TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 3
Respiré hondo.
—Cassian… hablemos.
Lo miré directamente a los ojos.
—Te explicaré todo.
Hice una pausa.
—Y si después de escucharme aún tienes dudas…
mi voz se volvió firme.
—Entonces nos batiremos en un duelo a muerte.
Cuando pronuncié esas palabras…
algo cambió en la mirada de Cassian.
Un recuerdo cruzó su mente.
La antigua reina Aelina.
Cuando era pequeña.
Cada vez que algo le parecía injusto…
retaba a los vampiros a duelos de muerte.
Era una costumbre absurda.
Peligrosa.
Pero muy propia de ella.
Cassian volvió a mirarme.
Fué largo.
En silencio.
Finalmente dijo:
—…Sígueme.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta.
Comenzó a caminar por el pasillo.
Lo seguí.
Nuestros pasos resonaban en el suelo de mármol negro.
Hasta que finalmente nos detuvimos frente a las enormes puertas de su despacho.
Cassian empujó las puertas.
Estas se abrieron lentamente con un sonido grave.
Entramos.
El despacho era amplio y elegante.
Estanterías llenas de libros antiguos cubrían las paredes.
Un enorme escritorio de madera negra ocupaba el centro de la habitación.
Detrás de él, una gran ventana dejaba entrar la luz plateada de la luna.
Cassian caminó hasta el interior de la sala.
Entonces se giró lentamente hacia mí.
Sus ojos aún estaban llenos de tormenta.
—Habla.
Su voz fue fría.
—Y será mejor que cada palabra sea verdad.
Entonces lo miré con más atención.
Bajo la luz de la luna pude verlo realmente bien.
Era alto, fácilmente más de un metro ochenta, con una presencia que llenaba toda la habitación. Su cuerpo era fuerte y bien formado, de hombros anchos y cintura estrecha, el tipo de figura que combinaba elegancia aristocrática con fuerza peligrosa.
Incluso a través de su ropa podía notarse la firmeza de sus músculos.
No era un guerrero tosco.
Era la clase de hombre que parecía esculpido con precisión: elegante, controlado y mortal.
Su cabello negro caía ligeramente desordenado sobre su frente, dándole un aire salvaje que contrastaba con su porte noble.
Sus ojos grises eran profundos, fríos y penetrantes.
Parecían capaces de ver a través de cualquier mentira.
Su piel era pálida, típica de los vampiros de sangre pura.
Vestía un traje oscuro de estilo aristocrático, perfectamente ajustado a su cuerpo, con detalles carmesí y adornos metálicos que resaltaban su figura. Una capa negra con interior rojo descansaba sobre sus hombros como si fuera la sombra misma.
Su presencia era dominante…
casi sofocante.
Realmente era muy guapo.
Sentí calor subir a mis mejillas.
Me sonrojé ligeramente.
¿Cómo no me había dado cuenta de eso en ese entonces?
¿Cómo pude ignorarlo…
y escoger a ese imbécil traidor?
Un sentimiento de arrepentimiento atravesó mi pecho.
Pero mis pensamientos fueron interrumpidos por Cassian.
—No tienes muchas ganas de vivir… ¿cierto?
Dijo con una voz fría y afilada como una cuchilla.
Parpadeé.
Luego caminé tranquilamente hacia uno de los sofás del despacho.
Me senté.
—Toma asiento —dije con calma—. Será una historia larga.
Cassian dudó.
Se quedó mirándome unos segundos.
Finalmente caminó hacia el otro sofá.
Pero antes de sentarse, levantó ligeramente la mano.
Un instante después la puerta se abrió.
Un mayordomo vampiro entró en silencio.
Cassian dio una breve orden.
—Trae aperitivos.
El mayordomo inclinó la cabeza.
Pero antes de retirarse…
sus ojos me observaron.
Una mirada sospechosa.
Cassian también lo miró.
Durante un segundo ninguno dijo nada.
Pero yo lo sabía perfectamente.
Aunque no pronunciaran palabra…
estaban hablando por telepatía.
Una habilidad que solo los vampiros de sangre pura poseíamos.
Bueno…
yo ya no la tenía.
El mayordomo finalmente salió de la habitación.
El silencio regresó al despacho.
Cassian se sentó frente a mí.
Su mirada fría volvió a clavarse en mis ojos.
Esperando.
Juzgando.
Como si intentara atravesar mi alma.
Entonces habló nuevamente.
—Empieza.
Su voz fue baja.
Pero cargada de peligro.
—Explícame…
Entonces lo miré fijamente.
Sostuve su mirada sin apartarla.
Sin titubear… empecé a hablar.
—Yo soy tu reina derrocada.
Hice una pequeña pausa antes de continuar.
—Y aunque parezca absurdo… porque ahora soy humana… todo tiene una explicación.
Cassian no dijo nada.
Su expresión seguía siendo dura, pero sus ojos estaban atentos.
—Actualmente esta es mi sexta vida —continué—. He reencarnado en distintos mundos cada vez que muero.
Respiré lentamente.
—Cuando nos conocimos… esa era mi segunda vida.
Un leve silencio llenó la habitación.
—Todo fue gracias a un colgante.
Bajé la mirada un segundo hacia mis manos.
—Aunque… actualmente ya no lo tengo.
Volví a levantar la vista hacia él.
—Vine al Imperio Vampírico no por venganza.
Mis palabras fueron claras.
—O al menos… no por ahora.
Cassian entrecerró ligeramente los ojos.
—Lo que realmente quiero… es la información que se encuentra en el palacio imperial vampírico.
Me recosté un poco en el sofá.
No le conté todo.
Aún no.
Todavía no sabía si realmente me ayudaría… o si terminaría matándome en cuanto encontrara una contradicción.
Cassian permanecía en silencio.
Solo escuchaba.
Su rostro no mostraba emoción alguna.
Pero su mirada era intensa.
Analítica.
Mi historia sonaba absurda.
Casi ridícula.
Pero al mismo tiempo…
si se tomaba en cuenta cómo diferentes mundos habían comenzado a fusionarse en los últimos siglos…
no era una explicación imposible.
La habitación quedó en silencio.
La luna seguía iluminando el despacho.
Y Cassian…
seguía mirándome como si intentara decidir
si la mujer sentada frente a él era una mentirosa…
o un milagro imposible.
El silencio se extendió unos segundos más…
pesado.
Tenso.
Hasta que—
las puertas se abrieron.
El sonido grave de la madera rompiendo la quietud hizo eco en el despacho.
El mayordomo regresó acompañado de otros sirvientes.
Entraron en completo silencio, con movimientos precisos y elegantes, como sombras obedientes.
Colocaron una bandeja sobre la mesa frente a nosotros.
Copas de cristal oscuro.
Una botella de vino espeso, casi negro.
Pequeños platillos cuidadosamente preparados… algunos claramente destinados a humanos.
Otros…
no tanto.
Pero lo que más me llamó la atención fue que la mayoría de los bocadillos eran de cajeta… y unos pocos de chocolate.
Esbocé una sonrisa apenas perceptible.
Así que esto es una prueba…
Cassian Bloodthorn.
Recordaba.
Recordaba perfectamente que yo odiaba la cajeta…
y que siempre elegía el chocolate.
No eran simples bocadillos.
Era una trampa silenciosa.
Una forma de comprobar si realmente era yo.