeria se miró en la pantalla otra vez. El reflejo le devolvió una imagen conocida: treinta y dos años, pelo castaño oscuro con tendencia al caos, gafas de montura fina y una expresión que intentaba parecer serena y fracasaba.

Se bajó la camiseta, se pasó una mano por el pelo —empeorándolo deliberadamente— y fue a abrir la puerta.

Leo entró como entraba siempre: como si el apartamento ya fuera suyo. Como si los martes fueran un país con fronteras definidas y él tuviera pasaporte diplomático.

Veintinueve años. Pelo castaño claro con un desorden que parecía estudiado —aunque juraba que no—. Ojos verdes demasiado directos.

Y esa sonrisa ligeramente asimétrica que Valeria había dejado de intentar clasificar hacía meses.

—Tenías mala cara en el último mensaje —dijo, dejando caer la mochila junto al sofá—. He traído comida china. Y condones. Por si acaso el orden de los factores altera el producto.

—Qué romántico.

—Tú no querías romanticismo cuando empezamos esto. Dijiste textualmente: nada de velas, nada de conversaciones post-coito, nada de fingir que me voy a quedar a desayunar.

—También dije textualmente: tráeme comida china de vez en cuando. Cumples solo el cincuenta por ciento de mis peticiones.

Leo se acercó y le pasó un dedo por la sien, apartándole un mechón de la cara con una familiaridad que hacía meses que no cuestionaban.

—El otro cincuenta lo cumplo en la cama. Pregúntame si me quejo.

Valeria no preguntó.

En lugar de eso, le quitó la bolsa de comida china de las manos y fue a la cocina a buscar platos.

Leo la siguió, como siempre, apoyándose en el marco de la puerta con esa facilidad que tenía para ocupar el espacio sin pedir permiso.

—¿Sigues sin escribir?

—Sigo sin escribir.

—¿El editor sigue llamando?

—El editor sigue llamando.

—¿La taza sigue diciendo que no molestes?

Valeria levantó la taza en señal de afirmación.

Leo sonrió de esa forma que hacía que ella recordara por qué había aceptado aquello de los martes hacía ocho meses, cuando todavía pensaba que las cosas podían ser sencillas si uno ponía reglas claras desde el principio.

Comieron en el sofá viendo una serie que ninguno de los dos seguía.

Los pies de ella estaban en el regazo de él.

El olor a tormenta flotaba en algún lugar del apartamento que Valeria intentaba no mirar.

La marca ardía.

Ardía más cuando Leo estaba cerca, como si algo en ella protestara por su presencia.

Llevaba días así. Desde antes de que Leo volviera el martes pasado. Desde antes de que el olor empezara a aparecer.

Coincidencia, pensó Valeria mientras masticaba un rollito de primavera.

Tu vida es una colección de coincidencias sin explicación. Añade esta a la lista.

Después de comer, después de la serie y después del silencio cómodo que siempre precedía al siguiente paso, terminaron en la cama.

Era lo que hacían los martes.

Era lo que habían hecho durante ocho meses sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de nombrarlo de otra forma.

El sexo con Leo era bueno. Familiar en el mejor sentido: cuerpos que se conocían, manos que sabían dónde ir sin preguntar, ritmos que habían aprendido a sincronizarse con el tiempo.

Valeria respondía —siempre había respondido— con la entrega física de quien no necesita pensar para sentirse bien.

Pero esta vez algo fue diferente.

No lo notó al principio.

Estaba Leo sobre ella.

Estaba Leo besándole el cuello.

Estaba Leo haciendo exactamente lo que siempre hacía y que siempre funcionaba.

Y funcionaba.

Su cuerpo respondía. Los sonidos que salían de su boca eran reales. El placer era real.

Pero en algún lugar entre las caricias y los besos, en algún punto entre su piel y la de él, algo más se coló.

Una sensación.

No un pensamiento.

Algo más antiguo que los pensamientos.

Como si, en la periferia de su conciencia, hubiera otra presencia observando… esperando… reconociendo.

Como si el cuerpo que la tocaba no fuera el único cuerpo que importaba en esa habitación.

Por un momento —un segundo, quizá menos— sintió una mano donde no había mano.

Un roce donde Leo no estaba rozando.

Un calor que no venía de la piel de él.

Y entonces pasó.

La sensación se fue tan rápido como había llegado.

Leo seguía allí, encima de ella, dentro de ella, ajeno a todo.

Valeria se aferró a su espalda con más fuerza de la necesaria y se obligó a volver al presente.

El orgasmo llegó.

Fue real.

Fue bueno.

Fue de Leo.

Pero cuando terminaron, cuando él rodó a su lado y el silencio se instaló entre los dos, Valeria se quedó mirando el techo.

Y supo —sin saber cómo, sin saber por qué— que durante unos segundos su cuerpo había estado en otro lugar.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó Leo, sin mirarla, con esa forma que tenía de hacer preguntas que parecían casuales pero que siempre daban en el blanco.

—Seguro. Escribir me tiene frita. No es nada.

—Has estado rara las últimas semanas.

—Tú también.

Era un tiro al azar.

Pero Leo se quedó en silencio un segundo de más antes de responder.

—Todos tenemos semanas raras —dijo al final.

El silencio volvió.

Valeria sintió la marca arder con más intensidad.

Esta vez no lo ignoró. Puso la mano sobre la clavícula, como si pudiera apagarla con presión.

—¿Qué es eso? —preguntó Leo.

—Nada. Un grano. Una alergia. No sé.

Leo la miró.

Sus ojos verdes se detuvieron en la clavícula un segundo más de lo que exigía la conversación.

Valeria no supo interpretar esa mirada.

Él tampoco dijo nada.

Se levantó, fue al baño y volvió.

La rutina post-coito siguió su curso: él vistiéndose, ella en la cama mirando cómo se ponía la camiseta, conversación ligera sobre el jueves, sobre la semana que viene, sobre nada importante.

—Hasta el jueves —dijo Leo desde la puerta.

—Hasta el jueves.

La miró un segundo más de lo necesario antes de cerrar.

Cuando Leo se fue, cuando la puerta se cerró con ese sonido definitivo que tienen las puertas al cerrarse, el apartamento quedó en silencio.

Y entonces el olor volvió.

Más fuerte que antes.

Como si hubiera estado esperando a que Leo se fuera para reclamar el espacio.

Valeria se quedó en la cama, todavía desnuda, con la marca ardiendo y el olor llenándolo todo.

El cuerpo le pesaba.

La cama, de repente, era demasiado grande.

El silencio, demasiado denso.

—Ya —dijo en voz alta—. Ya sé que estás ahí. ¿Puedes decir qué quieres o vas a seguir haciendo de mi vida una serie de fenómenos paranormales de bajo presupuesto?

El olor no respondió.

Los olores nunca responden.

Valeria suspiró.

Se levantó, fue al baño y se miró en el espejo.

La marca estaba ahí, más oscura que por la mañana.

La tocó con la punta de los dedos.

Caliente.

No como fiebre.

Como si algo dentro de ella hubiera estado latiendo todo el tiempo sin que ella lo notara.

Salió del baño, se puso una camiseta vieja y fue al escritorio.

El ordenador seguía encendido.

El cursor seguía parpadeando.

La página seguía en blanco.

Se sentó.

Miró la pantalla.

El cursor parpadeó con lo que imaginó era suficiencia.

Y entonces lo vio.

Había una línea.

Una sola línea.

Al principio de la página, donde hacía tres semanas que no aparecía nada.

El hombre que llegaba en sueños tenía las manos frías y la mirada caliente, y ella supo que llevaba toda la vida esperándolo sin saberlo.

Valeria leyó la línea una vez.

Dos veces.

Tres.

No la había escrito.

No recordaba haber escrito eso.

No recordaba haber pensado eso.

No recordaba haberse sentado a escribir nada en las últimas tres semanas.

Pero ahí estaba.

La mejor frase que había visto en meses.

La mejor frase que había escrito —o que alguien había escrito— en mucho tiempo.

La marca dejó de arder.

Solo por un momento.

Solo un segundo.

Pero dejó.

Valeria se quedó mirando la pantalla, con el olor a tormenta llenando el apartamento, con la línea en el manuscrito que no recordaba haber escrito, con la marca quieta debajo de la clavícula.

Afuera, Madrid seguía su curso.

Los martes seguían siendo martes.

La vida seguía siendo esa cosa controlada que ella había construido con reglas, horarios y amantes sin compromiso.

Pero dentro del apartamento, en el silencio que Leo había dejado al irse, en el olor que no se iba, en la línea que no había escrito…

Algo esperaba.

No amenazaba.

No se movía.

No pedía permiso.

Solo esperaba.

Valeria apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos.

Estaba agotada.

Había sido un día largo.

Una semana larga.

Un mes largo.

El cuerpo le pesaba como si llevara horas caminando.

El olor seguía ahí.

La marca seguía quieta.

La línea seguía en la pantalla.

El hombre que llegaba en sueños…

—No voy a soñar contigo —murmuró Valeria, con los ojos cerrados—. No voy a soñar con nadie. Voy a dormir como una piedra, despertar y todo esto va a ser una coincidencia. Y ya está.

El olor no respondió.

Pero tampoco se fue.

Valeria se durmió en la silla, frente al ordenador, con la mejilla apoyada en el brazo y el cursor parpadeando todavía.

No soñó con nada.

No recordó nada al despertar.

Pero cuando abrió los ojos horas después, con la luz del amanecer entrando por la ventana, el olor seguía ahí.

No más fuerte.

No más débil.

Solo presente.

Como si algo hubiera estado esperando toda la noche a que ella despertara.

Como si algo siguiera esperando todavía.

Valeria miró la pantalla.

El cursor seguía parpadeando.

La línea seguía ahí.

No había más.

Solo esa.

La mejor frase que había escrito en meses.

La única frase que había escrito en meses.

Y el olor.

Siempre el olor.

—Vale —dijo en voz baja, para nadie, para el apartamento vacío, para lo que fuera que estuviera ahí—. Ya sé que estás. Ahora dime qué quieres.

El olor no respondió.

Pero, por un momento —solo un momento—, la marca bajo su clavícula dio un latido suave.

No como ardor.

Como reconocimiento.

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Maria Jose Cardozo
Me encanta, es tan atrapante, y con una historia que te atrapa y te deja esperando por más. Muchas felicidades a la autora por esta bella historia.
Andy
muy bueno
Andy
por favor 😭 autora quiero más nesesito más 🤭 🤣no me dejes en suspenso 👏muy buen trabajo ☺️
Lidy Martines
no te preocupes pero me agradaría leer tus novelas eres una terriblemente magnífica autora de villanos guaperrimos
Lidy Martines: me encanta
total 1 replies
Nata
literal así ando con esta novela
Nata
en fin si ella está perdida yo más, ya no le veo pata ni cabeza a esto
yoly: Hola, lo siento si te perdí un poco, es que no me gustaba lo que había escrito antes y estuve editando los capítulos, lamento confundirte 🥹
total 1 replies
Nata
esta novela está llena de mucho misterio realmente casi no entiendo nada
Nata
es el amigo con derechos o como? ando más perdida
Iris
cómo es pronto editorial 🤔
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