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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 1

El despertador aún no había emitido su pitido estridente, pero Lía ya estaba despierta. O al menos, su cuerpo lo estaba.

Se quedó inmóvil bajo las sábanas de hilo egipcio, sintiendo cómo el latido de su corazón martilleaba contra sus costillas, pesado y rítmico. Su piel ardía. Había un rastro de humedad cálida entre sus muslos y el pecho le subía y bajaba en una agitación que no tenía nada que ver con el descanso. Otra vez. Había sucedido otra vez.

Cerró los ojos con fuerza, intentando retener los fragmentos de la imagen que se desvanecía con la luz grisácea de la mañana que se filtraba por las cortinas. Era él. Siempre era él. No tenía un nombre, pero conocía la textura de sus manos, la forma en que su mandíbula se tensaba justo antes de besarla y ese aroma a madera de sándalo y lluvia que parecía impregnarse en su propia almohada. En el sueño, él no pedía permiso; la tomaba con una urgencia que la hacía sentir viva, reclamando cada centímetro de su piel con una devoción que rayaba en lo religioso.

Lía se giró lentamente hacia el otro lado de la cama matrimonial, una extensión de colchón que se sentía tan vasta y fría como un glaciar. Allí estaba Julián. Su esposo dormía de espaldas a ella, con la respiración monocorde y plana. No se movía, no la buscaba, no la sentía. Julián era un hombre de orden, de rutinas grises y camisas perfectamente almidonadas. Para él, el deseo era una función biológica que se programaba cada quince días, de forma mecánica y silenciosa, como quien paga una factura de servicios básicos.

Lía soltó un suspiro trémulo y se sentó en el borde de la cama. El contraste era doloroso. En su mente, todavía sentía el eco de unos labios calientes recorriendo la curva de su cuello, pero al tocarse la piel, solo encontró el frío de la habitación con aire acondicionado. Se puso de pie, sintiendo la pesadez de sus propias bragas mojadas, un recordatorio físico de que su subconsciente estaba gritando lo que su vida real callaba.

—¿Lía? —la voz de Julián sonó ronca, cargada de una molestia implícita por el movimiento.

—Es temprano, vuelve a dormir —respondió ella sin mirarlo. Su voz sonaba extraña, como si viniera de otro lugar.

—Estás agitada. Otra vez esas pesadillas —murmuró él, dándose la vuelta para seguir durmiendo—. Deberías dejar de tomar café por la tarde. Es estresante tener que escucharte dar vueltas.

Pesadillas. Lía contuvo una risa amarga mientras entraba al baño. Si Julián supiera que lo que él llamaba pesadillas era el único momento del día en que ella se sentía verdaderamente mujer, probablemente se sentiría más ofendido por su orgullo que por la traición mental.

Se desvistió frente al espejo, dejando que la seda de su camisón cayera al suelo. Se observó con una honestidad brutal. A sus treinta años, Lía era una mujer hermosa, con curvas que pedían ser recorridas y unos ojos que ocultaban una tormenta de insatisfacción. Sin embargo, en esa casa, se sentía como un mueble caro: admirado por su utilidad y su estética, pero carente de alma para quien lo poseía.

Abrió el grifo de la ducha y dejó que el agua caliente golpeara sus hombros. Cerró los ojos y, por un instante, dejó que el vapor la envolviera, fingiendo que eran las manos del desconocido de sus sueños. Se pasó el jabón por el vientre, por los pechos, cerrando los dedos sobre su propia piel, imaginando que la presión era diferente, más fuerte, más hambrienta. Un gemido ahogado escapó de su garganta, perdiéndose en el ruido del agua. Era patético, pensó. Estar casada y sentirse tan desesperadamente sola.

...

El día en la oficina de arquitectura fue un borrón de planos, llamadas y correos electrónicos. Lía era buena en lo que hacía; tenía un ojo clínico para los espacios abiertos y la luz natural. Quizás porque su propia vida carecía de ambas cosas.

Esa mañana, sin embargo, algo era diferente. Recibió una notificación en su teléfono: el cliente de la constructora para la que trabajaba había cancelado la reunión de la tarde. Por primera vez en meses, Lía tenía la oportunidad de salir temprano. Su primer pensamiento fue ir al gimnasio, pero luego recordó que era su aniversario de bodas número siete la semana siguiente. "Quizás", pensó con una chispa de esperanza masoquista, "si preparo una cena especial hoy, si lo sorprendo, podamos romper este hielo".

Compró una botella de vino caro, el tipo de tinto robusto que a Julián le gustaba, y unos quesos artesanales. Conducir de regreso a casa se sintió como una pequeña travesura. Eran apenas las tres de la tarde. El sol brillaba con una intensidad inusual, bañando las calles de un dorado que parecía un buen augurio.

Al llegar a la zona residencial, notó algo extraño. Un coche estaba estacionado frente a su casa. Un Audi pequeño, de color blanco. Un coche que conocía demasiado bien.

—¿Sara? —susurró para sí misma. ¿Qué hacía su hermana allí a esa hora?

Sara siempre había sido la "hermana complicada". Impulsiva, coqueta, siempre viviendo al límite de sus finanzas y de sus emociones. Lía solía protegerla, pero en el último año se habían distanciado. Sara decía que Lía se había vuelto "aburrida" en su matrimonio perfecto.

Lía estacionó detrás del coche de su hermana y bajó las bolsas de la compra. Entró a la casa con cuidado, sin hacer ruido, pensando que quizás estaban dándole una sorpresa o que Sara necesitaba algún consejo urgente y Julián la estaba escuchando.

El silencio de la sala era sepulcral, pero la televisión de la cocina estaba encendida con un volumen mínimo. Lía dejó las bolsas sobre la isla de granito. Fue entonces cuando escuchó un sonido que la dejó helada.

No era una charla. No era un consejo.

Era un jadeo. Agudo, rítmico, cargado de una satisfacción que ella no reconocía en esa casa. Venía de la habitación principal, en la planta alta.

Lía sintió que el mundo se inclinaba. Cada paso que daba hacia la escalera se sentía como si caminara sobre cristales rotos. Su corazón, que por la mañana latía de deseo imaginario, ahora latía de terror real. Se aferró al pasamanos, con los nudillos blancos, subiendo escalón por escalón.

La puerta de su habitación estaba entreabierta. Una rendija de luz mostraba el interior que ella misma había decorado con tanto esmero.

Vio la ropa de Sara tirada en el pasillo: su vestido rojo, sus tacones de aguja. Y luego, vio la de Julián. Sus pantalones perfectamente doblados —incluso en la infidelidad era ordenado— sobre la butaca.

Lía se asomó. La escena era una puñalada directa al centro de su existencia.

Julián, su esposo gélido y distante, estaba sobre Sara con una ferocidad que nunca le había mostrado a Lía. Sus manos, esas manos que apenas la tocaban para saludarla, estaban enterradas en el cabello de su hermana. Sara tenía las piernas enredadas en su cintura, arqueando la espalda, emitiendo gemidos que eran una burla directa a los años de silencio de Lía.

—Más fuerte, Julián... —susurró Sara, con una voz que destilaba veneno y placer—. Ella nunca te lo hace así, ¿verdad?

—Ella no sabe ni cómo empezar —respondió Julián, y su voz, cargada de desprecio, dolió más que el acto mismo—. Lía es fría como un mármol.

Lía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No gritó. No lloró. Algo dentro de ella simplemente se rompió con un crujido seco, como una rama muerta bajo el peso de la nieve. Toda la culpa que había sentido por sus sueños húmedos, toda la inseguridad por no ser "suficiente" para su esposo, se transformó en una claridad gélida.

Empujó la puerta de par en par. El sonido del pomo golpeando la pared fue como un disparo.

Los dos amantes se separaron con una torpeza grotesca. Sara soltó un grito y se cubrió con la sábana —la misma sábana que Lía había lavado el día anterior—. Julián se quedó petrificado, con la mirada vacía, sin siquiera el valor de mostrar vergüenza inmediata.

—Lía... qué haces aquí... —fue lo único que Julián atinó a decir, intentando recuperar una dignidad que ya no existía.

Lía lo miró. No miró su desnudez, sino sus ojos. Buscó un rastro de amor, de arrepentimiento, de algo. No encontró nada más que el miedo de un niño atrapado en una travesura. Luego miró a Sara, cuya expresión pasó rápidamente del susto a una sonrisa desafiante y cínica.

—Vaya, hermanita. Llegaste temprano —dijo Sara, acomodándose el cabello—. Supongo que ya no hace falta ocultarlo.

Lía se mantuvo en silencio durante diez segundos que parecieron eternos. Su voz, cuando finalmente salió, era baja, firme y desprovista de cualquier emoción.

—Tienen diez minutos para salir de mi casa —dijo ella.

—Lía, hablemos, esto fue un error... —empezó Julián, buscando sus pantalones.

—No es un error, Julián. Un error es comprar el pan equivocado. Esto es lo que eres. Y tú —miró a Sara—, quédate con él. Se merecen el uno al otro. Se merecen esta miseria.

—¡Esta es mi casa también! —gritó Julián, intentando recuperar el control.

—El contrato de la casa está a nombre de la empresa de mi padre, Julián. Y yo soy la administradora. Tienes diez minutos antes de que llame a seguridad y te saque a rastras frente a todos los vecinos.

Lía dio media vuelta y bajó las escaleras. Sus piernas temblaban, pero su mente estaba en llamas. Fue a la cocina, tomó la botella de vino caro que había comprado y, sin usar una copa, le quitó el corcho con una fuerza rabiosa. Bebió un trago largo, sintiendo el alcohol quemar su garganta, borrando el sabor de la bilis.

Escuchó los gritos arriba, los pasos apresurados, el sonido de las maletas siendo cerradas a golpes. Diez minutos después, la puerta principal se cerró con un estruendo. El silencio volvió a la casa, pero ya no era el silencio de la rutina. Era el silencio de un campo de batalla después de la masacre.

Lía se dejó caer en el suelo de la cocina, rodeada de quesos caros y vino tinto. Empezó a reír. Una risa histérica que pronto se convirtió en sollozos desgarradores. Lloró por la traición, por el tiempo perdido, por la soledad que la había empujado a buscar refugio en un hombre de humo.

Pero mientras lloraba, una imagen cruzó su mente. El rostro del hombre de sus sueños. Aquel desconocido que la trataba como si fuera fuego.

Se puso de pie, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Llamó a su mejor amiga, Elena.

—Ven por mí —dijo Lía—. Esta noche no quiero ser Lía la arquitecta. Ni Lía la esposa. Esta noche quiero olvidar que tengo alma.

No sabía que, mientras planeaba su huida hacia el olvido, el destino ya estaba moviendo las piezas para que el hombre que la reclamaba en las sombras dejara de ser un fantasma para convertirse en su realidad más peligrosa.

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