Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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Sin Remordimientos
Sofía volvió a acurrucarse contra mí otra vez, con su cabeza en mi hombro y una pierna enredada en las mías, y la sábana apenas nos cubría mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel. Yo observaba el techo de la suite, con una sonrisa que no se me borraba, fumando un cigarrillo que había encendido del paquete que guardaba en la mesita para estas noches. El humo subía lentamente hacia el detector apagado —detalle que siempre me encargaba de revisar al llegar—, y el champagne seguía burbujeando en las copas vacías.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto? —agregué, limitándome a exhalar una bocanada larga—. Que Elena siempre fue así. Desde el principio. Fría, calculadora, y obsesionada con su empresa como si fuera un hijo. Yo me casé con ella pensando que era la mina de oro perfecta: rica, ingenua en el amor, fácil de manejar. Pero no, la muy idiota se creía superior porque “ella lo había construido todo sola”. Como si yo no hubiera estado ahí desde el día uno, sonriéndole, escuchando sus planes interminables, y fingiendo que me importaba su “visión”.
Sofía elevó la cabeza, apoyando la barbilla encima de mi pecho, mientras sus dedos dibujaban círculos perezosos sobre mi abdomen.
—Y por eso te fijaste en mí, ¿verdad? —inquirió con ese tono de voz juguetón y malicioso, sabiendo perfectamente la respuesta.
—Exacto —contesté, apagando el cigarrillo y dándome la vuelta hacia ella para observarla directamente a los ojos—. Porque tú eres como yo. Ambiciosa de verdad. No esa ambición de niña buena que quiere “legado” y “ética empresarial”. Tú quieres lo mismo que yo: dinero, poder, placer, sin remordimientos. Elena siempre me miró por encima del hombro, como si follar con ella fuera un favor que me hacía. “Marcos, hoy no, estoy cansada de la junta”. “Marcos, tenemos que enfocarnos en la empresa”. Como si yo no estuviera cansado de fingir que me excitaba su cuerpo seco y sus conversaciones de números.
Sofía dejó escapar una risa cruel, baja, y me mordió el hombro de manera juguetona.
—Pobre hermanita. Siempre tan correcta, tan “yo puedo sola”. Y mírala ahora, pensando que con sus reuniones y sus abogados baratos nos va a dejar en la calle. Si supiera que cada vez que se encierra en su oficina “trabajando hasta tarde”, yo estoy aquí contigo, embarazada, planeando como vamos a gastar su fortuna en viajes y casas que ella nunca se atrevería a comprar.
Moví la cabeza asintiendo lentamente, y la atraje más cerca, dejando que mis manos bajaran por su espalda hasta apretar su trasero.
—Por eso nunca funcionó con ella. Elena quería un marido trofeo, alguien que aplaudiera sus logros y se quedara en segundo plano. Pero yo no nací para ser el segundón de nadie. Quería una mujer que entendiera el juego, que disfrutara jodiéndole la vida a los demás tanto como yo. Y tú, amor... tú eres perfecta. Seductora, sin escrúpulos, dispuesta a todo por ganar. Por eso te follé la primera vez que nos liamos en su propia casa, mientras ella dormía en la habitación de al lado. Y por eso seguimos, porque contigo no hay límites.
Ella se volvió a reír de nuevo, trepandose encima de mí, su cabello cayendo como una cortina alrededor de nuestras caras.
—Y por eso nuestro hijo va a tenerlo todo —murmuró, besándome lento, profundo—. Porque sus padres saben jugar sucio y ganar. Elena por otro lado, criará gatos sola, contando sus acciones vacías, mientras nosotros vivimos como reyes.
—Brindemos por eso otra vez —exclamé, alcanzando la botella y sirviéndole lo que había quedado directamente en su ombligo, y lo lamí después mientras ella gemía y se arqueaba.
Elena siempre había sido así: ingenua en lo que realmente importaba, ciega a lo que pasaba bajo sus propias narices. Y por esa misma razón, por su arrogancia disfrazada de virtud, me fijé en Sofía. Porque mi hermana política era el espejo de lo que yo siempre quise: alguien tan ambicioso, tan cruel, y tan mío como yo mismo.
Y en este momento, con Castillo en el bolsillo, el mundo era nuestro. Y nada ni nadie nos iba a detener.
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